martes, 17 de marzo de 2015

CENA DE MIÉRCOLES DE CENIZA CON MYRIAM CASTILLO

 La poesía de Myriam Castillo es para leerse en medio del silencio. Se trata de una ceremonia donde se hace necesario examinar la belleza del lenguaje, su profundidad poética y la obligada estación hacia las reflexiones. Cena de miércoles de cenizaes su tercer poemario y ha venido ganando espacio en el panorama de la literatura colombiana sin cumplir aspavientos y de manera discreta pero constante alcanzar un período de plena madurez. Gracias a Caza de Libros conocimos su pequeño volumen de 32 textos que proyectan el homenaje a la libertad y al lenguaje con el pretexto de Giordano Bruno, el italiano glorioso víctima de la inquisición y quien fuera poeta, astrónomo y esencialmente filósofo. La triple lectura que sugiere el libro de Miryam Castillo puede darse desde la voz del supuesto hereje dominico, desde la poesía misma o desde la perspectiva de la concepción del mundo de la autora, quien precisamente estudió filosofía y letras en la universidad de Santo Tomás. Esta tolimense dedicada a la docencia y asistente a talleres literarios, ganadora y finalista de concursos nacionales, logra despertar admiración desde la primera a la última página. Nació en Santa Isabel y es además especialista en Educación y Desarrollo. Inició su carrera literaria con su primer libro titulado Sueños antagónicos en 1997, aunque mucho más atrás de esos 18 años que han transcurrido desde entonces, mostraba secretamente sus escritos que luego alcanzaron en el 2007 el segundo premio en un concurso regional de cuento y poesía. Myriam Castillo persistió en aquel mismo tiempo con su segundo poemario Bitácora de papel y fue inscribiéndose en la lista de las mejores escritoras contemporáneas en Colombia desde el Tolima, logrando distinciones nacionales como el ser finalista en el Concurso nacional de poesía Ciro Mendía en el 2012. Nos alegra la aparición de este libro que de acuerdo a su presentador, Nelson Romero Guzmán, quien acaba de ganar el exigente concurso Casa de las Américas, de Cuba, de qué manera este libro “como acto creado, es la mirada de un hombre asombrado ante el cosmos del mundo frente a la estupidez humana de su tiempo”. Destaca igualmente que la autora, consciente de los juegos paródicos de la literatura, traza un diálogo secreto y revelador de quien desde la voz del hombre moderno pareciera mirar el fuego inquisitorial calcinando a la misma inquisición.
CAMILO MEDINA
EL RITO DE ACTUAR Y PINTAR


La tarde el primero de marzo murió en Bogotá a los 85 años uno de los protagonistas del Tolima en el Siglo XX y una figura nacional de importancia. Camilo Medina, quien de niño demostró inclinacio­nes por la pintura y quien naciera en Ibagué un 23 de octubre de 1928, jamás soñó con convertirse en uno de los mejores actores que la televisión y el cine colombiano hayan tenido en su historia. Realizó sus estudios de primaria en la Escuela Pública y los de secundaria en el Colegio San Simón de Ibagué, ingresando luego al Conservato­rio de Música del Tolima donde toma clases de canto y de pintura, esta última con el maestro Jorge Elías Triana.

Mientras tanto, Medina trabajaba en el Teatro Imperial de la ciudad para poder pagar sus estu­dios. Es allí, tal vez, donde fue naciendo su inclinación por la actuación, cuando desde el cuarto oscuro daba rienda suelta a los proyecto­res, embarcándose así en el mundo mágico del cine. Al mismo tiempo que Bogotá se mostraba como el siguiente paso, Camilo Medina es llamado a prestar el servicio militar mientras el maestro Jorge Elías Triana comenzaba a mover todas las influencias necesarias para que el joven Medina pudiera obtener una beca departamental que a la postre resultó y le permitió, luego de evitar el servicio, iniciar sus estudios en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia, cuando corría el año de 1951.

El maestro Triana le ofrece su residencia ubicada en el barrio San Victorino, que se convertiría en su casa durante poco más de seis meses. En las mañanas, Camilo Medina asistía a la universidad y en las tardes, por sugerencia de su amigo David Manzur, tomaba clases en la Escuela Colón de Arte Dramático, en un intento por realizar una formación artística integral más que por una real inclinación hacia las artes escénicas. Día a día, Medina iba descubriendo cómo el andamiaje de los escenarios y los nombres de Chejov, Shakespeare y otros, comenzaban a ser tan parte de su vida como los óleos, lienzos y pinceles, todo lo cual, en comunión, comenzaba a vivir con él al lado de los textos que el artista recitaba en la intimidad de su cuarto.

Sus primeros trabajos fueron la escenografía para el montaje del Diario, de Ana Frank, y la actuación tímida que realizó en la obra La Vanidosa. Con esto comienza a ungirse al yugo del mundo de las tablas y la televisión. Durante seis años, el escenario de la Escuela Colón vería cómo este coloso, interpretando los más variados papeles ante un número escaso de apasionados, haría estallar en llanto o risa a su auditorio. Poco tiempo después de la llegada de la televisión a Colombia, y luego de un concurso que Manuel Drezner, reconocido musicólogo y compositor, organizara para conformar un grupo de actores nacionales que empezara a convertirse en la vanguardia de la televisión colombiana, Camilo Medina logra el primer premio gracias al esfuerzo, la constancia y la experiencia que le habían dado las tablas. Así comenzó a convertirse en el actor más buscado por los directores de la época. Filas enteras de jóvenes querían encontrar en él la voz y el testimonio de una lucha que, entre el hambre y la nostalgia, fue construyéndolo hasta llegar a ser uno de los mejores actores que han hecho tránsito por la televisión y el cine colombianos.

Actuó en La mala hierba, donde hizo famoso al cacique Miranda; en El Taciturno, una producción colombo-venezolana; representó a Páez en la serie Revivamos nuestra historia en el pasaje Páez, el león de Apure, en donde una investigación histórica y sociológica lo llevó a conocer con alguna profundidad el pueblo llanero. Participó en la película Tres Cuentos Colombianos y en innumerables telenovelas al lado de figuras como María Cecilia Botero, María Eugenia Dávila, Judy Enríquez y Raquel Ercole, compañeras de uno de los mejores galanes que ha pasado por la televisión nacional, aunque son sus papeles dramá­ticos, con personajes duros y recios, los que más recuerdos han dejado entre el público colombiano.

Camilo Medina, uno de los pocos actores de profesión gracias a un feliz accidente, pero pintor por vocación, se rodea ahora de cuadros que enseñan las montañas del alto de Gualanday, elaborados con tal delicadeza que a más de uno harían dudar de que son ejecutados por el mismo y conocido actor. De su familia hablaba con la satisfacción de encontrar en sus hijos unos cómplices de su labor artística y evoca los momentos en que su padre llegaba a la casa tiznado de negro luego de las arduas jornadas que debía cumplir en los ferrocarriles nacionales para observar los dibujos que desde pequeño ejecutaba su hijo.


Este hombre, tan sensible como nadie, graduado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional y quien declinara un nombramiento como profesor de pintura en la Universidad del Tolima, es licenciado de la Escuela Colón de Arte Dramático. Amante de la música clásica y del silencio, sentía en el aire y los objetos la presencia perfecta de Dios, a quien señalaba como dueño de su obra y de sus días, y vivió rodeado de la atmósfera de equilibrio y paz que desde siempre anhelara. Para los tiempos que corren, cuando su nombre era ignorado por los directores de televisión del momento, Camilo Medina se dedicó a su verdadera y única pasión: la pintura, oficio con el que soñara desde pequeño, cuando esperaba, todas las tardes, el regreso de su padre desde la estación del ferrocarril.

sábado, 28 de febrero de 2015

CARLOS GRANADA Y EL COLOR DE LA VIOLENCIA

La noche del 26 de febrero a los 82 años, dejó de existir en Bogotá el consagrado pintor tolimense Carlos Granada, quien había nacido en Honda en 1933. E1 talentoso trabajo realizado con una temática corno la suya, donde se estetiza la violencia, pronto habría de sorprender a los especialistas que ya en 1959 le otorgaron un premio especial en el Salón Nacional. Eran tiempos en que los críticos se movían entre los parámetros de máxima exigencia y frente a ello, en 1963, no dudarían en entregarle el primer premio por la obra A solas con su muerte. Al año siguiente será premiado en el Salón Grancolombiano, de Cali, y en 1968 obten­drá el premio especial en el XI Salón de Artistas Nacionales. En 1969, como para coronarlo, es declarado fuera de concurso en el Salón Nacional realizado en Bogotá.

Este admirable ejecutor de la interrelación vida-muerte, en el campo de fuerzas encontradas que habita su pintura, formó su propio lenguaje sobre un modelo perceptivo no racional de la realidad. Nació en Honda pero se trasladó al Líbano con su familia donde cursó el bachillerato en el colegio Isidro Parra. En aquel poblado transcurrió buena parte de su infancia, los primeros años de estudio, los juegos infantiles y al fondo la atmósfera de violencia que sacudía al país. Aquel sitio donde era usual presenciar el descenso de los muertos por las aguas del río y cuyos campesinos engrosaron, en su mayor parte, el índice de las estadísticas mortuorias de ese tiempo horroroso, va a quedar grabado en el recuerdo y las pupilas del pintor que no entendía bien cómo se segaban la alegría y la existencia.

Pero este hombre cuyo mayor afán siempre fue la libertad, que desconfiaba de cualquier elemento que tuviera que ver con la autoridad y que odiaba el sistema por haberlo hecho despertar en medio de la sangre, comenzaría un camino lejos de su hogar cuando, por desavenencias con su padre, iniciaría una vida lejos del Líbano, ciudad que siempre consideró como su verdadera patria chica.

Su paso por pueblos como Villahermosa de donde fue expulsado por una sociedad conservadora que no lo veía con buenos ojos; Buenaventura y sus muelles, entre otros lugares del occidente colombiano, fueron después el hogar de este futuro artista que desde aquel tiempo soñaba con las mujeres suecas y danesas detenidas en las fotos de los marineros y que descubrió la vida a través de momentos tan desgarradores que su carácter se moldeó de acuerdo con sus propias contradicciones lo que, según dice, lo hace feliz pues se entiende consigo mismo.

El consagrado maestro alcanzó su título en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Tiempo atrás había decidido que aquel gusto por el color y las figuras de su infancia deberían marcar su vida de manera total.

Se especializaría luego en pintura mural en la afamada Academia de San Fernando, en Madrid, gracias a una beca que ganara en el Instituto de Cultura Hispánica y, más adelante, mediante una del Icetex, viaja por Francia, Italia. Grecia y los Estados Unidos visitando escuelas de Bellas Artes y perfeccionando su oficio. Durante este viaje estudia los museos de una manera singular: autor por autor y obra por obra, en un ejercicio que practicó hasta su muerte.

Sus exposiciones individuales transitaron por Bogotá, Cali, Medellín. Manizales, Ibagué, Barranquilla, Cartagena, Madrid, La Habana y Washington y su contribución a las colectivas en otras tantas ciudades y países. Con Taller 4 rojoexpuso en sindicatos, agremiaciones campesinas y barrios populares. En 1960, cuando realiza su primera muestra individual en Madrid, entiende perfectamente que transita por un camino propio al comprobar que no se parece a ninguno delos otros pintores de su época. Es lo que la crítica advierte ese mismo año al realizar una exposición en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá y otra en 1962 en la Unión Panamericana de Washington.

En Casa de las Américas de Cuba, en 1969, verifica con su nueva individual la atracción que ejerce su pintura y en 1975 el Museo de Arte Moderno le abre las puertas para exhibir su obra con justificada publicidad. En 1980 expone simul­táneamente en las galerías Belarca y San Diego de Bogotá y en el 84 en la Galería Arte Autopista de Medellín.

En cuanto a exposiciones colectivas, Granada ha participado, a partir de 1957, en el X Salón de Artistas Nacionales en Bogotá, en la Bienal de Venecia en 1958, en la exposición de Pintores Neofigurativos en Washington en 1962, en la de Arte Colombiano en Puerto Rico en 1965 y en la de Testimonios, en Caracas, en 1966. Así mismo se registran la de Testimonios en Cuba, en 1967, su participación en 1979 como Invitado Especial a la Tercera Bienal de Arte en Medellín, la de Sexo y Violencia en 1986 realizada por la galería Belarca de Medellín y la Colectiva de Buenos Aires en 1984. En 1987 expone en La Fauna, de Medellín, y en 1991 en la de Pintores Colombianos. A ésta le sigue su muestra de la Moss Galery, de San Francisco, Estados Unidos.

Carlos Granada fue, además de profesor por espacio de muchos años, director del Departamen­to de Bellas Artes y del Museo de Arte de la Univer­sidad Nacional en 1977. En 1990 fue declarado Profesor Emérito de esta Universidad.

Su oficio de docente fue el único que ejerció aparte del de pintor, pues siempre rechazó los cargos de escritorio que le ofrecían desde que fue considerado como uno de los mejores exponentes del arte plástico en el país. Pues este maestro, que gozaba con la sensibilidad de sus alumnos y con la fuerza y vitalidad con la que ellos van trazando su arte, creyó que fue menos lo enseñado a lo aprendido de ellos.

Los críticos han visto en su obra una etapa inicial que desglosa el ámbito de la violencia y otra en que maneja la imagen del horror interno cuidadosa­mente reprimido. Muestra en el gesto de los rostros la pérdida de la ilusión profundiza en los oscuros abismos del hombre contemporáneo que vomita angustia y se atraganta con ella. Granada es, como bien lo afirma Mario Rivero, el pintor que más se aproxima a la verdad dionisíaca, va más allá de la belleza en busca de 1o excitante con las nociones gemelas del erotismo y la libertad.

El maestro de lo alucinante, que refleja el infierno del hombre elevando su voz de violencia, libertad, erotismo, deseo y angustia, se mueve en el gran espacio de sus cuadros como pudo hacerlo en sus tiempos de adolescente, cuando fuera encerrado y perseguido en su época de Villahermosa. Esos holocaustos que pinta, donde la soledad hace su agosto y la agresividad expresiva se convierte en valor, no tienen el tono lastimero de los artistas de pancarta ni el tremendismo tétrico de tantos autores, sino el ímpetu de un volcán en erupción. Ahí está el mundo con una sociedad sin opciones dentro de un apocalíptico resumen que se destruye como una victoria trágica entre la desmesura, el placer y el dolor.

Para honrar su trabajo, que exalta lo visual, fueron varios los homenajes a Carlos Granada en su tierra del Tolima. Recibió la condecoración Ciudad de Ibagué en octubre de 1993, donde con su reconocido valor señaló la importancia de reabrir la escuela de Bellas Artes en el departamento y la trascendencia que tendría la apertura del Museo de Arte moderno. En 1994, en el Líbano, la Casa de la Cultura abrió el Salón de exposiciones que lleva su nombre.

Este pintor amante del bolero porque encontraba en él la vitalidad y la libertad, halló en el color lo visceral y la emoción pura, calidades que también encontró en sus hijos. Y siguió ahí, en el ejercicio de las mil y una lecturas que hizo de cada cuadro hasta considerar que no tenía nada más que decir. Creía que el verdadero valor de una obra está en lo que aparece entre líneas o subyace en el lienzo.

Granada fue de los pocos artistas "comprometidos" capaces de defender el contenido ideológico con razones estéticas. Marcó el orden en que vivió, las condiciones de existencia que le depara una sociedad en donde no hay opciones: una realidad social que da una respuesta negativa a su necesidad de fe, de comunicación, de poesía, es decir, al sentido de coherencia exigido por su espíritu.

Y es que a este pintor le tocó vivir en el Tolima violento. Ese que cuentan los libros de historia y nuestros abuelos. Un Tolima donde flotaban río abajo, los cuerpos sin vida de los campesinos. Quizás esta es la razón por la que se dedicó a pintar, en una época, todo lo contrario de lo que le rodeaba: erotismo, vida y sexo, en una búsqueda de lo pro­fundo a través de la sensualidad como otra expre­sión existencial.

Al ir más allá de la belleza en busca de lo excitante, su expresión conlleva una apariencia seductora que se podría sintetizar diciendo que en su obra se siente de algún modo la alegría de la destrucción. Como afirmara Mario Rivero: "la orgía de una victoria trágica en la cual la desmesura se revela a la vez en el placer, en el dolor y en el conocimiento".


Con el temor a perder una libertad que creyó ganada, se consideró un hombre feliz que cumplió con sus sueños de manera cabal y que nunca ha perdido el valor. En el fondo de todo pensó y vio el mundo de una manera distinta, con la sabiduría que le brindó la sencillez y el orgullo de ser uno de los mejores pintores de Colombia y América Latina.

domingo, 22 de febrero de 2015

Música de parcas de Omar Alejandro González Villamarín

La región en particular tiene una orfandad notoria en la falta de nuevos narradores aunque no de poetas, sobre todo en una larga última década que parecía estar reclamando otros nombres. Es aquí donde bien vale la pena reseñar el libro iniciático de Omar Alejandro González Villamarín, un joven escritor que apenas sobrepasa los 30 años y dirige el taller literario de la Universidad del Tolima. El licenciado en Lengua castellana que ahora cursa su magister en literatura, ya venía empujando su nombre al ganar concursos de cuento y poesía, escribir notas críticas en revistas y periódicos o agitar debates sobre su tema en el seno de su institución.

Música de parcas es entonces un libro de cuentos de diversa extensión que ofrece un trabajo ricamente imaginativo con apalancamiento en un bien manejado lenguaje literario, dominio de la técnica, conocimiento del oficio, economía de palabras y temas novedosos, sin que deje de advertirse un juego de re-creación bajo textos de maestros del género. Se advierte aquí un oficio en la tarea lejos de la improvisación y que deja al final el grato vestigio de cómo enfrentamos a un futuro escritor de gran aliento y que sin duda hará ruido en los años venideros. La brevedad es muestra de conciencia, mucho más cuando se ilumina y se devela todo un universo bajo la presión de la dificultad  de lo conciso. No es fácil aunque pareciera y allí reside parte de su magia.

 Lo asuntos nos remiten al encanto de la captura sensible del tránsito del momento en algunas horas quietas, el ilusorio entresijo del juego de espejos, finales sorpresivos, el goce de lo aparentemente insignificante y el relámpago iluminador sobre la  fugacidad de la existencia. Todo parece pasar sin que pasara nada y sucede de todo en la intimidad de aquellos personajes. Paneado este mundo se olfatean las continuas reflexiones, la búsqueda del ser y del amor, del conocimiento y la aventura en detalles que sólo a un escritor le es dado examinar, al igual que están impregnados de cierta dosis existencialista, algo de nostalgia y un sabor de muerte. Parecieran en apariencia sondeos de lo que pudieran ser textos más amplios, borradores de un ejercicio, gimnasias verbales, inquietudes filosóficas y religiosas, encuentro con la entelequia y ante todo la captura de lo cotidiano bajo mundos monótonos alterados por una mirada, un encuentro fortuito, la revelación imprevista de cosas de familia e inclusive la atrayente y expectante historia de un crimen bajo una historia insólita.

En el certero e inteligente prólogo que le escribe otro escritor reciente como Carlos Arturo Gamboa, es fácil develar cuáles son y enumeradas con argumentos académicos, algunas de las virtudes de este libro. Llegamos como lectores a identificarnos en la importancia de resaltar ¨la reflexión constante sobre el oficio de la escritura, la confrontación entre mundos oníricos, irreales y reales…¨, al tiempo que con la coincidencia feliz de que aquí se advierte un camino esperanzador.

Vale la pena detenerse en un libro que como Música de parcas nos deja deleitar de lo puramente literario, precisamente en un país donde la anécdota con cualquier lenguaje se convierte cínicamente en obra y hasta con el mote de exitoso. Con razón Omar Alejandro González obtuvo distinciones con su trabajo y las seguirá ganando con la mejor de ellas que es dejar lectores satisfechos y no desencantados.   

miércoles, 14 de enero de 2015


HERNANDO GONZÁLEZ
UN QUEMADOR DE NAVES

Acaba de morir a los 75 años este escritor, musicólogo, fotógrafo y hombre de cine y teatro a quien sus amigos llamábamos Poca Lucha. 

Hernando González Mora quemó varias veces las naves y emprendió otras tantas su penoso retorno. Pero estuvo ahí, en su último barco, la literatura y la música, en cuyas aguas navegaba salvando tempestades y escollos para llegar a tierra firme, sin brújula diferente a la de su propio deseo de terminar su novela Bolero, que recoge una época siempre vigente en América Latina y algunos olvidados rincones de Europa. Gonzalez, que a veces era confundido con un médico de igual nombre y apellido o muchos que proliferan en varios lugares de  Colombia, no fue otro distinto al nacido en Cajamarca, la tierra de José Pubén, César Valencia o Jorge Eliécer Barbosa, el amanecer del 27 de enero de 1940.
 Su madre, Blanca Esther Mora, fallecida y oriunda del norte y Amador González, su padre de nombre novelesco, hijo de uno de los fundadores de Anzoátegui, conformaron una familia de seis hermanos residenciados en Estados Unidos, Bogotá e Ibagué. Pero lleguemos a la infancia. Y en la escuela central que tiene el nombre de Diego Fallon y que el futuro intelectual va a conocer como el primer poeta de su vida, está cantando frente a sus compañeros de banca el poema de La luna en algunos actos escolares. Allí es donde transcurre su primaria habiendo leído El Quijote  a los 11 años, cuyo paseo debe acompañarlo de diccionario para traducir términos por él desconocidos. Adelante, lecturas diversas le condujeron al camino de la crisis donde antiguos y cimentados valores, al igual que la violencia política, le enfrentaban no sólo consigo mismo sino con las autoridades educativas institucionalizadas. Lo que llevó, como un transeúnte, del colegio Tolimense al San Luis, y finalmente al Nacional San Simón donde terminó su bachillerato. Y en este bambuqueo de su adolescencia, teniendo como condiscípulos a Augusto Trujillo, Luis Eduardo Quintero, Hermes Tovar, Rafael Aguja Sanabria y Humberto Molina, tantos otros que como los mencionados brillaron con luz propia en la vida social, económica, política e intelectual del departamento y fuera de él, organizaron movimientos, paros, protestas, huelgas, por lo cual llegarían a calificarlos como los rebeldes sin causa por mucho tiempo. Corren los años cincuenta y al fondo, en la formación de aquella juventud del colegio fundado por Santander, están las luces de Alfonso Torres Barreto, legendario profesor de varias generaciones. Pero antes de ingresar a terminar su segunda enseñanza, expulsado de los colegios regidos por sacerdotes, Hernando González Mora hace de mensajero en la gobernación bajo el comando sabio y prudente de Darío Echandía, un conductor al que ha de admirar muchos años e imitar en estudios. Los tiempos que corren y su capacidad de líder estudiantil probado, le llevan a ser estudiante de derecho en la Universidad Externado donde fácilmente, por sus arrogancias beligerantes desde lo ideológico, lo sitúan en el Consejo Estudiantil del Alma Mater.
El perfil de América Latina tenía al fondo la Revolución Cubana y la invasión posterior a Bahía Cochinos que ordenaba Jhon Fistgeralt Kennedy surgiendo en las revistas de mano de Jackeline o en envidiables amores con Marilyn Monroe. Pero los furores de aquella juventud formaban mitines y barricadas, comunicados y discursos que iban encaminados a protestar contra la intervención de la autonomía de los pueblos y gritaban a coro consignas que mucho tiempo después se siguen escuchando: "No pasarán", "Abajo el imperialismo norteamericano". En segundo año de derecho, su profesor de economía, Abel Cruz Santos, interfiere la clase para advertir a González, quien leía La Náusea, de Sartre, que pusiera atención o se retiraba, sin que el concentrado lector dejara de cumplirle para no regresar jamás a su carrera. Es el comienzo de la pérdida de un abogado más para el país y la ganancia de un intelectual para las filas del pensamiento libre y clandestino. Es la matrícula a su pasión incabada por el arte, comenzando por escribir teatro, actuando en obras y traduciendo textos como La historia del zoológico de Edward Abee, rescatando a Valle Inclán y participando  en cine como en la película de Julio Luzardo El río de las tumbas, precursora del largometraje nacional. Pero sus ambiciones iban más allá del estrecho marco en que se movilizan los grupos y las gentes y quemando de nuevo sus naves parte rumbo a los Estados Unidos en los finales del año 1964 con apenas su equipaje de sueños y veinticuatro años en la partida de bautismo. Queriendo primordialmente estudiar teatro, ingresa a la academia de Jene Frankel donde tiene como compañeros a estrellas de la talla de Frank Ramírez, el estelar  del "Gallo de Oro" y "Cóndores no entierran todos los días". Del teatro era fácil suponer su paso al cine por las experiencias anteriores y estudia bajo la comandancia de Andreu Sarrais, famoso crítico del séptimo arte. La fotografía, además, complementa su acción totalizante de la imagen en lo que va a desenvolverse años después como uno de los mejores calificados en Colombia. Lo dicen muchas notas dispersas en suplementos literarios y revistas especializadas que encabezan sus portadas con los trabajos médicos y calculadamente artísticos como para causar entusiasmos y elogios merecidos. Junto a Ignacio López Tarso y el mismo Frank Ramírez, en la estadía de casi seis años en Nueva York, comparte las tablas en participación de montajes como Macbeth en español, que le deja bastantes valiosas experiencias. Perfeccionando su inglés, viajando por períodos de seis meses a México o a Boston, participa en la vida estudiantil y cultural entre Cambridge, Harvard y conoce a Salvador Elizondo, José Agustín, Fernando del Paso, jóvenes y contemporáneos suyos, discutiendo a los maestros que empezaban a ser la consagración grande como Rulfo y Fuentes o el esplendor de Agustín Yañez y los lejanos testimonios de los autores de la Revolución Mexicana. En la tierra azteca, acompañado de Gabriel García Márquez quien hacía sus libros en medio del anonimato y el hambre anunciada, va a presenciar el espectáculo de las "Hermanitas Aguila" a quienes por entonces no pueden ver porque ninguno de los dos llevaba corbata, requisito sin falta en aquel sitio.

Los mejores novelistas y guionistas que elaboraban la contracultura hippie contra la sociedad de consumo, gentes como Ginsber, Kerouck, Tomas Wolfe, todos los beatnicks, Bob Dylan, cine Underground, son parte de sus frecuencias y del mundo donde se quemaron tantos y valiosos cerebros de su generación.
En ese marco cultural y político, pasan rápido seis años entre exposiciones y conciertos de rock, extensas sesiones de cine, conferencias y recitales, disciplina de varias y largas jornadas en bibliotecas, combinándolas en un principio, antes de vivir de actividades culturales, con oficios como el de camarero de restaurantes o barman. Todo mientras llega el dinero que habría de ganarse en laboratorios de fotografía, de cine y de otros trabajos que le otorgan por fin una vida comoda. Y en el retorno de los brujos, su regreso al país, viene irrumpiendo con gentes y movimientos en el que participan Pepe Sánchez, Carlos Álvarez, Gabriela Samper, en un cine comprometido con la realidad política y que es reprimido en el paisaje de la falsa democracia. Refugiado por lo tanto en la foto publicitaria, el desfile de modelos, la foto comercial va con éxito pasando la vida en una época de apartamentos lujosos, bibliotecas almibaradas y los mejores vinos y comidas, hasta que culmina esta etapa en una muestra de su obra completa  que hace en la Universidad del Tolima quien la adquiere toda y hoy se halla dispersa en oficinas y consultorios, residencias burguesas o medianas y cuartuchos de hotel de sus amigos. Con esta exposición quema de nuevo sus naves y comienza a escribir guiones para televisión.

Haciendo miniseries de diez horas como "El Arribista", basada en una obra de Maupassant y  documentales para cine como el del café, un clásico sobre el producto hecho para la Federación de Cafeteros, empieza a redondear otra etapa de su vida. Finalmente, luego de haber publicado relatos en el Literario de El Tiempo como "La memoria de Camila Lara y aparecer en antologías tales como El Tolima cuenta, junto a la plana mayor de narradores de su departamento y seleccionado para Cuentistas del Tolima Siglo XX, dedicado marginalmente a estudios de folclor que conformaron otra de sus pasiones, siguió sobre la máquina de escribir con disciplina de deportista y al ritmo del bolero, buscando hallar la melodía de su prosa para una futura novela que nos quedamos esperando. Entre tanto siguió esperando ver publicado su libro de relatos La vocación de la hermana Ángela, sus crónicas sobre Armero publicadas en El Espectador, las conferencias sobre bolero o música en cuyos temas fue un experto deslumbrante y continuaron sus cuadros al óleo exponiéndose en oficinas, casas y apartamentos, como un reflejo de su talento en otro campo. Su último trabajo fue la dirección fotográfica para el libro de lujo que Pijao Editores publicó sobre Ibagué con textos de Hugo Ruiz. A quien sus amigos cercanos llamamos Pocalucha como una ironía porque fue notorio su trabajo, siguió estacionado en Ibagué recorriendo sus calles, compartiendo tertulias, rasgando de vez en cuando la guitarra y dejando oir sus últimas lecturas como un devorador incansable de libros. Murió a los 75 años el 14 de enero a las diez de la mañana de este 2015 y un día antes estuvimos visitándolo en su lecho convaleciente bajo el clima del barrio Belén. Se hallaba enfermo pero animado y hoy nosotros estamos todo lo contrario con la partida de un amigo entrañable que nos hará siempre falta.
Ibagué, 1985-2015

jueves, 13 de noviembre de 2014

ARMERO VUELVE Y JUEGA

La tragedia de Armero comienza a aparecer tan re­mota como si ya perteneciera a la leyenda. Buena parte de quienes lograron salvarse se encuentran diseminados en varios lugares de Colom­bia bajo el manto de la derrota. En algunos de los barrios de Ibagué es fácil tropezarse con los damnificados cuyas escenas de la hecatombe no han sido borradas de sus vidas. Son variados los esfuer­zos por reunificarlos para compartir siquiera los recuer­dos y la pobreza porque a pocos parece preocuparles su destino. Pero todo es inútil en un mundo donde las noti­cias del día tapan como el lodo las de ayer. Y de ese Armero de ayer quedan en forma marginal unos doce mil habitantes y otro tanto que estaba por fuera al momento de la trage­dia. Todos aquellos que resultaron con identificación o carné de Resurgir llegaron casi a veinte mil, provenien­tes de otros lugares del país y del mismo departamento porque vieron allí la posibilidad de levantar un auxilio, un lote, una casa, servicio médico y algunas nuevas es­peranzas. Para los sobrevivientes nada endulza sus momentos y el recuerdo de su pueblo es una penumbra lejana ence­rrada fantasmalmente en la melancolía. Todo parece pa­lidecido o borrado y en el fondo están las cosas sin alma o el alma misma de las cosas entre un himno precario de muerte, de quietud dolorosa, de multitud de pensa­mientos confusos y la voz de los recuerdos asomando en la conversaciones cotidianas. La memoria de los lugares es cariñosamente triste y las plegarias parecen ilusionar­los en un pronto retorno a los lugares de su inconsolable ruindad. Todo está prisionero en el ramaje del barro y sumidas en la opacidad, apresadas con la decoración de la som­bra gracias a una tempestad desconocida, a una angus­tia espantosa desde la noche siniestra que avanzó sobre ellos con su estertor de muerte en ritmos de avalancha. La evocación de quienes tendían la mano hacia el espa­cio pidiendo ser desaprisionados estaban aún siendo el símbolo. La gente atrapada entre zarzas de barro aullaba en la desesperanza con un angustiado sonido de terror sin un minuto para sentir siquiera resignación y sólo tratando de lograr misericordia. La que hoy es una hoguera lejana en el silencio de una desolación mayor, deja en los so­brevivientes el recuerdo imborrable de una tragedia que las palabras prenden a diario para que no se olvide su nombre y la derrota.

 De sus entrañas y de sus historias se produjeron varios libros, documentales, películas, estudios que se deshacen en medio del moho en fatigosos escritorios de profesores universitarios y por encima de eso el rutilante olvido, la indiferencia y apenas la evocación distraída cuando cada año se conmemoran doce meses más de la tragedia. Ahora cumplimos 29 años y queda por lo menos el ejemplo para que tantos damnificados de las nuevas desdichas que han desgarrado nuestro ánimo no sufran el mis­mo mal de la indiferencia. De manera usual cuando sucede una desdicha, el escándalo, las noticias, los titulares y la movilización tienen su impacto, pero días después alcanzan el olvido de la atención pública. Sin embargo no pocos afectados continúan ahogándose en los problemas que vienen luego de la ayuda inmediata. Todo parece apenas un recuerdo. Al fin y al cabo, como diría Borges, “Toda casa es un candelabro donde las vidas de los hombres arden como velas aisladas”.