lunes, 28 de julio de 2014

LA AUSENCIA DEL ENTRAÑABLE GABRIEL KING


No es fácil registrar la partida de amigos entrañables con quienes compartimos la vida y los sueños de una manera intensa y definida. Da uno vueltas alrededor del escritorio antes de sentarse mientras las lágrimas caen y nos asaltan las imágenes de la existencia acompañada.  Para muchos el registro dirá que fue Contralor del Tolima en dos ocasiones, diputado a la Asamblea, gerente de la Beneficencia del Tolima, Secretario de Despacho de la Gobernación y un batallador de la política por los tiempos en que la corrupción no había llegado a sus entrañas. Para nosotros no basta el abogado ni el consejero eficaz y sereno o el certero columnista de varios medios a lo largo de décadas, e inclusive el entusiasta miembro fundador de la Academia de Historia del Tolima puesto que sobrepasaba todo este talante. Para nosotros encarnaba a un luminoso ángel de la guarda desde cualquiera de sus trincheras para la cultura. Fue un guardaespaldas y estimulador continuo de Pijao Editores sin que faltara su respaldo a la locura o su alegría cómplice para la tarea.

El norte del Tolima fue el cuartel de sus luchas y si de su tierra natal hizo un devocionario, de Armero podríamos decir que fue su templo. Alguna tarde, en una de las tantas tertulias que gozamos, conversando concluíamos sobre sus orígenes y cómo, para un poblado como el Líbano, la aparición de los King no fue nada extraña puesto que los apellidos extranjeros venían desde el tiempo de los fundadores. Fue a finales del Siglo XIX cuando llegó el primero, precisamente Juan King, procedente de Marlboro, en Inglaterra, contratado para la construcción de los puentes del ferrocarril en Ambalema. Se estableció para entonces en Honda y allí terminó enamorado no sólo del paisaje y la arquitectura de una ciudad colonial, sino de Carmen Castellanos con quien iría a casarse en Guaduas y de cuyo matrimonio hubo dos hijos llamados Alonso y Juan, quien ya grande, entre sus descendientes, tuvo a Guillermo que partió un día para el Líbano y después de múltiples negocios y luchas se casa con Edelmira Rodríguez, oriunda de Chiquinquirá. La tierra del norte del Tolima parecía perseguirlo como un imán, y es allí donde lo nombran recaudador estanquero de Santa Teresa por los años 40 del siglo pasado, siendo trasladado a Murillo. Sin embargo, la violencia que abrió sus fauces en 1950 tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, lo empujó a establecerse en el Líbano, donde precisamente nacieron sus hijos Gabriel, Humberto, Fernando y Clara Inés. Fernando, ingeniero, vive en Vancouver, Canadá desde hace casi medio siglo; Clara Inés es sicóloga y directora de un colegio en Bogotá, Gabriel  fue abogado y Humberto un maravilloso e inolvidable médico y poeta clandestino. Gabriel se casó con nuestra querida amiga Rosa Eugenia Naged, periodista y pintora cuyo abuelo era de la legendaria Bagdad y quedan sin él físicamente sus dos bellas hijas, Glenda Vanessa, abogada residente en Canadá y Sheila que se desempeña triunfando como sicóloga. Todas las tertulias a lo largo de décadas disfrutando con escritores e intelectuales, con músicos de primera y analistas, con gente del común, nuestras familias y amigos cercanos, tuvieron su presencia participativa, pues se trataba de un lector enfermizo y un estudioso propositivo alrededor de los problemas del país y la región. El lanzamiento de no pocos libros tuvo su patrocinio y la continuidad en una fraternidad sin sombras nos ligó para siempre. En mi última novela publicada, El beso del francés, no podría faltar su protagonismo como lo que fue: un hombre bueno y ejemplar cuyo recuerdo cálido nos acompañará hasta el último día, ya que comulgamos el estribillo de aquella canción cuando afirma que a los amigos se les lleva es en el alma.  

martes, 22 de julio de 2014



CUENTOS CORTOS PARA VIDAS LARGAS
Terminé con agrado la lectura del nuevo libro de Ruth Aguilar Quijano que acaba de salir. En una hermosa edición de 155 páginas, es envidiable la atmósfera que sabe imprimir a sus historias y de qué manera va más allá de lo externo para incursionar en lo que no todo el mundo se fija respecto a un personaje, pero que conforma por su talento la gracia de sus acciones, las que al final nos dejan que se asome la nostalgia por un mundo perdido. Uno se despierta a la reflexión sobre lo aparentemente fatuo de la vida que se convierte en fundamental. Sumados los relatos vienen a conformar la historia de unas vidas entre el pueblo y la ciudad en el inefable proceso de las ilusiones y el envejecimiento, la soledad y las ausencias, el anhelo de armar el paraiso del descanso y finalmente el tedio frente a la rutina. Son testigos excepcionales de las habitantes de casas centenarias que ordenan su vida en la vejez bajo el oficio de tejer incansables, los muchachos que de pronto envejecen haciendo encargos y se defienden con un mundo imaginario, el símbolo de la ringlera donde se guardan todas las llaves de la casa para encarnar un ábrete sésamo, las casonas abandonadas, las visitas inoportunas de extraños personajes, la prostituta ya ida de la cama que mayor se dedica a los oficios domésticos como empleada y a defenderse con la locura, los asesinos incubados desde su infancia, los secretos que rebotan de una casa a otra en las vecindades pueblerinas, e inclusive las blasfemas de oficio que muestran otra cara en la vida social.  Suceden historias que parecerían arrancadas de la imaginación como La tumba vacía y esa desgarradora intimidad que descubre en el relato La muerte, donde sin advertirlo queda el patio de la casa antes lleno de amigos apenas habitado por el vacío y los recuerdos. Al fin y al cabo es el retrato del despojo que va rindiendo el tiempo con los seres y las cosas que amamos, incluidos los perros de la casa que son parte cálida y luminosa de la vida en familia. Pero el libro no se queda en la provincia que apenas se ama profundamente desde las evocaciones, sino va a las costumbres de la gran ciudad donde sus protagonistas han tejido la vida y sus ensueños. Desde la enorme biblioteca que se va tomando la casa y la nueva que por otros requerimientos van haciendo los hijos, desde el lenguaje angustioso de los sordos que se tratan o la gente inmutable encerrada en la burbuja de su soledad, el volumen avanza en un retrato íntimo y poético que implica sorpresas, evocaciones e inclusive una radiografía del aislamiento construido en los conjuntos residenciales donde todos se conocen en apariencia pero son extraños. Lo del diario vivir entre rememoraciones decembrinas, la visita de personajes despoblados en apariencia por dentro, la farsa social, las cercanías y las diferencias entre una familia grande,  van completando un gran fresco renacentista que nos deja el sabor de la melancolía, sin que estén ausentes el humor y la gracia de ciertas conductas que solo aprendemos con el ejercicio de vivir. Hermoso libro este de Ruth Aguilar, una veterana y prestigiosa psicóloga cuyo oficio en diagnósticos de este tipo le han sido demasiado útiles en su oficio como escritora. Había leído en el 2014 su primer volumen editado por Códice bajo el nombre de Todo lo mío, un bien logrado texto autobiográfico de 300 páginas que pareciera la sala de ensayos para llegar a la literatura propiamente. Pero algo mágico sin contar, es cómo además de su experiencia en clínicas o en la cátedra especializada en universidades, ha vivido con pasión de cerca el mundo de su esposo, nadie menos que el maravilloso escritor Eduardo Santa. 

lunes, 7 de julio de 2014


Manuel Elkin Patarroyo
Por: Carlos Orlando Pardo
Las elecciones primero, el folclor luego y el campeonato mundial de fútbol, al final, todos con diversas emociones, nos permitieron olvidar al resto del pais y no ofrecerles a otros renglones la debida atención, pero el mundo sigue andando. Ahí al frente, nos encontramos con la feliz noticia cuando a tres tolimenses los declaran “Investigadores eméritos 2014” en el “Gran Premio Vida y Obra” otorgado por Colciencias y que destaca la revista Semana que acaba de aparecer. Se trata de Manuel Elkim Patarroyo, el padre de las vacunas y ganador en la categoría Ciencias básicas; de, el estudioso de la violencia, ganador en la categoría Ciencias Sociales y Humanas, pero entre los llamados 20 héroes para señalar a los científicos eméritos que han dedicado una vida a la investigación en Colombia, figura como finalista    en   categoría   Ciencias   básicas, el químico  Augusto Rivera
Augusto Rivera
el tolimense de las moléculas raras. Nosotros somos por fortuna más que política, fiestas y fútbol y ahora cuando han pasado estas maravillosas disculpas para creer en la felicidad y en un pais mejor, aterrizamos de nuevo en la realidad y la encontramos igualmente habitada de satisfacciones. Por encima de las controversias a que es sometido el atacuno Patarroyo, “nadie ha podido desconocerle el haber descubierto y patentado la primera vacuna contra la malaria, un logro que enmarcó en la historia”. No ha sido vana su terca persistencia como egresado en Medicina de la Universidad Nacional, especializado en Virología en la Universidad de Rockefeller, estudios en Yale, Estados Unidos y en el instituto Karolinskia de Estocolmo, ni mucho menos las más de cuatro décadas dedicadas a la investigación para alcanzar premios significativos al estilo del Príncipe de Asturias en 1994, cuatro veces el Premio Nacional de Ciencias Alejandro Ángel Escobar o el ser nominado en 1989 como Premio Nobel de Medicina. 29 doctorados Honoris Causa y el registro de 356 publicaciones científicas, como lo recuerda la revista Semana, ofrecen un retrato general de quien a sus 67 años sigue haciendo ciencia desde su Fundación del Instituto de Inmunología y formando a más de mil investigadores o asesorarlos en futuros doctorados. 
Gonzalo Sánchez
Por otro lado, el libanense Gonzalo Sánchez, autor del primer estudio sobre los bolcheviques en su ciudad natal, creador en 1986 del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional, ha continuado, a pesar de las amenazas, al frente de Estudios de la Violencia, proyectando trabajos sobre la memoria histórica que ahora dirige desde el 2007, desde donde ha producido 21 informes en los cuales se rconstruyen las masacres más emblemáticas de los paramilitares y las Farc, poniéndolos al conocimiento de los colombianos junto al dolor de las víctimas del conflicto armado. Estos personajes como Manuel Elkim Patarroyo y Gonzalo Sánchez, mis dilectos amigos de ya no pocos años, cuyos perfiles figuran en mi libro de 1995 Protagonistas del Tolima Siglo XX, con razón a su trabajo y no a nada diferente, siguen a la cabeza de los investigadores de la nación y ofreciéndonos orgullo a sus paisanos de la tierra Pijao. Me pareció curioso, al final del informe, la figuración como finalista del llamado Tolimense de las moléculas raras, uno de los químicos más laureados del pais, egresado de la Universidad Nacional donde es docente, profesor asociado y director del departamento y vicedecano de investigación. Novedades mundiales han salido de sus desvelos y experiencias y en los 138 artículos que ha publicado en revistas indexadas, trata sobre los animales heterocíclicos, “unas extrañas moléculas orgánicas que contienen nitrógeno y que podrían tener múltiples usos en la industria farmacéutica”. Total, vale la pena difundir estos trabajos en la región, que las universidades los inviten a conversar con profesores y estudiantes, al tiempo que reconocer que tenemos otros héroes. 

lunes, 16 de junio de 2014

LA VORÁGINE PARA RODRIGO SILVA


Vale decir que no sólo deben ser los deportistas y las actrices, las modelos y los políticos quienes merecen alcanzar los reconocimientos de los medios. También deberían estar los compositores e intérpretes, los teatreros y los novelistas, los poetas y los líderes comunitarios, los maestros y los médicos, entre miuchos buenos ciudadanos. Sin que medie lo episódico entre el fragor de un campeonato mundial de fútbol y el vértigo de unas elecciones, continúan brillando estas estrellas de la vida y la cultura.  Es lo que acaba de pasar en Neiva donde el diario La Nación, al cumplir sus primeros 20 años, exaltó a un inmenso valor del Tolima Grande como lo es Rodrigo Silva. Estuvieron representantes de todos los sectores de la sociedad, incluyendo al presidente Santos, brindando el homenaje a un compositor e intérprete que ha sido precursor de la paz con su música y el sentido patrio y amoroso de sus canciones. Estuvimos orgullosos acompañando al artista en mayúsculas y golpeando nuestras palmas en un aplauso que salía desde lo más profundo de nuestros corazones. Nada es gratuito porque se ha ganado el respeto y el prestigio por su ser sensible demostrado a lo largo de casi cinco décadas en una lucha sin cuartel por la música folclórica y la región andina. 
Y representándonos en diversos lugares del mundo donde arranca emociones y admiración por sus virtudes. No se trata entonces de una estrella fugaz sino de una lámpara encendida a pesar de las vicisitudes por las que ha debido atravesar, a veces casi perdido como Arturo Coba en La Vorágine. Pero sigue su luz hasta encarnar una gloria viva al estilo de los guerreros auténticos y de quienes perfilan su itinerario como para simbolizar lo esquivo de la inmortalidad. El centro de convenciones José Eustasio Rivera se hallaba hasta las banderas y varios aplausos prolongados rindieron honor al artista. Desde los concejales y diputados, los secretarios de despacho departamental y el gobernador, el alcalde con su equipo, la Academia de Historia y variados músicos y escritores, las directivas de la Cámara de Comercio, el grueso de los parlamentarios de diversos partidos y matices, el ministro de hacienda, en fin, unas mil quinietas personas luciendo sus mejores galas de tierra caliente, junto a la música y el ballet regional, fueron el marco para celebrar a Rodrigo Silva y a un diario independiente que ha logrado, tras las naturales dificultades de un medio impreso impecable, permanecer vigente y con respeto de parte de sus lectores en el sur colombiano. Se cumplían igualmente los 90 años de la publicación de esa obra maestra que es la Vorágine, con páginas y páginas dedicadas a textos, frases, críticas y fotografías de este orgullo de las letras huilenses y nacionales, al igual que sin timideces ni tacañerías dos páginas centrales a Rodrigo Silva, sin que faltaran otras noticias de la cultura. Qué diferencia con lo que hallamos en la región donde este tipo de actividad está reducida a pequeñas pildoritas, seguro de buena fe, pero sin que se atrevan a destacarlas como es debido, salvo los refritos enciclopédicos alrededor de autores que se sacan de internet. Lo único cierto es ver cómo, a este compositor que es sin duda la última gloria viva dentro de la música que nos queda del interior, se le rindieron los honores que merece y que relatamos como ejemplo para ser imitado por nosotros en esta parte del país adonde decidió pasar desde hace ya no pocos años el desarrollo de su productiva existencia. 45 años junto a Álvaro Villalba en el inolvidable dueto que ha recorrido muchos lugares del mundo donde igualmente recibieron reconocimientos grandes como el de Nueva York cuando fueron declarados Mariscales de la Hispanidad, marcan el distintivo de quienes como Rodrigo conservan el placer del estudio y la composición, la sencillez como evangelio y el buen humor como defensa ante las amarguras de la vida. El resto es silencio, al decir de Shakespeare.

martes, 10 de junio de 2014

EVELIO ROSERO: PREMIO NACIONAL DE NOVELA 2014 
Conocí a Evelio Rosero hace 33 años desde cuando su juventud era similar a la nuestra al publicar el pequeño libro inicial. Una tarde llegó al apartamento de mi hermano Jorge Eliécer, en Bogotá, acompañado de Juan Carlos Moyano y el almanaque de la pared marcaba el año de 1981. Llevaban el entusiasmo de su primera publicación que nos fue entregada entre timideces y expectativa, mientras nosotros ojeábamos los textos y nos dedicamos a conversar celebrando con algunos tragos. Fue la primera de largas entrevistas a lo largo de las décadas siguientes en donde cada uno siguió su vida de escritor. Con el tiempo, el par de muchachos comenzaron a aparecer de manera continua en los medios y se transformaron en parte esencial del inventario de la nueva literatura colombiana que valía la pena. Rosero ya tenía en su haber premios nacionales de cuento como el del Quindío en 1979, se ganaría al año siguiente ya en libro en este género el iberoamericano Netzahualcóyoltl en 1982 y el internacional de novela breve La Marcelina con Papá en santo y sabio. Por aquel entonces del encuentro, Evelio llevaba El eterno monólogo de Llo, un poema novelado, su primer libro y despues coincidimos poco tropezándonos en un avión rumbo a encuentros de escritores, en una librería o en alguna fiesta de amigos comunes. 
 Dos años después ya se vino con un libro grande surgiendo como novelista en 1986 al publicar Juliana nos mira que reconstruía su adolescencia y a los dos años El incendiado consolidándose en el mundo literario. Es solo la persistencia terca en el trabajo lo que nos puede llevar a estos estadios y en donde el azar, como él mismo lo bautiza, ofrece la circunstancia feliz de una lotería literaria al coronar premios de importancia. Vendrían otros libros como Los almuerzos y Los ejércitos, premio Tusquets de novela, llevado incluso al teatro por Juan Carlos Moyano y La carroza de Bolívar que acaba de condecorarse con el Premio Nacional de Novela 2014. La calidad de su obra lo condujo igualmente a ser traducido a más de 20 lenguas y a recibir otras distinciones internacionales como el prestigioso Independent Foreign Fiction Prize en el Reino Unido y el Premio Internacional ALOA en Dinamarca. Sin embargo, ha sido el cuento corto una de sus devociones y una pasión irreductible que lo seduce de manera continua y que significa, sin duda, la muestra de una exigencia consigo mismo para lograr como lo hace, simplemente la maestría. Comenzó como todos publicando cuentos en El Tiempo y El Espectador, pero circuló mucho por el tema de la infancia llevada a la literatura infantil cuestionando siempre la violencia, convirtiéndose por ejemplo con El aprendiz de mago y otros cuentos de miedo, en un representante sobresaliente del género. Nuestras charlas iban con nuestra experiencia de vida en Barcelona o en su caso también en Paris, sin dejar por fuera los aprendizajes en provincia que tanto marcaron sus primeras obras. En su último viaje a Ibagué a la Feria de Libreros Independientes que tuvo tanto éxito y a él como invitado especial, hace algunas semanas, pudimos compartir largas y hermosas horas junto a Benhur y Héctor Sánchez, quedándonos con su última aparición bibliográfica, 34 cuentos cortos y un gatopájaro,  título que la joven editorial “destiempo” entregó a los lectores colombianos en abril de este año 2014. Se trata de un pequeño pero hermoso texto editorial de 114 páginas que muestra el poder de la síntesis, el lenguaje eficaz y poético y un mundo insólito y original con historias sorprendentes. El universo con el que se tropieza el lector, constituye una antología con relatos publicados entre 1978 y 1981 y que aparecieron en diversas revistas y periódicos de Bogotá, algunos de los cuales fueron incluidos en antologías de cuento corto latinoamericano, así como en selecciones de cuento internacional publicados en Francia y Alemania.  Dejamos entonces un brindis literario para el amigo que por encima de lo mediático ha seguido una carrera por encima de toda pretensión, salvo la de hacer bien su oficio.

martes, 3 de junio de 2014

LA CONSECUENCIA DE LEER UN LIBRO


Alguna vez José María Vargas Vila se enorgullecía en uno de sus libros por haber provocado varias muertes. Se le notaba en sus frases cortas y contundentes el tufillo de orgullo por aquellos suicidios. Me sorprendió al leerlo porque fui siempre uno de sus lectores y su admirador, ante todo en la catilinaria política que se asimila a una ametralladora pegando usualmente en el blanco. Lo suyo es contundente, ácido y profundo, dicho de manera elocuente aunque retórica. Luego me pregunté ¿Cómo la lectura de un libro puede causar estos extremos? Lo único cierto cuando se recorren las páginas de una historia que impacta es que no quedamos igual. No es tanto a veces lo que se cuenta sino la forma de hacerlo que nos invade con eficacia y nos lleva al cambio. En muchas ocasiones nos vemos reflejados en una situación como si escribieran nuestra propia vida o por lo menos aspectos de ella que nos sorprenden y nos conducen a la reflexión. Todo aquello quedó como un pasaje olvidado de mi oficio hasta cuando llegué a escuchar de una de mis lectoras, en Miami, que tras leer mi novela Verónica resucitada, no sólo se detuvo varias veces a llorar,- lo que me confesaron públicamente varias, sino cómo duró dando vueltas varios días y se dirigió a la casa de su madre. Llevaba 20 años sin hacerlo y gracias a la lectura de la novela, decidió perdonarla. No quise preguntar cuál sería su pecado- advirtió que no era tan grave como el de mi protagonista, pero que sintió cómo su existencia regresaba a los cauces normales y se despojó del peso que en tantas ocasiones lo sobrevellaba como una dura carga. Una especie de corrientazo me recorrió y advertí días después, gracias a Jackie, que por ese solo hecho valía la pena haberla escrito. La verdad es que no medimos lo que pueda despertar un libro cuando decidimos abordarlo desde las obsesiones más recónditas ni mucho menos saber, a la larga, que por encima del deleite estético, vaya a tener tales efectos. En otras ocasiones, por ejemplo con mi último trabajo publicado, El beso del francés, los comentarios no se hicieron esperar. Me dijeron que ignoraban totalmente tantos secretos de los que llegaron a fundar mi tierra natal, que se dedicaron a buscar en otros libros lo ocurrido tantos años antes y que por fin sabían los secretos de su prehistoria. Todo esto podría tener cierta validez, pero se trataba de una novela y no de la historia propiamente, pero estos lectores se apropiaban de ella como si en absoluto todo lo contado fuera estrictamente cierto y olvidando, de contera, que hablaban de un libro de ficción. No hago sino evocar cómo, el inmenso Juan Rulfo dijo alguna vez, de qué manera la literatura es una falsedad pero no es una mentira. Al final entiendo que por encima de los medios de comunicación de hoy que son tan maravillosos, los libros continúan representando un ritual mágico donde un lector solitario se enfrenta a una ficción y como Supermán, al tomar un carbón en sus manos, al apretarlo, se convierte en diamante. Aquellas acciones fingidas en todo o en parte que causan placer estético a los lectores o en otros casos sufrimiento, genera caracteres, pasiones y costumbres que simulan un espejo de la realidad, su otra cara, regresándonos a la vieja tradición de la humanidad en escuchar primero historias y luego leerlas cuando la escritura surgió. Queremos saber cosas, esculcar en pasajes de otras vidas y sentirlas no ajenas. ¿Acaso no existe la estación en España, con restaurante incluido, de donde el señor don Quijote declaró su amor a Dulcinea? ¿No examina uno con curiosidad la casa y el balcón en Verona, Italia, donde se declararon su amor Romeo y Julieta? Todo se volvió verdad cuando no era sino parte de una leyenda y más aún, de una historia contada en libros literarios. Es casi como en la historia de Ionesco en Seis personajes en busca de autor, donde uno de los protagonistas asesina al creador de la obra. La responsabilidad de la palabra escrita no es poca cosa. De ahí la obligación que tenemos los escritores de verdad para atrevernos a relatar algo. Cuando el texto sale publicado en busca de lectores ya no nos pertenece y cuando ellos se apropian de la historia como me ocurrió con la lectora descrita, sentimos alegría pero también la tristeza del hijo que se fue.

viernes, 23 de mayo de 2014


Del inmenso escritor norteamericano Ernest Hemingway he sido un devoto lector y uno de sus centenares de admiradores a lo largo de mi vida. Desde cuando era un adolescente leí apasionado El viejo y el mar y en 1961, cuando puso fin a sus días un 2 de julio y yo cursaba mi primero de bachillerato, sentí que alguien muy cercano se había ido de pronto. Sólo 62 años le bastaron para lograr vivir como hoy en el territorio de la inmortalidad. A los 20 años era ya un escritor sólido y a los 50 toda una figura estelar de la literatura, un periodista intenso y preciso que cubría las guerras y los grandes aconteceres y un autor de novelas que aún se leen con pasión. Lejos estaba de saber entonces que su obra le mereció en 1954 el Premio Nobel y era mirado como un clásico de la literatura norteamericana. Después, atraído por el resto de su obra, seguí sus pasos con veneración porque parecía una estrella de cine por lo aventurero de su vida entre conducir ambulancias en la Primera Guerra Mundial, sufrir heridas y mudar de país como de esposas alcanzando cuatro matrimonios, o ser testigo del desembarco de Normandía y la liberación de París.

 No pocos libros se han escrito sobre su itinerario. Lo único cierto es que me faltaba en el recorrido de sus huellas conocer Cayo Hueso, ubicado en Key West, donde terminan los Estados Unidos al sur de su geografía. Logré cumplirlo acompañado del poeta Luis Carlos Fallon e Isabella, su esposa, de Carlos, mi hijo escritor y periodista y de mi amada Jackie. Fueron tres horas desde Miami por grandes autopistas y un puente de varios kilómetros sobre el mar, a lado y lado, desde donde se contemplan los alcatraces y las gaviotas persiguiendo comida o se ven cruzar lentos los veleros. Key West es un poblado pintoresco de unos 25 mil habitantes de apenas 18 kilómetros y cuya población es esencialmente de blancos, sin que falten los afroamericanos, los amerindios y los asiáticos en breve porcentaje. Se trata de un lugar de ensueño cuya arquitectura es diversa y llena de colorido, donde los turistas alquilan bicicleta, como en Holanda y los gallos hermosos de pelea se pasean tranquilos por las calles o dejan escuchar sus cantos. Allí está ubicada la casa de Hemingway, donde vivió con sus dos hijos y Paulina  Pfeiffer, la segunda de sus esposas y hoy está convertida en un museo. La propiedad fue dejada a sus gatos que se han reproducido con el tiempo y adornan la mansión entre lámparas de murano, muebles del siglo XVI y XVIII, su biblioteca, su amplia habitación, los sillones para su lectura y una enorme piscina en uno de cuyos ladrillos, como un diminuto monumento, se encuentra la última moneda que le restaba y dio a su esposa. Adentro existe una tienda donde venden sus libros y las películas que de sus novelas fueron llevadas al cine protagonizadas por las grandes estrellas de entonces, sus retratos de diversas épocas y camisetas con su figura de vikingo. Había tomado varias veces café en el hotel Cosmos, ubicado en las Ramblas de Barcelona donde me dijeron que llegaba de paso, me detuve en el hotel al pie del teatro Ópera en Paris, el Ritz, una de sus estaciones y recorrí embelesado su enorme casa en Cuba, en Finca Vigía, a 24 kilómetros de La Habana, donde vivió una década, alternando con viajes a otros continentes.  En cada una de sus casas escribió varios libros que le dieron dinero y fama y estableció a través de su prosa un estilo definido que influyó a demasiados escritores. De su generación donde encontramos grandes novelistas del tiempo de la post-guerra brota la gran literatura. Emocionado al recorrer sus pasos, no era posible después sino dirigirnos al bar del novelista en Cayo Hueso, Sloppy Joe, para beber unos mojitos y encender su memoria y sus recuerdos, al tiempo que imaginar, en la barra donde acostumbraba sentarse, su bohemia con John Dos Passos que fue a visitarlo.  Lo mejor vino cuando Isabella, la esposa del poeta Luis Carlos, biznieto de Diego Fallon, me entregó una camiseta con mi nombre dedicada supuestamente por Hemingway con su enorme figura, para sentir otra vez que su espíritu se metía en el mío y debería regresar a sus libros.  Mi hijo y yo brindamos a la salud todavía luminosa de la obra del escritor que se volvió una leyenda.