UN DÍA PARA MI VIDA, EL NUEVO POEMARIO DE JAIRO ORLANDO POLANCO.

El ibaguereño Jairo Orlando Polanco nunca posa como poeta pero escribe poesía. En ocasiones sus trabajos parecen la radiografía de un sarcasmo, pero están llenos de la iluminación maravillosa que genera la ingenuidad y la ternura, el asombro frente a los descubrimientos de la noche o el asalto de pensamientos con preguntas que va tejiendo como una telaraña. A diferencia de su primer libro que juega a la dispersión y esta vez más breve, se advierte un trabajo consciente para trazar unidad temática, lo que nos ubica dentro de un universo particular. Su juego está dado en retratar retazos afectivos donde no falta como siempre el humor, la ironía y el disparo sorpresivo de los finales inesperados.

Si bien es cierto Polanco tiene la virtud de no querer aparentar nada y de sólo reflejar ideas y pasiones sin preocuparse cabalmente de la forma, pareciera un trabajo hecho al desgaire que no lo intranquiliza, por lo que termina no tanto en la pose de un extraño o levantisco sino el que ejerce su oficio con autenticidad y autonomía. No le inquieta semejarse a nadie sino así mismo, aunque el arado que remueve su verso y le abre surcos, moldee el brinco de los puritanos que sólo aprueban en su entender inquisitivo lo que les gusta o no para otorgar el calificativo de poeta. Ese destino lo tiene sin cuidado y sus palabras se disparan contra lo inescrutable y portan el repliegue de la libertad como lo vehemente de su fuerza.

Como ya lo había dicho sobre su primer libro, existen versos que no tienen la fuerza de la poesía, pero el secreto está en la verdad que siente para volvernos cómplices, para comunicarnos el placer y el dolor y para enredarnos en la sorpresa de variados finales que surgen como una trampa o un repentino rollo de coloreadas serpentinas. No coexiste el maquillaje para ir a la fiesta sino apenas el traje de la espontaneidad y el deseo de pararse ahí, en mitad de la pista, para decir que participa de la vida y el poema como le da la gana. Y así está bien porque estamos cansados de tanta poesía super elaborada que termina siendo lenguaje sin esencia, rostro sin ojos y espejos apañados.

La jugada maestra, su primer libro, fue la reunión conspiradora de más de ochenta poemas donde no todos son afortunados, pero como aquí, en Un día para mi vida, con cincuenta,  también pasean la soledad y la nostalgia, el deseo y la risa, a veces lo inocente y tradicional. El libro se cubre de poesía verdadera en no pocas páginas, se llena de momentos luminosos sobre todo en el amor y la ternura, las evocaciones y las preguntas.

Seguir cantando y contando es parte de su esencia y su piel, sus entusiasmos y su vida, y no perdemos el tiempo sino lo ganamos porque existe otra manera de mirar el mundo.  

Un día para mi vida que es publicado por Caza de Libros, sale siete años después de su primer compendio, La jugada maestra, una sinfonía inconclusa.

LUIS EDUARDO VARGAS ROCHA Y SU VIDA EJEMPLAR

Fue más que proverbial la presencia de Luis Eduardo Vargas Rocha en la vida social e intelectual de la región. Y paradigmática, sobre todo, porque aún en el camino de las nueve décadas continuaba con la disciplina de un adolescente entregándonos lo mejor de su extensa tarea investigativa. Y todo para conservar la memoria de tantos a quienes debe el Tolima su beneficio y su recuerdo. Ahora, con motivo de su fallecimiento a los 95 años, no pocos han evocado su paso por cargos como el de alcalde de Ibagué, secretario de educación o secretario de salud departamental en su época, e inclusive su faena en el campo de la música con su ya legendario grupo Chispazo, sin olvidar que fuera miembro de la Academia Nacional de Medicina o de la Academia de Historia del Tolima.

Este lector disciplinado y amante del estudio que lo llevó a especializaciones y maestrías en universidades de los Estados Unidos, convocaba inolvidables tertulias en su consultorio de prestigioso urólogo. La simpatía y el don de gentes que mantuvo en su periplo, encarnó un bello ejemplo y mucho más cuando no ahorró esfuerzo alguno para servir a su comunidad. Examinándolo, puede decirse sin lugar a la duda, cómo representó una labor  admirable y siempre digna de quitarse el sombrero a lo largo de su fructífera existencia. Era parte del paisaje amable de Ibagué y dio gusto espiritual entablar conversaciones con él durante muchos años donde fuimos honrados con su amistad entusiasmada. Conservamos gratitud por haberlo conocido y evoco ahora sus publicaciones, tales como Médicos y medicina en Ibagué, un amplio y minucioso recorrido que nos trae su libro de pulcra edición a lo largo de 319 páginas. Abarca casi 40 años si se parte desde 1941 a 1980.

Nos recuerda allí, con la admirable sobriedad de su estilo, cómo fue la parsimoniosa evolución de nuestros hospitales y clínicas e inclusive se detiene en un curioso e iluminador capítulo de época alrededor de las boticas, farmacias y droguerías. Viaja con ojo clínico e indagante por el camino de las enfermedades del tiempo transcurrido entre 1941 y 1960, transita como por una radiografía señalándonos cómo estaban configurados los servicios públicos y traslada con detalle de fechas hasta una reseña eclesiástica, los acontecimientos médicos mundiales y la atmósfera de la música y sus cultores, sin dejar por fuera el listado de nuestros gobernantes y alcaldes. Es fácil encontrar allí un pasaje referente a la vida cotidiana y a los elementos que marcaron la conducta de una sociedad, pero que fueron los mojones mediante los cuales se fue construyendo la comunidad de hoy. Finalmente aporta un extenso pero útil mosaico donde puntualiza los médicos que ejercieron en Ibagué y concluye un segundo capítulo que resume la existencia de la capital entre 1961 y 1980 con los mismos parámetros y temas del anterior.

Para los historiadores que pretendan conocer cómo fue el transcurrir de la ciudad respecto a hospitales y clínicas, droguerías y farmacias, enfermedades de época y servicios públicos, entre otros, tendrán de manera indispensable que estacionarse en un volumen que no fue producto sino de una larga paciencia, de un definido amor por su profesión múltiple de ciudadano, médico, educador, músico, amigo y amante esperanzado de la vida. Largo sería detallar aquí la numerosa cantidad de sobresalientes médicos que hacen historia como lo advierte su editor, pero nunca el reiterar la admiración por la obra y el prosista de este gratísimo testimonio. La útil memoria que dejó consignada para el presente y el porvenir Luis Eduardo Vargas Rocha, imprime desde ya la seguridad de que no somos un pueblo sin una historia tan singular como la suya y la que desarrolla su libro, porque aquí no sólo se detiene en la mentalidad de un extenso ciclo sino en la vida y la obra de aquellos profesionales afirmativos que dieron su existencia para combatir enfermedades y lograr bienestar. Por fortuna ya no quedarán en el territorio del olvido los defensores valientes de una sociedad como la nuestra, precisamente porque gracias al ilustre académico, tenemos un bello compendio que es significativo alimento para nuestro espíritu y para nuestra historia. Se dice que la única pista para saber lo que puede hacer el hombre es averiguar lo que ha hecho y en ese sentido lo que el hombre es.

De otra parte en Ibagué, médicos y medicina, en maravillosa edición que se suma a su anterior trabajo investigativo, tiene el recorrido que va desde 1880 a 1940, no sólo con un acertado marco histórico para cada una de las tres épocas que estudia, sino que además de los médicos destacados en cada una de ellas,  recorre lo que fuera tan importante en el ejercicio de la medicina, tal el dibujo de las casas de salud, la forma en que funcionaban los servicios públicos, las boticas de época, sus píldoras y Tricófero de Barry, los avances científicos y hasta los mandatarios de aquellos años.  Los remedios y el tipo de medicamentos de entonces podrían llamar a risa, pero así fue aquella ciudad de partos y comadronas. No es fácil mantener intacta la paciencia y el entusiasmo a lo largo de muchos años para informarse, llegar a documentos indispensables, escuchar opiniones, verificar fechas, relatar las anécdotas más ilustrativas, conseguir fotos e iluminar la trayectoria de un oficio para testimoniar con responsabilidad un largo período de nuestra historia. Ese empeño sólo fue posible en almas como la de Luis Eduardo Vargas Rocha, este ciudadano ejemplar que murió a los 95 años con sobrados títulos en su profesión, honores internacionales y ante todo un incontrolable amor a su tierra, a sus gentes y a su oficio. Para saber cómo fueron aquellos caminos, la mejor vía es este libro que no únicamente refleja la historia sino que la hará. Como la hizo el autor que es inolvidable y cuya partida deja el vacío que en su campo nadie llenará.

EL NUEVO LIBRO DE HERMES TOVAR PINZÓN

CORRUPCIÓN: METÁFORA DE AMBICIÓN Y DESEO 

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Si existe un investigador y académico de primerísima línea en Colombia es el tolimense Hermes Tovar Pinzón, cuyos libros va uno devorando en la seguridad de aprender y comprender muchas situaciones de nuestro país en sus diversas épocas. El de ahora que publica la exigente colección Séneca de la Universidad de los Andes, nos ofrece en 331 apretadas páginas, un crudo y documentado análisis sobre el principal mal de este país como lo es la corrupción. Son textos breves, intensos, documentados y con un respaldo académico que no deja lugares a la duda.

Hermes Tovar, nacido en Cajamarca, es profesor honorario luego de más de tres décadas en la Universidad Nacional de Colombia, doctor en historia de la Universidad de Oxford, Premio Nacional de Historia, Premio Nacional de Ciencia, Premio de la Sociedad de Archivistas y Premio Portafolio al mejor Docente Universitario, entre otras distinciones, lo mismo que autor de numerosos libros. En este último, para ver su tono y su estilo depurado, podríamos decir que en relación a lo que cuenta, muchos capítulos parecen arrancados de la literatura, pero como él mismo afirma: ”En la historia de Colombia no es necesario recurrir a leyendas fantásticas ni a imaginarios, quimeras o bestiarios para cubrirnos de asombro ante los malabarismos de la selva, sino que basta observar la realidad cotidiana para comprender que en esta república de tantas geografías y gentes dispersas y diversas, vegetan y florecen las nueces del delirio y los ingenios de realidades fantasiosas y de pasiones contrahechas. En esta Colombia ejemplar vegetan quienes suponen que el cohecho es delito de uno, que la traición a la patria elige presidentes, que el robo millonario a seres indefensos hace magistrados, que la expropiación de tierras eleva a sus promotores a niveles ministeriales, que la compra y venta de votos hace congresistas y que el crimen tiene inmunidad cuando se trata de familias poderosas. Media Colombia sabe que el fundamento de la democracia no reside en las instituciones ni en la participación popular son en las armas, y que las bancarrotas son verdaderas obras de arte de honestos financistas”.

“Engendrados por los demonios de la ambición y la conspiración, caminamos en el aire, habitamos las laderas de un abismo y buscamos la identidad en el vacío, guiados casi siempre por los profetas del despilfarro y la riqueza fácil. Como seres construidos por el sistema colonial, la república nos ha pulido hasta convertirnos en residentes del cinismo, en voceadores silenciosos de maromeros de la moral pública y en espectadores temerosos de los hábitos ilegales de gobernantes y domadores en estos grandes circos de la corrupción y el miedo. Aplaudimos la vanidad que lleva a funcionarios y presidentes por el mundo para hacer el ridículo pretendiendo vender en metrópolis y cortes decadentes los recursos nacionales en detrimento de la salud”. Son párrafos que nos dan la medida de sus temas y que nos dejan entrever cómo, todo lo que ocurre y ha ocurrido y de lo cual somos informados diariamente, no ingresa al nivel de la crítica sino del sondeo que se deja pasar. Libros como este de Hermes Tovar, despiertan nuestra conciencia, nuestra perspectiva de la realidad y nos sacuden. Es grave no leerlo y satisfactorio hacerlo para quitar el hipnotismo que nos cubre.

LOS NUEVOS LIBROS DE LA UNIVERSIDAD DE IBAGUÉ

Trascendente, por decir lo menos, la tarea en que se encuentra empeñada la Universidad de Ibagué dentro del campo editorial. Se trata de un oficio amoroso frente a cada uno de los títulos y dignas ediciones que muestran respeto por los autores y el lector mismo. En el año de 2015, nos hicieron llegar los testimonios recogidos por Carmen Inés Cruz y Francisco Parra Sandoval al conmemorarse los 30 años de la tragedia de Armero, donde es loable el esfuerzo por lo que llaman la recuperación de la memoria histórica de aquel evento que tanto dolor nos causó y cuya primera versión se hizo veinte años antes, titulada Armero: diez años de ausencia, en donde los mismos autores, acompañados de  Nelsy Rodríguez López cumplieron la misión.  Esta vez, para que todo no quedara en el aire, se desentrañan las lecciones que pueden ayudarnos en otros eventos similares, como también se rinde homenaje a los rescatistas de la zona afectada. Igualmente, bajo la pluma autorizada de los hermanos Parra Sandoval, se presenta un recorrido por La escuela total, al cumplir con estudios de caso como el de la Normal de Fallon, la de Ibagué, Icononzo y Villahermosa, donde se han formado los maestros desde hace no pocos años. El papel de los educadores allí tienen su espacio a través de autobiografías que muestran la riqueza oral y narrativa de los educadores y el significado de su ingente esfuerzo, en medio de limitaciones. Resulta difícil la labor en pueblos un poco aislados y los sectores populares, donde el desequilibrio y la desprotección cumplen el papel de reinas dentro de una sociedad desigual. Resultan conmovedoras algunas historias y entendemos cómo se hace verdaderamente patria por encima de los discursos oficiales y de qué manera este es un sector que debe atenderse con urgencia. Ahora estamos pendientes de la lectura o relectura de otros volúmenes de interés bibliográfico e histórico, tales como la reedición de la Geografía del departamento del Tolima que escribiera a comienzos del siglo XX, Eduardo Torres Vargas, cuando nuestro territorio contaba apenas con 39 municipios. La referencia humana y política resulta curiosa pero de mucha ayuda para clarificar nuestro pasado y vernos hoy. Dentro de esa misma línea en lo que pudiéramos llamar títulos para una biblioteca básica del Tolima, aparece San Bonifacio de Ibagué, documentos para la historia de esta ciudad que escribiera Hernando Márquez Arbeláez. Para quienes tenemos las primeras ediciones, resulta reconfortante verlas nuevamente editadas. Y un ensayo que lleva la firma de Camilo Polanco Torres, quien desarrolla el tema de La organización de la empresa política. La gerencia pública regional. Veo igualmente el registro de El cultivo de la verdad, un examen crítico sobre problemas de nuestro tiempo, firmado por Ramsés Fuenmayor. Ya llegaremos a ellos. Queda nuestra alegría al ver que la Universidad de Ibagué continúa su formidable trabajo editorial, el que sumado a otros libros no menos importantes, como la Obra selecta de Néstor Hernando Parra, por ejemplo, ofrecen la oportunidad feliz de conocernos mejor a nosotros mismos.

Jorge Eliécer Pardo deja atrás 20 años de silencio en sus escritos - 18 de enero de 2016 -

Llega con 'El pianista de Hamburgo', 'Los velos de la memoria' y 'La baronesa del circo Atayde'.
Por: Francisco Celis Albán - EL TIEMPO

Pardo soñaba ser cantante de baladas, pero a los 16 años la vida lo encarriló como profesor de literatura, en el colegio del barrio de las prostitutas.
Pardo soñaba ser cantante de baladas, pero a los 16 años la vida lo encarriló como profesor de literatura, en el colegio del barrio de las prostitutas.
Mi padre era un chofer de Líbano (Tolima), de una sabiduría empírica; y mi madre, una artista que junto con su hermana Sofía Rodríguez de Moreno (un personaje de Yo y tú que se llamaba Socorrito, esposa de don Eloy) tenían un dúo llamado Las Alondras del Llano. Mi madre estaba destinada a irse a México a estudiar teatro y canto, y llegó el montañero de mi padre, la enamoró y se la llevó para ese pueblo en la cordillera. Cuando mi papá hacía las correrías de sus viajes, llevando café a distintas partes de Colombia, mi madre nos montaba obras de teatro y empezó a tener hijos y llegó a tener diez. Eramos una compañía de teatro, de circo, de declamadores... Ahí empezamos ese amor por lo artístico. Especialmente en Carlos Orlando, mi hermano, que es escritor. Luego, por la violencia, migramos a Bogotá, donde, en la Academia de Arte Don Eloy, mi tía nos involucró un poco más en el arte. Los castigos que ella nos ponía era encerrarnos en la biblioteca a leer el Quijote, a Salgari, a Verne...
¿En qué momento usted dice ‘esto de los libros es lo mío’?
Yo quería ser cantante de baladas en los 60. Era un roquero de pueblo. Escribía poemas para que fueran baladas. Yo no fui un escritor prematuro ni nada de eso. En mi adolescencia, en Ibagué, empecé a leer, y entré directamente por el boom latinoamericano y me di cuenta de que ese mundo maravilloso –Juan Carlos Onetti, Vargas Llosa, García Márquez– era lo que yo quería hacer. Muy motivado por mi hermano, que es mayor y escribía más que yo. A los dieciséis años y medio fui maestro de literatura en los colegios. Iba aprendiendo literatura y enseñando literatura. Con los muchachos leíamos en los parques. Mi primer trabajo fue en el puerto de Honda, en un barrio que se llama Arrancaplumas, el barrio de la prostitución. Los muchachos me dijeron: “Oiga, hermano, usted para qué curso viene”, pero yo era el profesor. La primera reunión de acudientes eran todas prostitutas y yo no sabía qué decirles, estaba totalmente angustiado.
Para ser maestro no había necesidad de ser muy preparado y una de las formas de ayudar a los muchachos a buscar empleo era darles puestos como maestros. Yo tenía cuarto de bachillerato. Entonces mi papá, a través de un amigo del Líbano que estaba en la Secretaría de Educación, logró meternos como maestros.
Duré seis meses y lograron trasladarme a Ibagué, donde comencé a hacer mi carrera universitaria mientras seguía siendo profesor. Estudié licenciatura en español y literatura, y luego me vine a Bogotá a hacer mi doctorado en la Javeriana, que no terminé porque salí muy decepcionado. Mi expectativa era esa avidez de querer aprender mucho, y lo que me daban era muy despacio, muy técnico y muy académico. Y yo quería comerme el mundo y en el aula no me daban ni un sánduche. Más adelante fui profesor en varias universidades, hice una especialización y entré un poco a la burocracia, pero lo mío fue siempre la literatura.
Aparte de su hermano, ¿quién lo motivaba a leer?
En Ibagué conformamos un grupo de jóvenes inquietos por la literatura, que llamamos el Grupo Cultural Pijao, de donde salió una editorial que ha publicado muchos títulos. Éramos jóvenes profesores universitarios y de bachillerato, inquietos. Había un personaje muy especial, un huilense que se llamaba Humberto Tafur Charry, novelista, que viajaba con un maletín por todo el país vendiendo los libros de la editorial Losada. Hablaba de literatura y nos vendía a crédito los libros; sabía literatura y todos sus cuentos, que eran muy rulfianos, los escribía en los buses mientras viajaba.
¿Qué fue lo primero que escribió?
Empecé a escribir cuentos y un día leímos con mi hermano y con Germán Santamaría mi cuento El jardín de las Hartmann. Germán me dijo: “Esto no es un cuento, esto es el comienzo de una novela”, y fue cuando escribí y publiqué esa novela, que luego fue El jardín de las Weismann, por problemas con el título. La escribí a los veintipico de años, ya lleva once ediciones, y fue traducida por Jacques Gilard, el traductor al francés de algunos textos periodísticos de García Márquez. Es un libro que cuenta la violencia de los 50 desde el erotismo y desde un jardín, un elemento simbólico, sin tantos muertos sin tanta sangre y terrorismo.
Pero ese es un análisis posterior. ¿Qué era lo que quería hacer entonces?
Yo no pensé en escribir una novela no truculenta, sino amorosa, erótica. Tengo una serie de tías del Líbano, que todas quedaron solteronas porque en esa época todos los hombres o estaban muertos o estaban enmontados, como se decía. Entonces, a estas mujeres alemanas que yo veía, las Hartmann, también las veía muy solitarias. ¿Cómo hacían estas mujeres para encerrarse y vivir la guerra, el amor y el erotismo y la necesidad? Entonces creé ese símbolo, el jardín, que estaba al lado de mi colegio que expropiaron para el batallón, y yo veía esas flores que todavía existen.
¿Cuál fue el lío por el que cambió el título?
Que las Hartmann existían realmente y eran unas señoras muy apreciadas por la comunidad, y además eran unas educadoras a las que les dieron hasta la Cruz de Boyacá. Yo estaba muy joven y les puse a los personajes el nombre de mis hermanas, pero con el apellido Hartmann, entonces me amenazaron de muerte los familiares, el obispo quemó mis libros en la plaza del pueblo. Hubo una pequeña polémica y finalmente hice lo que me enseñó Hemingway: para uno encontrar el nombre de un personaje busca el libro donde están todos los nombres, que son las guías telefónicas. Miré y Weismann solamente había uno. Entonces llamé a preguntar por él y una señora me contestó: ‘Ay, siquiera llama, porque él falleció hace tres meses y nadie sabe de él’. Le di las gracias y les puse: Weismann.
¿Cómo fue a dar la novela a la televisión?
En ese momento las productoras estaban haciendo literatura latinoamericana llevada a la televisión, y me llamaron de Caracol para que hiciera la adaptación a televisión. Firmé un contrato que tenía una cláusula titulada ‘versión libre para televisión’ y cuando empecé a ver eso me di cuenta de que no era mi libro. Sufrí mucho y decidí con Elsa, con el dinero que me pagaron, irnos a la Unión Soviética y nunca la vi.
¿Críticas negativas?
Un crítico escribió un artículo titulado ‘Los estragos del garciamarquismo’, y nos metió a un grupo de autores jóvenes, diciendo que García Márquez nos había influenciado. Con el tiempo me reconoció que había sido exagerado.
Amo a García Márquez y amo lo que significó para nuestra literatura y lo que significa, y lo que nos enseñó, y el mundo que nos abrió. Pero mi lenguaje es totalmente distinto del suyo, que es muy hiperbólico. El mío es simbólico. Por primera vez como que aterrizo en esa diferencia entre ese párrafo largo y el mío, que es poético, simbólico, no evidente, más cercano a lo que yo quería, que era la poesía.
Sus novelas se inscriben dentro de una línea histórica, ¿se siente al margen de las corrientes literarias?
Yo no he variado mucho mi estilo y cuando he intentado aislarme de él he fracasado. Mis amigos me dicen: “Vuelva al tono de El jardín”. Y con mi último proyecto lo hice y me gusta mucho. He experimentado con una literatura rápida, más contemporánea, pero como mis personajes son reflexivos y tienen introyección, entonces esa literatura rápida no funciona. Mi literatura no es tan exterior ni epidérmica, es, como soy yo, para adentro. Estoy muy influenciado por Thomas Mann, los escritores que han hablado del ser humano desde lo profundo, desde el punto de vista de sus contradicciones y de la sociedad. Sobre héroes y tumbas, de Sabato, especialmente el ‘Informe sobre ciegos’, me gusta mucho. Juan Carlos Onetti, que es el autor del fracaso, de los amores retorcidos, un hombre que todo lo que emprende es fallido, ha sido muy importante para mí.
El existencialismo también lo influenció...
Leí muy profusamente a Jean Paul Sartre y a Albert Camus, fundamentales sobre lo que debe ser un escritor en un tiempo determinado, y creo que he respondido a ese postulado. Soy un autor de mi tiempo y como tengo una sociedad tan llena de problemas sociales, creo que al escritor le corresponde –otros dirán que no– contar su tiempo. Sin ser una literatura de ideología, porque ni he sido comunista ni socialista; soy un anarquista, un librepensador, que ama la libertad que respeta al ser humano. Un humanista.
¿Cómo logra engranar la historia a lo largo de su ‘Quinteto de la frágil memoria’, en el que el foco es contar historias particulares de la gente, en un país con una historia como la nuestra?
El Líbano fue de los pueblos más violentos de la guerra bipartidista de los años 50, y que produjo los más terribles bandidos como ‘Desquite’ y ‘Sangrenegra’, pero también una generación de revolucionarios; fundadores del M-19 como Afranio Parra, que era poeta y además pintor; de movimientos sociales que en el año 29 se tomaron el poder, los bolcheviques del Líbano… Todo eso fue caldo de cultivo. Y en medio de eso mi abuelo materno, Carlos Arturo Rodríguez, uno de los fundadores del Partido Comunista, un hombre que fue rosacruz, masón y comunista. Era un artesano que trabajaba la madera y con él aprendí los primeros versos de José Martí. Mi papá era un liberal que le quiso brindar un homenaje con el nombre de su hijo a su líder asesinado. Estaba yo un poco predestinado a hacer eso. Pero cómo hacerlo, si yo no tenía unas bases de conocimiento de nuestra historia, entonces por eso metí a estas mujeres de mi primera novela, en medio de una cosa onírica. Me di cuenta después de que tenía serios vacíos históricos. Publiqué dos novelas más, Irene y Seis hombres y una mujer, y dije yo no puedo seguir escribiendo novelas sin estudiar la historia. Y dejé de publicar novelas 20 años y me dediqué a estudiar la historia de Colombia.
Con el siguiente antecedente: cuando yo trabajaba en el Ministerio de Salud, me presentaron a la persona que me iba a asesorar en participación comunitaria y divulgación de los servicios de salud, y me dijo: “Germán Guzmán Campos”. Yo me incliné y le besé la mano y le dije: “Usted es el tipo más importante para mi vida”. Porque el libro de Guzmán, Umaña Luna y Orlando Fals Borda, La violencia en Colombia, es la biblia para entender lo que pasó en el país. Eso fue en los 80. Entablamos una amistad y me dijo: “Jorge Eliécer, a usted le corresponde escribir el libro de la guerra, con el tono de El jardín”. Él había sido párroco en el Líbano, era de Chaparral. Un hombre maravilloso, sabio...
El más importante violentólogo contemporáneo en Colombia es Gonzalo Sánchez, director del Centro de la Memoria, que ha trabajado mucho la temática de la guerra, es del Líbano.
Guzmán Campos fue la segunda influencia más importante: empezó a proveerme de libros y documentos secretos para entender el fenómeno de la guerra, de esa guerra que él vivió tan cerca. Ese libro es producto de que Alberto Lleras hizo una comisión de paz, para entender las causas de la violencia. Ellos tres encabezaron ese estudio.
Posteriormente me alimenté de los libros de Arturo Alape, mi gran amigo, quien es uno de los cronistas e investigadores más importantes de la guerra. El Bogotazo es un texto fundamental. Empecé a estudiar la nueva interpretación de la historia de Colombia, distinta del discurso oficial. Y me dediqué a escribir la novela para monseñor Germán Guzmán, ya muerto, y quince años después me di cuenta de que tenía 2.500 páginas. Dije, esto editorialmente es imposible. Opté por hacer cinco libros que bauticé El quinteto de la frágil memoria. Tuve que reescribir casi todo, haciendo que cada libro tuviera su autonomía, pero que cada uno estuviera entrelazado con los otros.
Un trabajo faraónico...
Me entregué a eso y el primero que se publicó es El pianista que llegó de Hamburgo. Ya tiene cuatro ediciones. Y fue hecho en convenio con Conaculta de México. Y el segundo, dos años después, fue La baronesa del circo Atayde, que realmente es un poco la historia de mi abuelo artesano, y sus antepasados también artesanos rebeldes, y la historia del sueño de mi madre de ser una mujer del circo, una bailarina del aire, y con el telón de nuestra guerra. Posiblemente este año saldrá otro libro, que se llama Trashumancia, que es la historia de una familia que tiene que huir de la violencia. Es también sobre el Líbano y su mundo mágico.

Francisco Celis Albán