miércoles, 2 de septiembre de 2015

UNA HISTORIA DE LA EDUCACIÓN DESDE LA VISIÓN DE LOS MAESTROS COLOMBIANOS.
Dos reconocidos investigadores sociales que individualmente o en equipo han dejado huella perdurable de su obra, se unieron en una tarea de no pocos años para testimoniar en cuatro volúmenes cómo en la situación de los maestros del país. Se trata de Elsa Castañeda Bernal y Rodrigo Parra Sandoval, quienes muestran aquí una asombrosa radiografía del oficio docente a partir de testimonios recogidos por ellos a lo largo y ancho de la república. No es por lo tanto una visión acomodaticia de burócratas que pontifican desde sus escritorios, sino el de las voces directas de quienes ejercen el oficio entre nuestras selvas o en los pueblos de las negritudes o las comunidades indígenas, en poblaciones remotas y olvidadas de la mano de Dios y del gobierno, además de padecer las incontingencias del rampante y luminoso atraso, casi como arrancados de una novela del realismo mágico. Bogotá con sus sectores marginados, el caribe o el pacífico, entre otros, se sintetizan en cuatro tomos. No dejan de conmover estas declaraciones despertando muchas veces la brillantez en los ojos y el deseo de maldecir frente a la desmesura de sus problemas sin solución alguna, sino la de elevar a categoría de héroes a tanto profesor recursivo y dedicado al estilo de auténticos patriotas. La difícil tarea del maestro ha venido perdiendo importancia ante los ojos de la sociedad y se le mira si no con desdén con algo de desprecio, puesto que echan sobre sus hombros el peso de una responsabilidad que pertenece a todos y no a uno solo. No faltan quienes les disparan en la cara que gracias a ellos comen y tienen trabajo o que sus hijos ni rinden ni estudian por su cuenta, al tiempo que los acusan de comunistas si organizan a las comunidades para reclamar sus derechos.
Los países más desarrollados del mundo se miden por el nivel de su educación y allí no han dudado en mantener a sus maestros dignamente remunerados, en custodiar que las escuelas o instituciones tengan física y materialmente comodidades, en la existencia de tecnología a la altura de este siglo y en la protección del entorno con métodos donde todos los actores del proceso se involucren. Los testimonios encontrados en los libros de Parra y Castañeda reflejan lo contrario y cada quien parece una isla en abandono. No puede entonces esperarse mucho de una situación como esta, puesto que las soluciones de fondo vienen apenas empaquetadas en los discursos oficiales. Si bien es cierto el esfuerzo económico ha sido más que positivo, las soluciones de fondo no se ven con salida. El panorama es entonces de tragedia. No es sino recorrer los testimonios y las circunstancias para sentir qué han vivido, cómo viven y cómo trabajan estos educadores y percibir la minucia de un drama que no conmueve a nadie, puesto que ni las cámaras de televisión ni lo micrófonos de la radio ni el flash de las fotografías ni las noticias ni las crónicas dejan un resquicio de detenerse en estos desplazamientos o estas miserias. Lo logra por fortuna el estudio reseñado y que no ojearán los políticos ni los funcionarios responsables de la educación porque están sumidos en sus rutinas para conseguir o preservar el gobierno, alcanzar a definir contratos como el de la compra de pupitres, de laboratorios, de lotes y de alimentos, entre otros, contentándose con vivir en la mesa opulenta mientras a los demás les quedan las migajas. Bien vale la pena que en las facultades de educación y carreras como sociología o política, en los sindicatos mismos, se estudiaran estos testimonios y de allí salieran propuestas para contribuir al mejoramiento de la educación y los maestros. El tema no únicamente debe circunscribirse a lo salarial.  Y no existe la disculpa de cómo llegar a estos libros por el precio, puesto que se consiguen gratuitos para descargar por internet y la dirección la encuentran en la Universidad de Ibagué que hizo la lujosa y merecida publicación también en físico.   

sábado, 29 de agosto de 2015

EL POLVORÍN DE LA EDUCACIÓN Y LOS EDUCADORES.


El oficio de maestro se ha venido transformando desde vivir en un territorio de placer hasta pasar como ahora a una celda de torturas. No sólo tienen encima los ojos represores del rector y sus coordinadores en vez de sus consejos y orientación para un trabajo en equipo, sino el de padres de familia exigiendo lo que ellos no dan en el hogar ni en el ejemplo y el de los estudiantes mismos que por el libre ejercicio de la personalidad hacen lo que les de la gana. Ni qué decir muchas veces de medidas arbitrarias desde las secretarias de educación que no convocan a estímulos sino a represiones. Disparan de todos lados, aunando las conspiraciones de colegas que cumplen alianzas de lambonería con sus directivos discriminando y persiguiendo. No se trata entonces de un lugar para la convivencia pacífica tan necesaria en un oficio delicado sino en un campo de batalla permanente. No significa esto que los clasifiquemos en la categoría de mártires, puesto que igualmente no pocos ejercen su tarea bajo las alas del incumplimiento, la desidia, la poca actividad creativa y una rutina de bostezo, agregando a su vez actitudes dictatoriales repitiendo el ciclo. Bajo este sol no puede existir una acción productiva sino la cobija de sombras que se mueve en la mediocridad.  Tanto esfuerzo del gobierno para estar cumpliendo con su deber presupuestal termina en desperdicio y cada año las instituciones oficiales van de capa caída en relación a los privados. De allí es fácil deducir cómo la gente de los sectores populares no sale bien preparada y la obra teatral llena de farsas sigue el curso, puesto que los maestros simulan enseñar y los estudiantes simulan aprender. Así mismo, los contenidos de las asignaturas y la forma de enseñarlas, no significan mucho a unos jóvenes que encuentran más llamativo el mundo de la calle o los medios que a una cadena de informaciones que no les dicen nada ni alcanzan a su seducción. La antigua forma de comunicar sigue siendo la misma de un profesor que dicta desde la tribuna y los que escuchan en luneta. Se trata simplemente de cumplir la función. Falta a las instituciones el recurso de nuevos medios audiovisuales para renovar prácticas y presupuesto para reorganizar los colegios tan abandonados en lo físico y sus materiales. Frente a estas consideraciones, bien vale la pena que los que aspiran a gobernar se detengan en la búsqueda y el estudio a fondo de dolores como estos y ver cómo se curan, pero no buscando la fiebre entre las sábanas.  

lunes, 24 de agosto de 2015

ROBERTO MEJÍA CAICEDO
UN IMPULSOR DEL DESARROLLO EN EL TOLIMA 


De descendencia antioqueña y familia de tradi­ción en el Tolima, Roberto Mejía Caicedo, quien nació el 23 de abril de 1926 y acaba de morir a sus 89 años, tuvo un claro trasegar por la vida que lo llevó a ocupar altos cargos como el de Ministro de Agricultura, Presidente y fundador de la Asociación para el Desarrollo del Tolima y Presidente de Colpuertos. Sus acciones antes y después lo llevaron a convertirse en un Protagonista del Tolima en el siglo XX como está consignado en nuestro libro y que ahora retrotraemos para consignar algunos de los capítulos de su fructífera existencia.  Había adelantado estudios de primaria en la Escuela Pública de Varones número uno de Ibagué, regentada por los Hermanos Maristas y que luego, al término del contrato con los mismos y con la ayuda de Nicolás Rivera, un hombre importante en el desarrollo social y económico de Ibagué, es bautizada con el nombre de colegio San Luis Gonzaga, de donde Mejía Caicedo pasa al colegio Tolimense graduándo­se allí como bachiller en 1942. Un año después viajaría a Bogotá para matricularse en la Facultad de Química de la Universidad Nacio­nal cumpliendo su inclinación hacia esta materia que nació en el colegio Tolimense donde pasaba tardes enteras en el laboratorio que había instalado el inolvidable sacerdote y después sociólogo destacado, Germán Guzmán Campos, rector de la época. No fue en vano el comienzo porque llegó a convertirse en monitor del profesor Baquero y a pensar al término de sus estudios secundarios que la química sería la profesión a la que dedicaría sus esfuerzos. De su paso por la universidad nos recordó la única manifestación que se gestó allí durante su estancia y que tuvo como objetivo la embajada norteamericana, representación diplomática que entonces funcionaba en la carrera novena entre calles décima y once. Amigo de la paz y la concordia, este suceso lo llevaría a reflexionar sobre su permanencia en la facultad de química y en 1948, terminados los estudios en la universidad pero sin graduarse aún, regresó a Ibagué y se unió a Félix Restrepo Isaza, tío suyo, en las actividades agrícolas. Junto con un grupo de amigos entre los cuales estaba Néstor Hernando Parra y luego de haber trasegado por el campo agrícola durante algunos años, funda la Asociación para el Desarrollo del Tolima (A.D.T.), de la cual fue su primer Presidente entrada la década del sesenta.


A su salida de la gerencia del banco comercial antioqueño, labor eminentemen­te formativa en su carrera, Néstor Hernando Parra, Gobernador del Tolima, lo nombra Secretario de Gobierno, cargo que también ejercería durante el mandato de Ariel Armel. Fueron años difíciles para el departamento por la acción de algunos grupos violentos que posteriormente habrían de caer en estas administraciones. Su capacidad organizativa y dirigente lo llevó a la política y poco antes de abrirse oficialmente la campaña de Misael Pastrana Borrero a la presidencia de la república, Mejía Caicedo figura como candidato al Senado, impulsado por Adriano Tribín. Las diferencias políticas dentro de su partido determinaron su derrota por sólo noventa y tres votos, pero los descalabros no continuarían porque cuando Misael Pastrana estaba en su primer año de presidencia, llamó a Mejía Caicedo y le ofreció la gerencia de Colpuertos, cargo que aceptó posesionándose en diciembre de 1971 y que ejerció hasta julio de 1974.

A su retiro de Colpuertos, continúa su actividad como miembro de la Junta Directiva de la Federación de Arroceros, institución de la cual fue gerente durante dos años hasta 1980, cuando se retira para atender asuntos personales. Su paso por este cargo hace que tenga la oportunidad de intimar el aspecto gremial del país en esta área, conocimiento fundamental en su desempeño como Ministro de Agricultura, cartera para la cual fue nombrado durante el período presidencial de Belisario Betancur. Bajo su ministerio se contrató con la ingeniería brasilera el plan de desarrollo para el Triángulo del Tolima, gracias a la reunión que los presidentes de Colombia y el país carioca sostuvieron en diciembre de 1985 en Leticia. El departamento jurídico del Ministerio, luego de haber aprobado el presupuesto para que la firma brasilera Andrade Gutiérrez adelantara los trabajos, decide abrir licitación debido a que una firma italiana y una francesa mostraron interés sobre el proyecto. Finalmente, y luego de presentarse varios tropiezos por parte de las firmas constructoras en juego, la iniciativa quedó en el aire pro años después se lograría.

Roberto Mejía Caicedo, quien recibió conde­coraciones por la labor cumplida en el sector agrícola del país como la Cacique Calarcá, la Orden del Congre­so de la República en grado de Comendador por su participación en la creación de la Asociación Para el Desarrollo del Tolima (ADT), fue un tolimense que entregó su vida al sector empresarial y pensaba que todo en su vida le llegó por esfuerzo y un poco de suerte. Lamentamos su partida examinando con nostalgia cómo esta generación de hombres que ayudaron a la construcción del buen Tolima empiezan a extinguirse y somos solidarios con el dolor de su familia toda.

domingo, 5 de julio de 2015

A MIRADA AL PAÍS DE LOS SUEÑOS DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ BAJO EL ANÁLISIS DE CECILIA CAICEDO.

 CECILIA CAICEDO
La alegría que trae la Feria Internacional del Libro en Bogotá, dedicada cada año a un país invitado, lo hizo este con uno imaginario o literario cuando está tributada a Macondo, pero a su vez a la voz de la escritoras como un homenaje. Dentro de ellas, nos detenemos en el útil y revelador libro de ensayos de la ya prestigiosa crítica literaria Cecilia Caicedo, quien también ha escrito buenas novelas. Nos referimos a  Macondo, país de sueños,  un milagro de síntesis en su nuevo libro, pues logró reducir su enjundioso trabajo de 900 páginas a sólo un centenar. El original le sirvió de tesis para optar su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, pero a solicitud de su editorial Caza de Libros, realizó el complejo oficio de su resumen sin perder lo esencial. No es que se trate de un cercenamiento porque lo demás era inútil, sino de una agradable sinopsis al no requerir de todos los requisitos que exige el grado académico y para facilitar al lector el carácter y las líneas de su estudio.

No son pocos las tesis que sobre nuestro premio nobel se han cumplido hasta hoy, pero en Macondo: país de sueños, la investigadora se va a los remotos orígenes y a cómo percibía la crítica internacional al hijo de Aracataca hasta 1972, fecha límite de su trabajo.  El aporte es significativo desde “recoger la metáfora política de tanta importancia en su obra, hasta examinar la soledad como el sustrato alimentador de toda su obra novelística”. Causa alegría encontrarnos con citas a reportajes y entrevistas del mismo autor en aquella época y la comparación luminosa con autores de su momento para su valoración, particularmente las que tienen que ver con la movilidad de los personajes, ambientes y situaciones. ¿No fue ese el comienzo la  nueva narrativa hispanoamericana? Bien lo dice la autora: “Dentro del espacio definido por lo verosímil el artista se ha movido por zonas centrales o ha preferido acercarse a la frontera de lo imposible. Acercarse no transgrediendo lo real sino imprimiéndole a lo irreal el sello de la realidad, lo posible incluso tiende a lo imposible y a su vez lo imposible se hace perfectamente posible. Pero tanto lo uno como lo otro dicho dentro del más absoluto y claro realismo. El autor juega a racionalizar el misterio, a justificar lo maravilloso, a articular como historia la fabulación. Esa conjugación de realismo y fantasía alucinante es utilizada como un eficaz instrumento para penetrar en las circunstancias profundas del hombre, la vida y el continente americano”. ¿Cuáles son los orígenes del realismo fantástico? Aquí está bien sustentada la tesis bajo diversas lecturas de entonces cumplidas por críticos y que nos aclaran y ayudan a entender mejor la obra de un escritor maravilloso. Los tiranos, la violencia política, el feudalismo mismo, la soledad en el amor, las comparaciones con otras obras de la gente del Boom como Cortázar y una deliciosa bibliografía, forman parte del libro de Cecilia Caicedo, que sin duda es un aporte a los estudiosos de GGM e inclusive para los curiosos que deseen visitar los pormenores de su mundo. 


Vale recordar que Cecilia Caicedo, quien nació en un municipio de Nariño y en cuya universidad recibió el título de Licenciada en Filosofía y Letras, se especializó en Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo y en literatura en el Instituto de Lengua Hispánica de Madrid, ciudad donde realizó su doctorado en la Complutense. A partir de 1990, un año memorable de su carrera, empezaron a aparecer sus libros producto de pacientes y exhaustivas investigaciones, al igual que su trabajo como novelista. En cuando los lectores conocemos un texto ya clásico llamado Yurupary, alrededor de los orígenes de la literatura colombiana; la novela en el departamento de Nariño; Patrimonio Bibliográfico de Risaralda, en cuya universidad tecnológica ha sido destacada profesora titular a lo largo de varios años y la breve novela La ñata en su baúl que fue traducida al alemán y al húngaro. Dos años más tarde, uno de sus cuentos se seleccionó en Hungría y en el 2011 apareció su segunda novela Verdes sueños, la que pudiéramos llamar entre la historia y la ficción, la verdaderamente emblemática de Pasto. En este 2015 nos deleitamos y aprendimos con su libro Colombia vista desde sus novelas, 1990-1995, lanzando ahora por Caza de Libros Macondo país de sueños.   
El año del verano que nunca llegó
La nueva novela de William Ospina

La ventaja de un buen mago es la de asombrar cada vez que se presenta al público y se anuncia un nuevo número, al igual que deben hacerlo los escritores empeñados en no dejar su oficio y en capturar cada vez afectos y admiraciones a lo suyo. Nos acaba de ocurrir con la lectura voraz que hicimos de El año del verano que nunca llegó y que se remonta a hechos literarios, culturales e históricos ocurridos e imaginados en el Siglo XVIII. El juego que presenta el autor es diverso y si alguna vez Álvaro Mutis quiso escribir una novela gótica de tierra caliente, esta es de tierra fría por el país donde transcurre y por las cosas que se cuentan. Si miráramos la estructura nos encontraríamos con un rompecabezas donde el tono autobiográfico, el diario de viajes, la poesía, la historia y hasta la biografía cumplen su papel protagónico, centrándose la acción en villa Diodaty donde tiene lugar un curioso encuentro de tres días de noche entre un grupo de talentosos, geniales y extravagantes escritores que no sólo son parte de la historia de la literatura sino de la leyenda. Allí se reúnen Shelley, su esposa Mary Wollstonecraft, Lord Byron, Klara Klermont su amante y hermana de Mary Wollstonecraft, lo mismo que Polidori, médico del poeta. La hermana de Mary es la única que les sobrevivió a todos, puesto que sus protagonistas desaparecieron en un plazo de ocho años muriendo jóvenes y de manera trágica.  Es en villa Diodaty la sede de sueños y pesadillas de donde salen personajes como Frankenstein y el primer vampiro que daría lugar a Drácula.

Días o noches de espanto por el crudo invierno cuando debía haber verano debido a la explosión de un volcán en Indonesia y en donde la imaginación conspira para dar nacimiento a personajes literarios que aún persisten en la historia de la humanidad, el cine y la literatura. El escritor nos declaró un día y a propósito de esta novela que aún se encontraba escribiendo, cómo “La ficción es eso, es un clima de libertad en el que uno no cuenta cosas ficticias sino cosas reales jugando a que son ficticias. Eso deja mover las alas. A veces, la sensación de que uno está contando con rigor hechos que ocurrieron de los que se tiene que respetar todo, lo deja a uno maniatado, uno se libera y rompe las ataduras”.

Al estilo de las grandes novelas norteamericanas que ambientan y describen el escenario en que van a moverse sus personajes, el lector se tropieza inicialmente con capítulos que relatan cómo fue el invierto en el año 1816, otro donde se cuenta cómo trascurre en la China porque allí tampoco hubo verano y hasta lo que pasa en Indonesia porque es allí la erupción del volcán, sucediéndose lo que al narrador le pasa en Buenos Aires donde se encuentra con la historia y empieza a buscar. Las recurrentes visitas del escritor a lugares como Ginebra cuando visita la casa de los poetas, objeto de su libro, sus búsquedas y obsesiones con el tema en el que van profundizando con pasión, irán conformando el desarrollo del libro donde el lenguaje cumple el papel de imán y seduce, puesto que en literatura no cuenta a veces tanto lo que se cuenta como la manera de hacerlo.   

Podría para muchos resultar una historia fría, aunque con la persecución del relato se pase por varios climas. Uno ve a veces un diario de viajes y advierte que es la primera vez que el autor habla en primera persona de sus circunstancias. Quizá este tono que revela los secretos de un oficio cuando el escritor queda atrapado por el tema y los protagonistas sea un gran hallazgo, en particular para el estilo de Ospina. No son pocos los libros y las películas que han aparecido a lo largo del tiempo alrededor de la vida de sus escogidos, pero aquí existe una versión particular que resucita a los poetas y escritores desaparecidos. Lo único cierto al final es que se trata de una excelente novela por cuyo apasionante viaje vale la pena incursionar en sus páginas. Y también que William Ospina continúa encarnando a unos de los grandes escritores de este tiempo.

            

lunes, 27 de abril de 2015

LA BARONESA DEL CIRCO ATAYDE: LA NUEVA NOVELA DE JORGE ELIÉCER PARDO.
Resultado de imagen para jorge eliecer pardoEn medio del círculo de arena, la artista del aire María Rebeca renace todas las noches desde un baúl de cristal para trepar por hilos invisibles. Así se convierte en mujer voladora e inalcanzable, número central del circo mexicano de los hermanos Atayde. Al verla, pocos saben que ha recorrido el mundo convencida de la inexistencia del amor hasta su encuentro, en la Bogotá de los años 20 del siglo pasado, con el acucioso artesano Carlos Arturo, quien le devuelve la ilusión de la felicidad atrapada en la talla en madera que moldea paciente cumpliendo su destino y soledad.

Al fondo están las historias que protagonizan el advenimiento de la sociedad moderna colombiana entre telones de guerras civiles y argucias por el poder. Se trata de personajes que participan en el fusilamiento de Raymundo Russi, el levantamiento y golpe militar del general José María Melo, las luchas fracasadas de Rafael Uribe Uribe y la Guerra de los Mil Días, así como las andanzas de María Cano, la muerte de Jorge Eliécer Gaitán y la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

La novela  relata acontecimientos históricos desde la cotidianidad de seres anónimos en medio de los avatares de un país en conflicto social y político. Carlos Arturo y María Rebeca, libertaria y sin pasado, comparten un erótico, apasionante y legendario romance.

Con un lenguaje contemporáneo, Jorge Eliécer Pardo recrea, poéticamente, la vida azarosa que advierte lo que sería Colombia en las siguientes décadas.


Luego de El pianista que llegó de Hamburgo, La baronesa del circo Ataydees la segunda novela del inmenso fresco literario que el autor ficciona en su saga de El Quinteto de la frágil memoria.

martes, 17 de marzo de 2015

CENA DE MIÉRCOLES DE CENIZA CON MYRIAM CASTILLO

 La poesía de Myriam Castillo es para leerse en medio del silencio. Se trata de una ceremonia donde se hace necesario examinar la belleza del lenguaje, su profundidad poética y la obligada estación hacia las reflexiones. Cena de miércoles de cenizaes su tercer poemario y ha venido ganando espacio en el panorama de la literatura colombiana sin cumplir aspavientos y de manera discreta pero constante alcanzar un período de plena madurez. Gracias a Caza de Libros conocimos su pequeño volumen de 32 textos que proyectan el homenaje a la libertad y al lenguaje con el pretexto de Giordano Bruno, el italiano glorioso víctima de la inquisición y quien fuera poeta, astrónomo y esencialmente filósofo. La triple lectura que sugiere el libro de Miryam Castillo puede darse desde la voz del supuesto hereje dominico, desde la poesía misma o desde la perspectiva de la concepción del mundo de la autora, quien precisamente estudió filosofía y letras en la universidad de Santo Tomás. Esta tolimense dedicada a la docencia y asistente a talleres literarios, ganadora y finalista de concursos nacionales, logra despertar admiración desde la primera a la última página. Nació en Santa Isabel y es además especialista en Educación y Desarrollo. Inició su carrera literaria con su primer libro titulado Sueños antagónicos en 1997, aunque mucho más atrás de esos 18 años que han transcurrido desde entonces, mostraba secretamente sus escritos que luego alcanzaron en el 2007 el segundo premio en un concurso regional de cuento y poesía. Myriam Castillo persistió en aquel mismo tiempo con su segundo poemario Bitácora de papel y fue inscribiéndose en la lista de las mejores escritoras contemporáneas en Colombia desde el Tolima, logrando distinciones nacionales como el ser finalista en el Concurso nacional de poesía Ciro Mendía en el 2012. Nos alegra la aparición de este libro que de acuerdo a su presentador, Nelson Romero Guzmán, quien acaba de ganar el exigente concurso Casa de las Américas, de Cuba, de qué manera este libro “como acto creado, es la mirada de un hombre asombrado ante el cosmos del mundo frente a la estupidez humana de su tiempo”. Destaca igualmente que la autora, consciente de los juegos paródicos de la literatura, traza un diálogo secreto y revelador de quien desde la voz del hombre moderno pareciera mirar el fuego inquisitorial calcinando a la misma inquisición.