domingo, 5 de julio de 2015

A MIRADA AL PAÍS DE LOS SUEÑOS DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ BAJO EL ANÁLISIS DE CECILIA CAICEDO.

 CECILIA CAICEDO
La alegría que trae la Feria Internacional del Libro en Bogotá, dedicada cada año a un país invitado, lo hizo este con uno imaginario o literario cuando está tributada a Macondo, pero a su vez a la voz de la escritoras como un homenaje. Dentro de ellas, nos detenemos en el útil y revelador libro de ensayos de la ya prestigiosa crítica literaria Cecilia Caicedo, quien también ha escrito buenas novelas. Nos referimos a  Macondo, país de sueños,  un milagro de síntesis en su nuevo libro, pues logró reducir su enjundioso trabajo de 900 páginas a sólo un centenar. El original le sirvió de tesis para optar su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, pero a solicitud de su editorial Caza de Libros, realizó el complejo oficio de su resumen sin perder lo esencial. No es que se trate de un cercenamiento porque lo demás era inútil, sino de una agradable sinopsis al no requerir de todos los requisitos que exige el grado académico y para facilitar al lector el carácter y las líneas de su estudio.

No son pocos las tesis que sobre nuestro premio nobel se han cumplido hasta hoy, pero en Macondo: país de sueños, la investigadora se va a los remotos orígenes y a cómo percibía la crítica internacional al hijo de Aracataca hasta 1972, fecha límite de su trabajo.  El aporte es significativo desde “recoger la metáfora política de tanta importancia en su obra, hasta examinar la soledad como el sustrato alimentador de toda su obra novelística”. Causa alegría encontrarnos con citas a reportajes y entrevistas del mismo autor en aquella época y la comparación luminosa con autores de su momento para su valoración, particularmente las que tienen que ver con la movilidad de los personajes, ambientes y situaciones. ¿No fue ese el comienzo la  nueva narrativa hispanoamericana? Bien lo dice la autora: “Dentro del espacio definido por lo verosímil el artista se ha movido por zonas centrales o ha preferido acercarse a la frontera de lo imposible. Acercarse no transgrediendo lo real sino imprimiéndole a lo irreal el sello de la realidad, lo posible incluso tiende a lo imposible y a su vez lo imposible se hace perfectamente posible. Pero tanto lo uno como lo otro dicho dentro del más absoluto y claro realismo. El autor juega a racionalizar el misterio, a justificar lo maravilloso, a articular como historia la fabulación. Esa conjugación de realismo y fantasía alucinante es utilizada como un eficaz instrumento para penetrar en las circunstancias profundas del hombre, la vida y el continente americano”. ¿Cuáles son los orígenes del realismo fantástico? Aquí está bien sustentada la tesis bajo diversas lecturas de entonces cumplidas por críticos y que nos aclaran y ayudan a entender mejor la obra de un escritor maravilloso. Los tiranos, la violencia política, el feudalismo mismo, la soledad en el amor, las comparaciones con otras obras de la gente del Boom como Cortázar y una deliciosa bibliografía, forman parte del libro de Cecilia Caicedo, que sin duda es un aporte a los estudiosos de GGM e inclusive para los curiosos que deseen visitar los pormenores de su mundo. 


Vale recordar que Cecilia Caicedo, quien nació en un municipio de Nariño y en cuya universidad recibió el título de Licenciada en Filosofía y Letras, se especializó en Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo y en literatura en el Instituto de Lengua Hispánica de Madrid, ciudad donde realizó su doctorado en la Complutense. A partir de 1990, un año memorable de su carrera, empezaron a aparecer sus libros producto de pacientes y exhaustivas investigaciones, al igual que su trabajo como novelista. En cuando los lectores conocemos un texto ya clásico llamado Yurupary, alrededor de los orígenes de la literatura colombiana; la novela en el departamento de Nariño; Patrimonio Bibliográfico de Risaralda, en cuya universidad tecnológica ha sido destacada profesora titular a lo largo de varios años y la breve novela La ñata en su baúl que fue traducida al alemán y al húngaro. Dos años más tarde, uno de sus cuentos se seleccionó en Hungría y en el 2011 apareció su segunda novela Verdes sueños, la que pudiéramos llamar entre la historia y la ficción, la verdaderamente emblemática de Pasto. En este 2015 nos deleitamos y aprendimos con su libro Colombia vista desde sus novelas, 1990-1995, lanzando ahora por Caza de Libros Macondo país de sueños.   
El año del verano que nunca llegó
La nueva novela de William Ospina

La ventaja de un buen mago es la de asombrar cada vez que se presenta al público y se anuncia un nuevo número, al igual que deben hacerlo los escritores empeñados en no dejar su oficio y en capturar cada vez afectos y admiraciones a lo suyo. Nos acaba de ocurrir con la lectura voraz que hicimos de El año del verano que nunca llegó y que se remonta a hechos literarios, culturales e históricos ocurridos e imaginados en el Siglo XVIII. El juego que presenta el autor es diverso y si alguna vez Álvaro Mutis quiso escribir una novela gótica de tierra caliente, esta es de tierra fría por el país donde transcurre y por las cosas que se cuentan. Si miráramos la estructura nos encontraríamos con un rompecabezas donde el tono autobiográfico, el diario de viajes, la poesía, la historia y hasta la biografía cumplen su papel protagónico, centrándose la acción en villa Diodaty donde tiene lugar un curioso encuentro de tres días de noche entre un grupo de talentosos, geniales y extravagantes escritores que no sólo son parte de la historia de la literatura sino de la leyenda. Allí se reúnen Shelley, su esposa Mary Wollstonecraft, Lord Byron, Klara Klermont su amante y hermana de Mary Wollstonecraft, lo mismo que Polidori, médico del poeta. La hermana de Mary es la única que les sobrevivió a todos, puesto que sus protagonistas desaparecieron en un plazo de ocho años muriendo jóvenes y de manera trágica.  Es en villa Diodaty la sede de sueños y pesadillas de donde salen personajes como Frankenstein y el primer vampiro que daría lugar a Drácula.

Días o noches de espanto por el crudo invierno cuando debía haber verano debido a la explosión de un volcán en Indonesia y en donde la imaginación conspira para dar nacimiento a personajes literarios que aún persisten en la historia de la humanidad, el cine y la literatura. El escritor nos declaró un día y a propósito de esta novela que aún se encontraba escribiendo, cómo “La ficción es eso, es un clima de libertad en el que uno no cuenta cosas ficticias sino cosas reales jugando a que son ficticias. Eso deja mover las alas. A veces, la sensación de que uno está contando con rigor hechos que ocurrieron de los que se tiene que respetar todo, lo deja a uno maniatado, uno se libera y rompe las ataduras”.

Al estilo de las grandes novelas norteamericanas que ambientan y describen el escenario en que van a moverse sus personajes, el lector se tropieza inicialmente con capítulos que relatan cómo fue el invierto en el año 1816, otro donde se cuenta cómo trascurre en la China porque allí tampoco hubo verano y hasta lo que pasa en Indonesia porque es allí la erupción del volcán, sucediéndose lo que al narrador le pasa en Buenos Aires donde se encuentra con la historia y empieza a buscar. Las recurrentes visitas del escritor a lugares como Ginebra cuando visita la casa de los poetas, objeto de su libro, sus búsquedas y obsesiones con el tema en el que van profundizando con pasión, irán conformando el desarrollo del libro donde el lenguaje cumple el papel de imán y seduce, puesto que en literatura no cuenta a veces tanto lo que se cuenta como la manera de hacerlo.   

Podría para muchos resultar una historia fría, aunque con la persecución del relato se pase por varios climas. Uno ve a veces un diario de viajes y advierte que es la primera vez que el autor habla en primera persona de sus circunstancias. Quizá este tono que revela los secretos de un oficio cuando el escritor queda atrapado por el tema y los protagonistas sea un gran hallazgo, en particular para el estilo de Ospina. No son pocos los libros y las películas que han aparecido a lo largo del tiempo alrededor de la vida de sus escogidos, pero aquí existe una versión particular que resucita a los poetas y escritores desaparecidos. Lo único cierto al final es que se trata de una excelente novela por cuyo apasionante viaje vale la pena incursionar en sus páginas. Y también que William Ospina continúa encarnando a unos de los grandes escritores de este tiempo.

            

lunes, 27 de abril de 2015

LA BARONESA DEL CIRCO ATAYDE: LA NUEVA NOVELA DE JORGE ELIÉCER PARDO.
Resultado de imagen para jorge eliecer pardoEn medio del círculo de arena, la artista del aire María Rebeca renace todas las noches desde un baúl de cristal para trepar por hilos invisibles. Así se convierte en mujer voladora e inalcanzable, número central del circo mexicano de los hermanos Atayde. Al verla, pocos saben que ha recorrido el mundo convencida de la inexistencia del amor hasta su encuentro, en la Bogotá de los años 20 del siglo pasado, con el acucioso artesano Carlos Arturo, quien le devuelve la ilusión de la felicidad atrapada en la talla en madera que moldea paciente cumpliendo su destino y soledad.

Al fondo están las historias que protagonizan el advenimiento de la sociedad moderna colombiana entre telones de guerras civiles y argucias por el poder. Se trata de personajes que participan en el fusilamiento de Raymundo Russi, el levantamiento y golpe militar del general José María Melo, las luchas fracasadas de Rafael Uribe Uribe y la Guerra de los Mil Días, así como las andanzas de María Cano, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

La novela  relata acontecimientos históricos desde la cotidianidad de seres anónimos en medio de los avatares de un país en conflicto social y político. Carlos Arturo y María Rebeca, libertaria y sin pasado, comparten un erótico, apasionante y legendario romance.

Con un lenguaje contemporáneo, Jorge Eliécer Pardo recrea, poéticamente, la vida azarosa que advierte lo que sería Colombia en las siguientes décadas.


Luego de El pianista que llegó de Hamburgo, La baronesa del circo Ataydees la segunda novela del inmenso fresco literario que el autor ficciona en su saga de El Quinteto de la frágil memoria.

martes, 17 de marzo de 2015

CENA DE MIÉRCOLES DE CENIZA CON MYRIAM CASTILLO

 La poesía de Myriam Castillo es para leerse en medio del silencio. Se trata de una ceremonia donde se hace necesario examinar la belleza del lenguaje, su profundidad poética y la obligada estación hacia las reflexiones. Cena de miércoles de cenizaes su tercer poemario y ha venido ganando espacio en el panorama de la literatura colombiana sin cumplir aspavientos y de manera discreta pero constante alcanzar un período de plena madurez. Gracias a Caza de Libros conocimos su pequeño volumen de 32 textos que proyectan el homenaje a la libertad y al lenguaje con el pretexto de Giordano Bruno, el italiano glorioso víctima de la inquisición y quien fuera poeta, astrónomo y esencialmente filósofo. La triple lectura que sugiere el libro de Miryam Castillo puede darse desde la voz del supuesto hereje dominico, desde la poesía misma o desde la perspectiva de la concepción del mundo de la autora, quien precisamente estudió filosofía y letras en la universidad de Santo Tomás. Esta tolimense dedicada a la docencia y asistente a talleres literarios, ganadora y finalista de concursos nacionales, logra despertar admiración desde la primera a la última página. Nació en Santa Isabel y es además especialista en Educación y Desarrollo. Inició su carrera literaria con su primer libro titulado Sueños antagónicos en 1997, aunque mucho más atrás de esos 18 años que han transcurrido desde entonces, mostraba secretamente sus escritos que luego alcanzaron en el 2007 el segundo premio en un concurso regional de cuento y poesía. Myriam Castillo persistió en aquel mismo tiempo con su segundo poemario Bitácora de papel y fue inscribiéndose en la lista de las mejores escritoras contemporáneas en Colombia desde el Tolima, logrando distinciones nacionales como el ser finalista en el Concurso nacional de poesía Ciro Mendía en el 2012. Nos alegra la aparición de este libro que de acuerdo a su presentador, Nelson Romero Guzmán, quien acaba de ganar el exigente concurso Casa de las Américas, de Cuba, de qué manera este libro “como acto creado, es la mirada de un hombre asombrado ante el cosmos del mundo frente a la estupidez humana de su tiempo”. Destaca igualmente que la autora, consciente de los juegos paródicos de la literatura, traza un diálogo secreto y revelador de quien desde la voz del hombre moderno pareciera mirar el fuego inquisitorial calcinando a la misma inquisición.
CAMILO MEDINA
EL RITO DE ACTUAR Y PINTAR


La tarde el primero de marzo murió en Bogotá a los 85 años uno de los protagonistas del Tolima en el Siglo XX y una figura nacional de importancia. Camilo Medina, quien de niño demostró inclinacio­nes por la pintura y quien naciera en Ibagué un 23 de octubre de 1928, jamás soñó con convertirse en uno de los mejores actores que la televisión y el cine colombiano hayan tenido en su historia. Realizó sus estudios de primaria en la Escuela Pública y los de secundaria en el Colegio San Simón de Ibagué, ingresando luego al Conservato­rio de Música del Tolima donde toma clases de canto y de pintura, esta última con el maestro Jorge Elías Triana.

Mientras tanto, Medina trabajaba en el Teatro Imperial de la ciudad para poder pagar sus estu­dios. Es allí, tal vez, donde fue naciendo su inclinación por la actuación, cuando desde el cuarto oscuro daba rienda suelta a los proyecto­res, embarcándose así en el mundo mágico del cine. Al mismo tiempo que Bogotá se mostraba como el siguiente paso, Camilo Medina es llamado a prestar el servicio militar mientras el maestro Jorge Elías Triana comenzaba a mover todas las influencias necesarias para que el joven Medina pudiera obtener una beca departamental que a la postre resultó y le permitió, luego de evitar el servicio, iniciar sus estudios en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia, cuando corría el año de 1951.

El maestro Triana le ofrece su residencia ubicada en el barrio San Victorino, que se convertiría en su casa durante poco más de seis meses. En las mañanas, Camilo Medina asistía a la universidad y en las tardes, por sugerencia de su amigo David Manzur, tomaba clases en la Escuela Colón de Arte Dramático, en un intento por realizar una formación artística integral más que por una real inclinación hacia las artes escénicas. Día a día, Medina iba descubriendo cómo el andamiaje de los escenarios y los nombres de Chejov, Shakespeare y otros, comenzaban a ser tan parte de su vida como los óleos, lienzos y pinceles, todo lo cual, en comunión, comenzaba a vivir con él al lado de los textos que el artista recitaba en la intimidad de su cuarto.

Sus primeros trabajos fueron la escenografía para el montaje del Diario, de Ana Frank, y la actuación tímida que realizó en la obra La Vanidosa. Con esto comienza a ungirse al yugo del mundo de las tablas y la televisión. Durante seis años, el escenario de la Escuela Colón vería cómo este coloso, interpretando los más variados papeles ante un número escaso de apasionados, haría estallar en llanto o risa a su auditorio. Poco tiempo después de la llegada de la televisión a Colombia, y luego de un concurso que Manuel Drezner, reconocido musicólogo y compositor, organizara para conformar un grupo de actores nacionales que empezara a convertirse en la vanguardia de la televisión colombiana, Camilo Medina logra el primer premio gracias al esfuerzo, la constancia y la experiencia que le habían dado las tablas. Así comenzó a convertirse en el actor más buscado por los directores de la época. Filas enteras de jóvenes querían encontrar en él la voz y el testimonio de una lucha que, entre el hambre y la nostalgia, fue construyéndolo hasta llegar a ser uno de los mejores actores que han hecho tránsito por la televisión y el cine colombianos.

Actuó en La mala hierba, donde hizo famoso al cacique Miranda; en El Taciturno, una producción colombo-venezolana; representó a Páez en la serie Revivamos nuestra historia en el pasaje Páez, el león de Apure, en donde una investigación histórica y sociológica lo llevó a conocer con alguna profundidad el pueblo llanero. Participó en la película Tres Cuentos Colombianos y en innumerables telenovelas al lado de figuras como María Cecilia Botero, María Eugenia Dávila, Judy Enríquez y Raquel Ercole, compañeras de uno de los mejores galanes que ha pasado por la televisión nacional, aunque son sus papeles dramá­ticos, con personajes duros y recios, los que más recuerdos han dejado entre el público colombiano.

Camilo Medina, uno de los pocos actores de profesión gracias a un feliz accidente, pero pintor por vocación, se rodea ahora de cuadros que enseñan las montañas del alto de Gualanday, elaborados con tal delicadeza que a más de uno harían dudar de que son ejecutados por el mismo y conocido actor. De su familia hablaba con la satisfacción de encontrar en sus hijos unos cómplices de su labor artística y evoca los momentos en que su padre llegaba a la casa tiznado de negro luego de las arduas jornadas que debía cumplir en los ferrocarriles nacionales para observar los dibujos que desde pequeño ejecutaba su hijo.


Este hombre, tan sensible como nadie, graduado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional y quien declinara un nombramiento como profesor de pintura en la Universidad del Tolima, es licenciado de la Escuela Colón de Arte Dramático. Amante de la música clásica y del silencio, sentía en el aire y los objetos la presencia perfecta de Dios, a quien señalaba como dueño de su obra y de sus días, y vivió rodeado de la atmósfera de equilibrio y paz que desde siempre anhelara. Para los tiempos que corren, cuando su nombre era ignorado por los directores de televisión del momento, Camilo Medina se dedicó a su verdadera y única pasión: la pintura, oficio con el que soñara desde pequeño, cuando esperaba, todas las tardes, el regreso de su padre desde la estación del ferrocarril.

sábado, 28 de febrero de 2015

CARLOS GRANADA Y EL COLOR DE LA VIOLENCIA

La noche del 26 de febrero a los 82 años, dejó de existir en Bogotá el consagrado pintor tolimense Carlos Granada, quien había nacido en Honda en 1933. E1 talentoso trabajo realizado con una temática corno la suya, donde se estetiza la violencia, pronto habría de sorprender a los especialistas que ya en 1959 le otorgaron un premio especial en el Salón Nacional. Eran tiempos en que los críticos se movían entre los parámetros de máxima exigencia y frente a ello, en 1963, no dudarían en entregarle el primer premio por la obra A solas con su muerte. Al año siguiente será premiado en el Salón Grancolombiano, de Cali, y en 1968 obten­drá el premio especial en el XI Salón de Artistas Nacionales. En 1969, como para coronarlo, es declarado fuera de concurso en el Salón Nacional realizado en Bogotá.

Este admirable ejecutor de la interrelación vida-muerte, en el campo de fuerzas encontradas que habita su pintura, formó su propio lenguaje sobre un modelo perceptivo no racional de la realidad. Nació en Honda pero se trasladó al Líbano con su familia donde cursó el bachillerato en el colegio Isidro Parra. En aquel poblado transcurrió buena parte de su infancia, los primeros años de estudio, los juegos infantiles y al fondo la atmósfera de violencia que sacudía al país. Aquel sitio donde era usual presenciar el descenso de los muertos por las aguas del río y cuyos campesinos engrosaron, en su mayor parte, el índice de las estadísticas mortuorias de ese tiempo horroroso, va a quedar grabado en el recuerdo y las pupilas del pintor que no entendía bien cómo se segaban la alegría y la existencia.

Pero este hombre cuyo mayor afán siempre fue la libertad, que desconfiaba de cualquier elemento que tuviera que ver con la autoridad y que odiaba el sistema por haberlo hecho despertar en medio de la sangre, comenzaría un camino lejos de su hogar cuando, por desavenencias con su padre, iniciaría una vida lejos del Líbano, ciudad que siempre consideró como su verdadera patria chica.

Su paso por pueblos como Villahermosa de donde fue expulsado por una sociedad conservadora que no lo veía con buenos ojos; Buenaventura y sus muelles, entre otros lugares del occidente colombiano, fueron después el hogar de este futuro artista que desde aquel tiempo soñaba con las mujeres suecas y danesas detenidas en las fotos de los marineros y que descubrió la vida a través de momentos tan desgarradores que su carácter se moldeó de acuerdo con sus propias contradicciones lo que, según dice, lo hace feliz pues se entiende consigo mismo.

El consagrado maestro alcanzó su título en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional. Tiempo atrás había decidido que aquel gusto por el color y las figuras de su infancia deberían marcar su vida de manera total.

Se especializaría luego en pintura mural en la afamada Academia de San Fernando, en Madrid, gracias a una beca que ganara en el Instituto de Cultura Hispánica y, más adelante, mediante una del Icetex, viaja por Francia, Italia. Grecia y los Estados Unidos visitando escuelas de Bellas Artes y perfeccionando su oficio. Durante este viaje estudia los museos de una manera singular: autor por autor y obra por obra, en un ejercicio que practicó hasta su muerte.

Sus exposiciones individuales transitaron por Bogotá, Cali, Medellín. Manizales, Ibagué, Barranquilla, Cartagena, Madrid, La Habana y Washington y su contribución a las colectivas en otras tantas ciudades y países. Con Taller 4 rojoexpuso en sindicatos, agremiaciones campesinas y barrios populares. En 1960, cuando realiza su primera muestra individual en Madrid, entiende perfectamente que transita por un camino propio al comprobar que no se parece a ninguno delos otros pintores de su época. Es lo que la crítica advierte ese mismo año al realizar una exposición en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá y otra en 1962 en la Unión Panamericana de Washington.

En Casa de las Américas de Cuba, en 1969, verifica con su nueva individual la atracción que ejerce su pintura y en 1975 el Museo de Arte Moderno le abre las puertas para exhibir su obra con justificada publicidad. En 1980 expone simul­táneamente en las galerías Belarca y San Diego de Bogotá y en el 84 en la Galería Arte Autopista de Medellín.

En cuanto a exposiciones colectivas, Granada ha participado, a partir de 1957, en el X Salón de Artistas Nacionales en Bogotá, en la Bienal de Venecia en 1958, en la exposición de Pintores Neofigurativos en Washington en 1962, en la de Arte Colombiano en Puerto Rico en 1965 y en la de Testimonios, en Caracas, en 1966. Así mismo se registran la de Testimonios en Cuba, en 1967, su participación en 1979 como Invitado Especial a la Tercera Bienal de Arte en Medellín, la de Sexo y Violencia en 1986 realizada por la galería Belarca de Medellín y la Colectiva de Buenos Aires en 1984. En 1987 expone en La Fauna, de Medellín, y en 1991 en la de Pintores Colombianos. A ésta le sigue su muestra de la Moss Galery, de San Francisco, Estados Unidos.

Carlos Granada fue, además de profesor por espacio de muchos años, director del Departamen­to de Bellas Artes y del Museo de Arte de la Univer­sidad Nacional en 1977. En 1990 fue declarado Profesor Emérito de esta Universidad.

Su oficio de docente fue el único que ejerció aparte del de pintor, pues siempre rechazó los cargos de escritorio que le ofrecían desde que fue considerado como uno de los mejores exponentes del arte plástico en el país. Pues este maestro, que gozaba con la sensibilidad de sus alumnos y con la fuerza y vitalidad con la que ellos van trazando su arte, creyó que fue menos lo enseñado a lo aprendido de ellos.

Los críticos han visto en su obra una etapa inicial que desglosa el ámbito de la violencia y otra en que maneja la imagen del horror interno cuidadosa­mente reprimido. Muestra en el gesto de los rostros la pérdida de la ilusión profundiza en los oscuros abismos del hombre contemporáneo que vomita angustia y se atraganta con ella. Granada es, como bien lo afirma Mario Rivero, el pintor que más se aproxima a la verdad dionisíaca, va más allá de la belleza en busca de 1o excitante con las nociones gemelas del erotismo y la libertad.

El maestro de lo alucinante, que refleja el infierno del hombre elevando su voz de violencia, libertad, erotismo, deseo y angustia, se mueve en el gran espacio de sus cuadros como pudo hacerlo en sus tiempos de adolescente, cuando fuera encerrado y perseguido en su época de Villahermosa. Esos holocaustos que pinta, donde la soledad hace su agosto y la agresividad expresiva se convierte en valor, no tienen el tono lastimero de los artistas de pancarta ni el tremendismo tétrico de tantos autores, sino el ímpetu de un volcán en erupción. Ahí está el mundo con una sociedad sin opciones dentro de un apocalíptico resumen que se destruye como una victoria trágica entre la desmesura, el placer y el dolor.

Para honrar su trabajo, que exalta lo visual, fueron varios los homenajes a Carlos Granada en su tierra del Tolima. Recibió la condecoración Ciudad de Ibagué en octubre de 1993, donde con su reconocido valor señaló la importancia de reabrir la escuela de Bellas Artes en el departamento y la trascendencia que tendría la apertura del Museo de Arte moderno. En 1994, en el Líbano, la Casa de la Cultura abrió el Salón de exposiciones que lleva su nombre.

Este pintor amante del bolero porque encontraba en él la vitalidad y la libertad, halló en el color lo visceral y la emoción pura, calidades que también encontró en sus hijos. Y siguió ahí, en el ejercicio de las mil y una lecturas que hizo de cada cuadro hasta considerar que no tenía nada más que decir. Creía que el verdadero valor de una obra está en lo que aparece entre líneas o subyace en el lienzo.

Granada fue de los pocos artistas "comprometidos" capaces de defender el contenido ideológico con razones estéticas. Marcó el orden en que vivió, las condiciones de existencia que le depara una sociedad en donde no hay opciones: una realidad social que da una respuesta negativa a su necesidad de fe, de comunicación, de poesía, es decir, al sentido de coherencia exigido por su espíritu.

Y es que a este pintor le tocó vivir en el Tolima violento. Ese que cuentan los libros de historia y nuestros abuelos. Un Tolima donde flotaban río abajo, los cuerpos sin vida de los campesinos. Quizás esta es la razón por la que se dedicó a pintar, en una época, todo lo contrario de lo que le rodeaba: erotismo, vida y sexo, en una búsqueda de lo pro­fundo a través de la sensualidad como otra expre­sión existencial.

Al ir más allá de la belleza en busca de lo excitante, su expresión conlleva una apariencia seductora que se podría sintetizar diciendo que en su obra se siente de algún modo la alegría de la destrucción. Como afirmara Mario Rivero: "la orgía de una victoria trágica en la cual la desmesura se revela a la vez en el placer, en el dolor y en el conocimiento".


Con el temor a perder una libertad que creyó ganada, se consideró un hombre feliz que cumplió con sus sueños de manera cabal y que nunca ha perdido el valor. En el fondo de todo pensó y vio el mundo de una manera distinta, con la sabiduría que le brindó la sencillez y el orgullo de ser uno de los mejores pintores de Colombia y América Latina.