domingo, 23 de febrero de 2014

La utopía en la literatura


La utopía, ese lugar que no existe, ese plan, proyecto o doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación, pareciera ser la comarca preferida de todos aquellos que se han atrevido a soñar en aparentes imposibles. Sin embargo, es gracias a esas temeridades que la humanidad ha logrado sus avances. El hombre vive más en el territorio de la imaginación que en el de esa realidad real, la que de manera simple lo convierte en un ser limitado que puede ir del punto A al punto B sin romperse ni mancharse. De allí que sean los utópicos, a lo largo de la historia, los únicos que han hecho posible el avance del hombre desde sus tiempos más remotos. Por eso no se trata de seres que entre dos males los escoge a ambos, sino de aquellos que pretenden asaltar las estrellas sin ningún rubor cuando lo dicen. Nada hay entonces más grato que conversar con quienes hacen de la imaginación una bandera, se conjeturan las cosas que nunca ocurrieron pero pueden llegar a suceder y hablan en apariencia de lo que no existe pero que puede ser posible. No se busca el elogio de la locura sino el de la reflexión, el de la creación, que en un campo concreto como el de la literatura, hace posible un mundo abstracto mediante las palabras. Es quizá en el arte y la literatura donde de mejor manera saltan los ejemplos para comprobar la necesidad de la utopía y para saber que esa gran metáfora del mundo, que esa suma de metáforas, conviven como seres vivos con el universo del pragmatismo. Porque la realidad ficticia existe hasta el punto en que a un lugar de la mancha van centenares de turistas a ver con sus propios ojos la ruta del Quijote, los molinos de viento o la taberna donde este personaje se enamoró de Dulcinea. Y qué no decir de los amantes de Verona cuya casa, con habitaciones decoradas a la época, reciben la mirada curiosa de quienes pretenden ir un poco más allá de la leyenda que universalizó Shakespeare en Romeo y Julieta. Por esa razón, en un mundo donde los valores bursátiles reemplazan todos los otros, en donde el consumismo y la búsqueda afanosa de símbolos de estatus hacen que lo subjetivo sea mirado con desprecio y que se asuma una actitud desdeñosa para quienes ejercen el oficio de la palabra, es más que positivo que se organicen encuentros en instituciones educativas, en calles y parques, en universidades y comunas, en museos y bibliotecas, en la estación del tren o en plazoletas. Esos espacios de encuentro que abundan en todo el país, merecen los aplausos, mucho más cuando entre el producto bruto interno no se ofrece el hallazgo del inteligente, siempre menospreciado porque nace de la rebeldía pero conduce persistente a los inefables caminos del amor y de la convivencia.

martes, 18 de febrero de 2014



A LOS 148 AÑOS DE FUNDADO EL LÍBANO
Soy orgulloso de haber visto mi primera luz en aquella aldea que se fundara un día como hoy, el 27 de enero hace 148 años y que en la actualidad es un pueblo lleno de historia y esperanza. El decreto de José Hilario López como presidente de la Asamblea y firmado en Natagaima en 1866, nos refiere cómo tiene la oficialización de quien años más tarde liberaría los esclavos en Colombia. Todo el itinerario de la aldea a los tiempos que cruzan, nos deja la seguridad de su vinculación desde la montaña a los diversos procesos culturales y políticos que tuvo la nación. Isidro Parra como su primer alcalde, pionero de luchas y progreso es su magna figura histórica, a quien devoto seguí a lo largo de no pocos años.
Desde 1963 cuando tenía 16, tuve en mis manos el libro Arrieros y fundadores de Eduardo Santa que mis tías paternas compraron para repartir orgullosas entre sus amigas en Bogotá. Se trataba del primer proceso detallado sobre quienes fundaron El Líbano, mi pueblo natal, producto de la colonización antioqueña. Lo leí como un libro de aventuras y aquella epopeya casi bíblica habría de marcarme desde entonces. Pasó medio siglo y a lo largo del camino me tropecé no pocas veces con historias semejantes y con otras que el maestro Eduardo Santa iba profundizando alrededor de este fenómeno del siglo XIX, hasta que la curiosidad me llevó a pensar en escribir una novela sobre este itinerario. Duré por lo menos 13 años en la lectura de otros textos y en conversaciones que me conducían a tomar apuntes y a imaginar cómo sería mi trabajo, acercándome a un tema no bien explorado de aquel proceso como fue la llegada de los franceses a lo que era Colombia y la presencia de una monja clarisa que arribó de la mano de Desiré Angee, uno de los primeros pobladores junto a dos coterráneos suyos. ¿Que lleva a que una monja convencida se case o se una, mejor, con un francés ateo? Es parte de lo que decidí contar desde el interior de los personajes, pero más allá, el épico suceso de un puñado de colonizadores antioqueños que huyendo del hambre en su tierra dieron lugar a la creación de más de un centenar de municipios colombianos. Toda esa variopinta sucesión de  hechos notables en el siglo XIX quise dejarlos allí, no tanto para tratarlos desde lo que algunos llaman la novela histórica sino como una ficcionalización de la historia donde el movimiento entre la aventura, el romance, la guerra y la muerte tienen su escenario.
Los ejes temáticos que transcurren en esta novela, se mecen con marcada tensión entre la persecución y la muerte, las guerras y la lucha por la tierra, los enfrentamientos por las ideas y la búsqueda persistente de un paraíso donde viva la paz. Una monja que huye del destierro al que la confina el presidente Mosquera, un arquitecto francés que llega a la construcción del Capitolio Nacional huyendo de las posibles catástrofes después de la caída de Napoleón y un colono que funda pueblos y al que le cobran sus creencias con el asesinato, son los protagonistas de la obra. Si los menciono, allí están Mercedes González, Desirè Angee y el general Isidro Parra que cruzan sus destinos al calor de las guerras sucesivas del siglo XIX. La monja vestida de civil enfrenta la más terrible de sus batallas que era consigo misma tambaleante entre la castidad y el placer, el infierno anunciado por violar sus creencias y el cielo que le ofrecía la circunstancia de descubrir su cuerpo y sus sentidos. Precisamente el ciudadano francés ateo Desirè Angee encarna su tentación y su tortura, su salvación y su nunca antes soñado estado de la libertad y el amor. El general Isidro Parra, liberal íntegro, encarnó el diverso ejercicio de espiritista, empresario, minero, traductor, educador, pionero de la industria del café, guerrero de atinados aciertos y estratega, agricultor enamorado de su oficio, fundador de un pueblo próspero y culto y en esencia, el de un humanista. Se trata de un retrato íntimo y apasionante alrededor de seres excepcionales. Es mi homenaje desde lo literario a esta población que llena mi espíritu de orgullo.

jueves, 16 de enero de 2014

En la foto de izquierda a derecha los hermanos Carlos Orlando y Jorge Eliécer Pardo, Eutiquio Leal, Augusto Trujillo y Mario Arbeléz, en la presentación de Bomba de tiempo, libro de relatos de Eutiquio Leal publicado por Pijao Editores en 1974. El escenario es la hoy desaparecida biblioteca municipal fundada por Mario Arbeláez en la carrera segunda con trece en Ibagué.

EL ADIOS DE MARIO ARBELÁEZ MARTÌNEZ


Para estos días nada debe decirles a los jóvenes este nombre, pero ahora que acaba de decir adios, definitivamente, he recordado con admiración y cariño las más de dos décadas que fue protagonista del activismo cultural en Ibagué. El panóptico de esta ciudad, por ejemplo, llegó a elevarse tras muchas diligencias y tropiezos como patrimonio cultural del país gracias a sus gestiones, apoyadas desde Bogotá por el entonces ministro de Justicia Alberto Santofimio Botero, en cuyos cuadros políticos militó toda su vida. Desde los tiempos en que fuera funcionario del Banco de la República y luego varias veces director de cultura en el municipio y en el departamento, no cesó su ilusión de convertir a la ciudad en que nació como un centro grato para lo formativo espiritualmente desde la música, el teatro, los títeres y la literatura. Tuvimos muchas polémicas a lo largo de años desde las páginas del inolvidable diario El Cronista donde fue columnista permanente, pero establecimos al final una amistad hasta cuando partió a Bogotá donde dirigió la extensión cultural del distrito con no poco éxito. Aquí fundó la biblioteca municipal en la carrera segunda donde hubo un escenario continuo para actividades y fue cofundafor del cine arte y de la casa popular de la cultura dirigida por el teatrero Antonio Camacho Rugeles. Impulsó como ninguno el apoyo y la difusión de nuestros músicos y formó como intérprete un espectacular dúo con Helena Stefan que aún evocamos entusiasmados, integrándose al famoso conjunto Chispazo al que pertenecieron Luis Eduardo Vargas Rocha, Pedro J Ramos, Pacheque, Pedro Rincón y los hermanos Alfonso y Adolfo Viña Calderón, entre otros. Igualmente proyectó el primer gran encuentro de rock que fue motivo de escándalo para provincianos y pacatos, patrocinó conciertos con jóvenes figuras como el hoy consagrado cantautor Jairo Bocanegra y escribió disquisiciones alrededor de filósofos y autores clásicos y contemporáneos, sin que le fuera ajena la poesía y hasta la imitación gloriosa al inmortal Agustin Lara. Devoto e impulsor de la obra hoy olvidada de la gran Luz Stella y amante de todo lo que tuviera que ver con su terruño, Mario Arbeláez Martínez cumplió una tarea trascendente para ofrecer parte de los escalones de lo que hoy es culturalmente la ciudad. Dejé de verlo durante muchos años hasta cuando supe que había regresado a Ibagué prometiéndonos un encuentro que nunca se cumplió, salvo algunos intercambios por teléfono y el recibir, con motivo de la publicación de mi Manual de Historia del Tolima, un poema homenaje que conservo con cariño.  Sin duda alguna fue un artista de la vida y tuvo la discreción de no querer convertirse en protagonista de nada sino en un soldado disciplinado de sus sueños. Seguramente se encontrará con el tío conejo, un excelente titiretero que fuera su amigo, con tantos músicos y escritores que conocimos como sus camaradas y ante todo con la certidumbre del deber cumplido. Le decimos adiós con la tristeza que despierta el despedir a tantos amigos con los que compartimos y el orgullo de haber presenciado su tarea devota por una Ibagué dispuesta para lo humanístico. 

lunes, 6 de enero de 2014

EL CONDE GABRIAC SURGE ENTRE LAS CENIZA DE LA HISTORIA.

Un exempleado de banco que fungió alguna vez de director de un periódico local, estuvo empeñado durante no pocos años, al igual que lo hacía con tantos temas, en negar de tajo la existencia del conde Gabriac quien habría dado a Ibagué el nombre de ciudad musical. No sólo lo escribió varias veces sino que lo dijo por radio y hasta en un documental de televisión, cómo el conde no era más que un mito, una leyenda lugareña sin ninguna prueba, alguien inventado por un bohemio del siglo XIX. Su respuesta era tajante y lo decía con la suficiencia de quien se considera un intelectual cuando solo ha contado plata y chismes, para que ahora pública y documentalmente quede en ridículo, aunque de alguna manera nunca representó nada diferente a eso. La prueba se debe al historiador Álvaro Cuartas Coymat, quien con justa alharaca acaba de publicar su pequeño texto descifrando el asunto. Otra lección para los especialistas en ideas generales que asumen pose de matones con una metralleta en la mano para despertar no respeto sino temor y estimular burla cuando no desprecio. Pero se trata de contar la historia de Gabriac, a quien descubrí por arte del azar cuando investigaba sobre los franceses llegados a lo que iba a ser Colombia como parte del necesario proceso para la novela que escribía entonces, El beso del francés. En la bibliografía de los no pocos libros a los que tuve acceso, estaba referenciado uno de los libros de el Conde, Viaje a través de América del Sur,  1866, que causó mi alegría como para gritar. Me impulsó el hallazgo llamar de inmediato a mi viejo amigo Álvaro Cuartas para comentarlo y esa misma tarde llegó a mi estudio donde disfrutamos el mapa del tesoro. Supimos que se hallaba en la sección de libros raros y curiosos de la Biblioteca Nacional,  cuyos dos tomos referentes forman parte de mi colección. De una vez, con el entusiasmo que el investigador tiene para estas cosas, me dijo que se iba a Bogotá y pasaron unos dos años comentándome de qué manera llegó al texto y pudo degustarlo, sin que antes no se hubiera puesto los guantes exigidos y tomar algunas fotografías, ante todo de los dibujos que aparecen ilustrando lo que era el territorio de entonces y en particular el de Ibagué. Aunque el historiador habla francés y lo lee de corrido, no se atrevió a la traducción y dio varias vueltas buscando la persona indicada. Ahora me entero que terminó siendo una profesora de la Universidad de Ibagué, Astrid Caro Greinffenstein y que el texto ha salido. No pude para mi deseo acompañarlo en su presentación y terminé perdiéndome el concierto del maestro Zambrano con la música arrancada de las partituras del Conde y supe que fue un acto envidiable, digno de la noticia y del autor. Ahora registro complacido su tarea, que como otras muchas han sido fundamentales en el rescate de la memoria histórica del Tolima y la ciudad, convirtiéndose en un historiador más que indispensable para la comprensión de los sucesos que ocurrieron y terminaron otorgándonos el perfil de lo que somos hoy.

miércoles, 30 de octubre de 2013

LA HISTORIA SECRETA DE LOS DIÁLOGOS DE PAZ EN EL LIBRO DE FRANCISCO TULANDE.

Bajo el tema de los diálogos que sostiene el gobierno con los grupos armados desde hace más de dos décadas, no han sido pocos los libros que bajo diversos enfoques se han publicado hasta el momento. He tenido la ocasión feliz de llegar a algunos y en general escritos por autores tolimenses a cuyo cuidado ha permanecido unas veces el proceso, casos de Chucho Bejarano, Carlos Eduardo Jaramillo y Carlos Lozano, entre otros, pero el que acabo de leer del curtido y excelente periodista que es Francisco Tulande, deja diversas sensaciones no fáciles de aceptar y en medio del asombro por sus descubrimientos, hasta ahora secretos, cuyos episodios van deslizándose para ingresar a los lugares y a las palabras, a las circunstancias y los sucesos que terminaron con los esfuerzos para cumplir el anhelo más sentido del pueblo colombiano como lo es aterrizar por fin en el acariciado sueño de la paz.  Dice André Maurois que la lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta. Así pues es el impacto de un volumen periodístico y apasionante que se lee como una novela, seduce por su estructura y deja, tras sus 250 páginas, el amargo sabor de la decepción y de cómo, cuando uno o dos de los sectores se aferra dogmáticamente a sus principios, el final es previsible y amargo, puesto que todos los esfuerzos resultan vanos e inútiles en los sonados diálogos de paz. No exento de humor y con un lenguaje eficaz, la investigación de Francisco Tulande además de ofrecer su veteranía profesional, termina siendo una lección de historia y un volumen necesario para aprender y comprender de mejor manera el detalle de lo que ha ocurrido sucesivamente en Caracas o en México y que proyecta lo que pudiera suceder ahora en Cuba. No significa lo que se conoce una mirada pesimista al proceso sino a una muestra de la repetición de los errores como condenados a que todos la queremos pero ninguno puede concretarla. Al final no quedan sino constancias históricas, documentos y frases que sobreviven como la del guerrillero Alfonso Cano cuando dijo que “las conversaciones se hubieran podido empezar hace cinco mil muertos”, la de expresar, al aparecer los errorres fatales que todo ha sido un error histórico y a creer, como en el caso de los insurgentes, que en forma real representan al pueblo y que sus atentados a los oleoductos es para decir cómo el petróleo pertenece al pueblo o que los secuestros no son secuestros sino detenciones en lo necesario de la guerra. El caso de Caracas donde la paz estuvo de un hilo pero se reventó, está mostrado aquí con los diversos escenarios desde los camerinos de los actores de la tragedia con su vario pinta proyección de  los sinsabores y la esperanza y proyecta de qué manera esa forma de vida en Colombia ha traído más perjuicios que beneficio alguno, sin que logremos salir del túnel de la desesperanza. ¿Cuántos crímenes más nos esperan? ¿Será posible el optimismo y la confianza tras tantos fracasos a lo largo del tiempo? Lo que hoy vemos registrado en las noticias, luego de leer el libro de Tulande, parece una repetición sin que ni el tono ni la letra de la canción asuma modificaciones y donde para el frente subversivo el que desentona es el gobierno y al establecimiento le parece que es al contrario.  Sin embargo existe otro escenario donde el páis también se encuentra dividido como entonces. Entre los partidarios de los diálogos y los enemigos de él. La esperanza no debe perderse porque siempre la salida a la guerra podría ser la más fácil para demostrar autoridad, pero es la más dolorosa sobre todo para las víctimas innumerables del proceso que caen de todos los sectores sociales, económicos y políticos, en particular los del pueblo como el que paga sin dudar los platos rotos. En una larga guerra que ajusta más de medio siglo, no podemos resignarnos a encontrar, como lo declara recientemente el Fiscal general Eduardo Montealegre de suspender los diálogos, puesto que “de hacerlo pareceríamos condenados a cien años de guerra más”. ¿Acaso con ellas no se pierde más de lo que se gana? Lo mejor es tener buena memoria, como lo enseña el libro de Francisco Tulande, para saber dónde ha estado nuestro talón de Aquiles y cómo se han concluido estos desastres que en el mundo nos heredan llanto y desgracia. Estar dispuestos a perder algo de lado y lado y a que la violencia no nos siga ganando ha sido el propósito de este gobierno de Santos que debemos apoyar. Así la imperfección reluzca en algunos casos para terminar aprendiendo, también, como ya se ha dicho, que la paz más injusta es mejor que la guerra más justa.

miércoles, 9 de octubre de 2013

LOS SOLARES DE GUILLERMO HINESTROSA
Dentro de la selecta colección titulada Poetas Colombianos Siglo XXI que inició Caza de Libros, se destaca el libro Solares de Guillermo Hinestrosa y que fue presentado no sin éxito en la pasada Feria Internacional de Bogotá. Seguro que todos conocen  más a su autor como banquero, un oficio en el que todavía se desempeña, no pocos lo sitúan en su condición de abogado y otros que leyeron sus columnas en diversos medios lo ubican con sus estudios como politólogo en París, pero detrás de estas labores vive y sueña permanentemente un escritor que persiste en una alocada disciplina como si peleara insistente entre el mundo de los números y el de las letras, el de la realidad fría de las cifras y de los negocios durante el día y el de la ficción gozosa durante las noches. Seguro que es este último el que perdurará porque varias son las muestras de su trabajo en la novela, por ejemplo, cuya tarea empieza en 1983, hace ya 28 años, al publicar la primera bajo el título de Los espejos de la lluvia y sobre todo Mañana cuando despiertes que fue editada por Oveja Negra en el 2002. No se trata entonces de una vocación que sale airosa a pasear los fines de semana, sino de un visceral compromiso con la literatura que igualmente se concreta con su novela próxima a publicarse bautizada Por el ojo de una aguja. Sobre estos libros han salido diversos comentarios y criticas que lo favorecen, pero se trata aquí de registrar sus Solares, un libro extraño pero afortunado, donde los editores con razón afirman en su nota de contratapa, que si bien la poesía se infiltra cómodamente en la novela o el cuento, es menos usual que un poemario asuma la tarea de contar una historia. Y aquí está este itinerario angustioso pero bello con un lenguaje que pesa y no deja pasar en vano el periplo de un hombre romántico que busca una segunda oportunidad luego de estar preso de las torturas del infierno, tras haberse iniciado en el solar de los anhelos, el de los cortejos y el de los cantares y cómo no, en el de las desdichas, porque la literatura no es precisamente el reino de la felicidad. Engaños y soledades, incomprensiones y cinismo, descubrimientos y locura van surcando la trama de un protagonista hundido en una atmósfera medieval donde la música y el erotismo no exento de magia pasea por sus páginas. El triunfo y la derrota como dos caras de la misma moneda se levantan bajo la premisa de cómo todo placer tiene su costo y de qué manera las pasiones nos salvan y nos condenan en forma irremediable. Frente a tanto libro de poemas que no nos dice nada y deambulan en un lenguaje abstracto y trivial para dejarnos sin nada entre las manos, el poemario de Hinestrosa impacta por su profundidad sin que quedemos al final indiferentes no sólo con la historia explorando alrededor de la condición humana sino por su lenguaje, el tono que logra, la altura que nos permite sentir que estamos sin duda alguna en el territorio de la poesía y ante todo que aquí está la vida vuelta lenguaje, que es al fin y al cabo de lo que trata la literatura verdadera.   

jueves, 3 de octubre de 2013

LA NOCHE INFINITA DE CARLOS ANDRÉS OVIEDO.

Me produce siempre gran alegría ver el nacimiento de nuevos escritores medidos esta vez en la publicación de su primer libro. Es usual que con ellos las editoriales no se atrevan porque se trata de nombres realmente desconocidos en el panorama de la literatura y sus apuestas van a otros lados. Por fortuna la editorial Caza de Libros, siguiendo el ejemplo dado por Pijao Editores en el Tolima, cumple el reto de jugársela con algunos que demuestran sentido del oficio y desde luego talento. Es lo que acaba de ocurrir con la presentación de La noche infinita, la novela de Carlos Andrés Oviedo, un joven ibaguer
eño que asume su tarea con devoción y podría decir con misticismo. No sólo se le ve sino se siente y mucho más cuando detrás suyo se encuentran dos libros más que junto a la noche Infinita conforman su primera trilogía y que en un futuro cercano con las debidas revisiones estará circulando entre los lectores del país. Este sólo hecho desprende cuánta ha sido su dedicación a la tarea de escribir que no la cumple como tantos de manera episódica sino visceral. Debo señalar así mismo cómo no es de aquellos muchachitos vanidosos que miran por encima del hombro y suficiencia sino conserva el evangelio de la sencillez, sin que por ello falte el conocimiento. No puede augurarse aquí sino el nacimiento de un escritor sólido y con futuro que dará de qué hablar en los días del porvenir. Pero aterricemos en la noche infinita. El tema de su obra literaria no es nuevo porque son numerosos los textos que refieren al protagonista de una obra desde “la clarividencia de lo inasible” como bien la define Benhur Sánchez Suárez, pero en literatura no existen los viejos o novedosos asuntos para tratar sino la forma en que se haga. Aquí es una mujer, una niña, Solirio, el personaje central de la historia. Entre descripciones del mundo pintoresco de algunos mitos y leyendas que se encuentran bien escritos pero suenan trasnochados y con olor a lugar común, más propio de la literatura del siglo XIX y las primeras cinco décadas del XX, va generándose la atmósfera de un mundo que luego desde el espejo de la intimidad y la retrospección alcanza momentos luminosos, pero igualmente surgen a veces como mezcla tardía de un existencialismo a ultranza. De todos modos, ello no significa que La noche infinita no tenga suficientes merecimientos ni deje de reflejar a un autor que con la debida reflexión alcanzará una mejor etapa, sin que represente excusa que sea o no un volumen de juventud, puesto que son numerosos los casos de autores que comienzan con paso firme y el pie derecho su carrera y que no menciono para no abundar en listas de directorio telefónico. Resulta eso sí preocupante explorar que no existió un riguroso cuidado en el lenguaje por la repetición absurda de términos, uso de otros que disuenan frente al armonioso ritmo de una prosa vigorosa y mayor atención a la terminación de frases y párrafos que quedan inconclusos. Todos hemos caído y a veces caemos en lo mismo por mucha experiencia tenida porque el combate con el lenguaje es inclemente.  No quiero caer en la ingenuidad de relatarles de qué se trata, pero considero interesante que así no más sea nombrada sin meterse en su piel, la ciudad de Ibagué sea el espacio en que transcurre la historia, escenario olvidado en nuestra literatura porque a veces se cree que hacerlo es provincial. Unas cinco novelas apenas la refieren tangencialmente y tal vez Álvaro Hernández es por ahora quien en este género la hace en esta atmósfera. Carlos Andrés Oviedo hace la apuesta y su libro es la campanada de cómo va por buen camino, resultando una lectura grata en medio de las angustias que libran sus personajes.