LOS NUEVOS LIBROS DE LA UNIVERSIDAD DE IBAGUÉ

Trascendente, por decir lo menos, la tarea en que se encuentra empeñada la Universidad de Ibagué dentro del campo editorial. Se trata de un oficio amoroso frente a cada uno de los títulos y dignas ediciones que muestran respeto por los autores y el lector mismo. En el año de 2015, nos hicieron llegar los testimonios recogidos por Carmen Inés Cruz y Francisco Parra Sandoval al conmemorarse los 30 años de la tragedia de Armero, donde es loable el esfuerzo por lo que llaman la recuperación de la memoria histórica de aquel evento que tanto dolor nos causó y cuya primera versión se hizo veinte años antes, titulada Armero: diez años de ausencia, en donde los mismos autores, acompañados de  Nelsy Rodríguez López cumplieron la misión.  Esta vez, para que todo no quedara en el aire, se desentrañan las lecciones que pueden ayudarnos en otros eventos similares, como también se rinde homenaje a los rescatistas de la zona afectada. Igualmente, bajo la pluma autorizada de los hermanos Parra Sandoval, se presenta un recorrido por La escuela total, al cumplir con estudios de caso como el de la Normal de Fallon, la de Ibagué, Icononzo y Villahermosa, donde se han formado los maestros desde hace no pocos años. El papel de los educadores allí tienen su espacio a través de autobiografías que muestran la riqueza oral y narrativa de los educadores y el significado de su ingente esfuerzo, en medio de limitaciones. Resulta difícil la labor en pueblos un poco aislados y los sectores populares, donde el desequilibrio y la desprotección cumplen el papel de reinas dentro de una sociedad desigual. Resultan conmovedoras algunas historias y entendemos cómo se hace verdaderamente patria por encima de los discursos oficiales y de qué manera este es un sector que debe atenderse con urgencia. Ahora estamos pendientes de la lectura o relectura de otros volúmenes de interés bibliográfico e histórico, tales como la reedición de la Geografía del departamento del Tolima que escribiera a comienzos del siglo XX, Eduardo Torres Vargas, cuando nuestro territorio contaba apenas con 39 municipios. La referencia humana y política resulta curiosa pero de mucha ayuda para clarificar nuestro pasado y vernos hoy. Dentro de esa misma línea en lo que pudiéramos llamar títulos para una biblioteca básica del Tolima, aparece San Bonifacio de Ibagué, documentos para la historia de esta ciudad que escribiera Hernando Márquez Arbeláez. Para quienes tenemos las primeras ediciones, resulta reconfortante verlas nuevamente editadas. Y un ensayo que lleva la firma de Camilo Polanco Torres, quien desarrolla el tema de La organización de la empresa política. La gerencia pública regional. Veo igualmente el registro de El cultivo de la verdad, un examen crítico sobre problemas de nuestro tiempo, firmado por Ramsés Fuenmayor. Ya llegaremos a ellos. Queda nuestra alegría al ver que la Universidad de Ibagué continúa su formidable trabajo editorial, el que sumado a otros libros no menos importantes, como la Obra selecta de Néstor Hernando Parra, por ejemplo, ofrecen la oportunidad feliz de conocernos mejor a nosotros mismos.

Jorge Eliécer Pardo deja atrás 20 años de silencio en sus escritos - 18 de enero de 2016 -

Llega con 'El pianista de Hamburgo', 'Los velos de la memoria' y 'La baronesa del circo Atayde'.
Por: Francisco Celis Albán - EL TIEMPO

Pardo soñaba ser cantante de baladas, pero a los 16 años la vida lo encarriló como profesor de literatura, en el colegio del barrio de las prostitutas.
Pardo soñaba ser cantante de baladas, pero a los 16 años la vida lo encarriló como profesor de literatura, en el colegio del barrio de las prostitutas.
Mi padre era un chofer de Líbano (Tolima), de una sabiduría empírica; y mi madre, una artista que junto con su hermana Sofía Rodríguez de Moreno (un personaje de Yo y tú que se llamaba Socorrito, esposa de don Eloy) tenían un dúo llamado Las Alondras del Llano. Mi madre estaba destinada a irse a México a estudiar teatro y canto, y llegó el montañero de mi padre, la enamoró y se la llevó para ese pueblo en la cordillera. Cuando mi papá hacía las correrías de sus viajes, llevando café a distintas partes de Colombia, mi madre nos montaba obras de teatro y empezó a tener hijos y llegó a tener diez. Eramos una compañía de teatro, de circo, de declamadores... Ahí empezamos ese amor por lo artístico. Especialmente en Carlos Orlando, mi hermano, que es escritor. Luego, por la violencia, migramos a Bogotá, donde, en la Academia de Arte Don Eloy, mi tía nos involucró un poco más en el arte. Los castigos que ella nos ponía era encerrarnos en la biblioteca a leer el Quijote, a Salgari, a Verne...
¿En qué momento usted dice ‘esto de los libros es lo mío’?
Yo quería ser cantante de baladas en los 60. Era un roquero de pueblo. Escribía poemas para que fueran baladas. Yo no fui un escritor prematuro ni nada de eso. En mi adolescencia, en Ibagué, empecé a leer, y entré directamente por el boom latinoamericano y me di cuenta de que ese mundo maravilloso –Juan Carlos Onetti, Vargas Llosa, García Márquez– era lo que yo quería hacer. Muy motivado por mi hermano, que es mayor y escribía más que yo. A los dieciséis años y medio fui maestro de literatura en los colegios. Iba aprendiendo literatura y enseñando literatura. Con los muchachos leíamos en los parques. Mi primer trabajo fue en el puerto de Honda, en un barrio que se llama Arrancaplumas, el barrio de la prostitución. Los muchachos me dijeron: “Oiga, hermano, usted para qué curso viene”, pero yo era el profesor. La primera reunión de acudientes eran todas prostitutas y yo no sabía qué decirles, estaba totalmente angustiado.
Para ser maestro no había necesidad de ser muy preparado y una de las formas de ayudar a los muchachos a buscar empleo era darles puestos como maestros. Yo tenía cuarto de bachillerato. Entonces mi papá, a través de un amigo del Líbano que estaba en la Secretaría de Educación, logró meternos como maestros.
Duré seis meses y lograron trasladarme a Ibagué, donde comencé a hacer mi carrera universitaria mientras seguía siendo profesor. Estudié licenciatura en español y literatura, y luego me vine a Bogotá a hacer mi doctorado en la Javeriana, que no terminé porque salí muy decepcionado. Mi expectativa era esa avidez de querer aprender mucho, y lo que me daban era muy despacio, muy técnico y muy académico. Y yo quería comerme el mundo y en el aula no me daban ni un sánduche. Más adelante fui profesor en varias universidades, hice una especialización y entré un poco a la burocracia, pero lo mío fue siempre la literatura.
Aparte de su hermano, ¿quién lo motivaba a leer?
En Ibagué conformamos un grupo de jóvenes inquietos por la literatura, que llamamos el Grupo Cultural Pijao, de donde salió una editorial que ha publicado muchos títulos. Éramos jóvenes profesores universitarios y de bachillerato, inquietos. Había un personaje muy especial, un huilense que se llamaba Humberto Tafur Charry, novelista, que viajaba con un maletín por todo el país vendiendo los libros de la editorial Losada. Hablaba de literatura y nos vendía a crédito los libros; sabía literatura y todos sus cuentos, que eran muy rulfianos, los escribía en los buses mientras viajaba.
¿Qué fue lo primero que escribió?
Empecé a escribir cuentos y un día leímos con mi hermano y con Germán Santamaría mi cuento El jardín de las Hartmann. Germán me dijo: “Esto no es un cuento, esto es el comienzo de una novela”, y fue cuando escribí y publiqué esa novela, que luego fue El jardín de las Weismann, por problemas con el título. La escribí a los veintipico de años, ya lleva once ediciones, y fue traducida por Jacques Gilard, el traductor al francés de algunos textos periodísticos de García Márquez. Es un libro que cuenta la violencia de los 50 desde el erotismo y desde un jardín, un elemento simbólico, sin tantos muertos sin tanta sangre y terrorismo.
Pero ese es un análisis posterior. ¿Qué era lo que quería hacer entonces?
Yo no pensé en escribir una novela no truculenta, sino amorosa, erótica. Tengo una serie de tías del Líbano, que todas quedaron solteronas porque en esa época todos los hombres o estaban muertos o estaban enmontados, como se decía. Entonces, a estas mujeres alemanas que yo veía, las Hartmann, también las veía muy solitarias. ¿Cómo hacían estas mujeres para encerrarse y vivir la guerra, el amor y el erotismo y la necesidad? Entonces creé ese símbolo, el jardín, que estaba al lado de mi colegio que expropiaron para el batallón, y yo veía esas flores que todavía existen.
¿Cuál fue el lío por el que cambió el título?
Que las Hartmann existían realmente y eran unas señoras muy apreciadas por la comunidad, y además eran unas educadoras a las que les dieron hasta la Cruz de Boyacá. Yo estaba muy joven y les puse a los personajes el nombre de mis hermanas, pero con el apellido Hartmann, entonces me amenazaron de muerte los familiares, el obispo quemó mis libros en la plaza del pueblo. Hubo una pequeña polémica y finalmente hice lo que me enseñó Hemingway: para uno encontrar el nombre de un personaje busca el libro donde están todos los nombres, que son las guías telefónicas. Miré y Weismann solamente había uno. Entonces llamé a preguntar por él y una señora me contestó: ‘Ay, siquiera llama, porque él falleció hace tres meses y nadie sabe de él’. Le di las gracias y les puse: Weismann.
¿Cómo fue a dar la novela a la televisión?
En ese momento las productoras estaban haciendo literatura latinoamericana llevada a la televisión, y me llamaron de Caracol para que hiciera la adaptación a televisión. Firmé un contrato que tenía una cláusula titulada ‘versión libre para televisión’ y cuando empecé a ver eso me di cuenta de que no era mi libro. Sufrí mucho y decidí con Elsa, con el dinero que me pagaron, irnos a la Unión Soviética y nunca la vi.
¿Críticas negativas?
Un crítico escribió un artículo titulado ‘Los estragos del garciamarquismo’, y nos metió a un grupo de autores jóvenes, diciendo que García Márquez nos había influenciado. Con el tiempo me reconoció que había sido exagerado.
Amo a García Márquez y amo lo que significó para nuestra literatura y lo que significa, y lo que nos enseñó, y el mundo que nos abrió. Pero mi lenguaje es totalmente distinto del suyo, que es muy hiperbólico. El mío es simbólico. Por primera vez como que aterrizo en esa diferencia entre ese párrafo largo y el mío, que es poético, simbólico, no evidente, más cercano a lo que yo quería, que era la poesía.
Sus novelas se inscriben dentro de una línea histórica, ¿se siente al margen de las corrientes literarias?
Yo no he variado mucho mi estilo y cuando he intentado aislarme de él he fracasado. Mis amigos me dicen: “Vuelva al tono de El jardín”. Y con mi último proyecto lo hice y me gusta mucho. He experimentado con una literatura rápida, más contemporánea, pero como mis personajes son reflexivos y tienen introyección, entonces esa literatura rápida no funciona. Mi literatura no es tan exterior ni epidérmica, es, como soy yo, para adentro. Estoy muy influenciado por Thomas Mann, los escritores que han hablado del ser humano desde lo profundo, desde el punto de vista de sus contradicciones y de la sociedad. Sobre héroes y tumbas, de Sabato, especialmente el ‘Informe sobre ciegos’, me gusta mucho. Juan Carlos Onetti, que es el autor del fracaso, de los amores retorcidos, un hombre que todo lo que emprende es fallido, ha sido muy importante para mí.
El existencialismo también lo influenció...
Leí muy profusamente a Jean Paul Sartre y a Albert Camus, fundamentales sobre lo que debe ser un escritor en un tiempo determinado, y creo que he respondido a ese postulado. Soy un autor de mi tiempo y como tengo una sociedad tan llena de problemas sociales, creo que al escritor le corresponde –otros dirán que no– contar su tiempo. Sin ser una literatura de ideología, porque ni he sido comunista ni socialista; soy un anarquista, un librepensador, que ama la libertad que respeta al ser humano. Un humanista.
¿Cómo logra engranar la historia a lo largo de su ‘Quinteto de la frágil memoria’, en el que el foco es contar historias particulares de la gente, en un país con una historia como la nuestra?
El Líbano fue de los pueblos más violentos de la guerra bipartidista de los años 50, y que produjo los más terribles bandidos como ‘Desquite’ y ‘Sangrenegra’, pero también una generación de revolucionarios; fundadores del M-19 como Afranio Parra, que era poeta y además pintor; de movimientos sociales que en el año 29 se tomaron el poder, los bolcheviques del Líbano… Todo eso fue caldo de cultivo. Y en medio de eso mi abuelo materno, Carlos Arturo Rodríguez, uno de los fundadores del Partido Comunista, un hombre que fue rosacruz, masón y comunista. Era un artesano que trabajaba la madera y con él aprendí los primeros versos de José Martí. Mi papá era un liberal que le quiso brindar un homenaje con el nombre de su hijo a su líder asesinado. Estaba yo un poco predestinado a hacer eso. Pero cómo hacerlo, si yo no tenía unas bases de conocimiento de nuestra historia, entonces por eso metí a estas mujeres de mi primera novela, en medio de una cosa onírica. Me di cuenta después de que tenía serios vacíos históricos. Publiqué dos novelas más, Irene y Seis hombres y una mujer, y dije yo no puedo seguir escribiendo novelas sin estudiar la historia. Y dejé de publicar novelas 20 años y me dediqué a estudiar la historia de Colombia.
Con el siguiente antecedente: cuando yo trabajaba en el Ministerio de Salud, me presentaron a la persona que me iba a asesorar en participación comunitaria y divulgación de los servicios de salud, y me dijo: “Germán Guzmán Campos”. Yo me incliné y le besé la mano y le dije: “Usted es el tipo más importante para mi vida”. Porque el libro de Guzmán, Umaña Luna y Orlando Fals Borda, La violencia en Colombia, es la biblia para entender lo que pasó en el país. Eso fue en los 80. Entablamos una amistad y me dijo: “Jorge Eliécer, a usted le corresponde escribir el libro de la guerra, con el tono de El jardín”. Él había sido párroco en el Líbano, era de Chaparral. Un hombre maravilloso, sabio...
El más importante violentólogo contemporáneo en Colombia es Gonzalo Sánchez, director del Centro de la Memoria, que ha trabajado mucho la temática de la guerra, es del Líbano.
Guzmán Campos fue la segunda influencia más importante: empezó a proveerme de libros y documentos secretos para entender el fenómeno de la guerra, de esa guerra que él vivió tan cerca. Ese libro es producto de que Alberto Lleras hizo una comisión de paz, para entender las causas de la violencia. Ellos tres encabezaron ese estudio.
Posteriormente me alimenté de los libros de Arturo Alape, mi gran amigo, quien es uno de los cronistas e investigadores más importantes de la guerra. El Bogotazo es un texto fundamental. Empecé a estudiar la nueva interpretación de la historia de Colombia, distinta del discurso oficial. Y me dediqué a escribir la novela para monseñor Germán Guzmán, ya muerto, y quince años después me di cuenta de que tenía 2.500 páginas. Dije, esto editorialmente es imposible. Opté por hacer cinco libros que bauticé El quinteto de la frágil memoria. Tuve que reescribir casi todo, haciendo que cada libro tuviera su autonomía, pero que cada uno estuviera entrelazado con los otros.
Un trabajo faraónico...
Me entregué a eso y el primero que se publicó es El pianista que llegó de Hamburgo. Ya tiene cuatro ediciones. Y fue hecho en convenio con Conaculta de México. Y el segundo, dos años después, fue La baronesa del circo Atayde, que realmente es un poco la historia de mi abuelo artesano, y sus antepasados también artesanos rebeldes, y la historia del sueño de mi madre de ser una mujer del circo, una bailarina del aire, y con el telón de nuestra guerra. Posiblemente este año saldrá otro libro, que se llama Trashumancia, que es la historia de una familia que tiene que huir de la violencia. Es también sobre el Líbano y su mundo mágico.

Francisco Celis Albán

UN MARIQUETEÑO FUNDA LA BIBLIOTECA NACIONAL DE COLOMBIA


En 1777, un 9 de enero, el mariquiteño Francisco Antonio Moreno y Escandón fundó la Biblioteca Nacional de Colombia. Para entonces su ciudad natal pertenecía al Nuevo Reino de Granada en plena colonia española y todos los historiadores referencian cómo se trató de una figura descollante en el siglo XVIII. Sin duda este visionario encarnó a un adelantado de su tiempo, mucho más cuando las políticas medievales y oscurantistas cruzaban por estas tierras dominadas por los ibéricos. Al ubicarse intelectualmente por encima del promedio, no resultaba difícil que brillara en los más altos cargos de la patria de entonces. Quien fuera Procurador General y alcalde ordinario de Santa Fe, hoy Bogotá, estuvo desempeñándose como abogado de la Real Audiencia, asesor jurídico y Regente de estudios en san Bartolomé, exponiendo valerosas críticas en un memorial sobre la educación que ofrecían los religiosos y ante todo propugnando por una universidad pública manejada con criterio secular. En 1771, propuso utilizar los bienes de los jesuitas para dotar la universidad y dotarla de una biblioteca pública, hoy Biblioteca Nacional de Colombia, primera de América y que integró con 3.000 volúmenes aquel 9  de enero de 1777, en el local que había servido de seminario.

En el inventario de la gente oriunda de este territorio que más tarde fue La Provincia de Mariquita y al final, luego del Estado Soberano del Tolima el departamento con que hoy contamos, el nombre de Francisco Antonio Moreno y Escandón resulta no solo meritorio y digno de memoria sino como un ejemplo a seguir. Ahora que el gobierno nacional se empeña en la construcción y dotación de bibliotecas públicas y ante todo hace énfasis en hacerlo en lugares de conflicto como el nuestro, valdría la pena que se encabezara una tarea de parte de los encargados de estos deberes, secretarios de educación y directores de cultura, presentando proyectos ante los ministerios de educación y cultura para obtener los recursos, la asesoría técnica y ofrecer a los nuestros este valiosos servicio, ya no tanto como un simple depósito de préstamo de libros, sino un escenario con toda la tecnología de hoy, talleres, lecturas y estímulos para nuestra juventud.


Ya está comprobado cómo los países donde más se lee son los más desarrollados en el mundo y donde menos, como en Colombia, la situación es precaria. Ahí no más estamos situados educativamente en los últimos lugares, los estudiantes del bachillerato y la universidad misma en sus pruebas pierden porque no tienen habilidades en la comprensión de lectura y fuera de esto una visión chata y frívola de la realidad. Una misión por cumplir y ojalá no se tengan oídos sordos.

JORGE SALGUERO CUBIDES - EL CAMINO DE LA GEOGRAFIA.

Haga clic en OpcionesNacido en Piedras el 11 de julio de 1940, Jorge Salguero evocó con gratitud sus primeros años de infancia para Protagonistas del Tolima Siglo XX, de la cual forma parte, y lo hizo igualmente con sus estudios de primaria en la escuela pública y el sentido de responsabilidad que sus padres, José de la Cruz Salguero y Josefina Cubides, le inculcaron desde temprana edad, lo que contribuyó a llevarlo por la vida a desempeñar una labor importante en el campo de la docencia y a escribir textos sobre geografía, cuyo valor es reconocido más allá de las fronteras nacionales.

Cuando termina tercer año, Salguero se desplaza a Ibagué donde culmina sus estudios de primaria. En la Escuela Normal Nacional de Varones termina en 1960 sus estudios de secundaria,  graduándose con honores como mejor practicante. La formación académica recibida allí, si se tiene en cuenta la rígida línea docente que se impartía a los estudiantes, sería definitiva en su formación y en su labor profesional.

En diciembre de 1960 viaja a la capital de la república y  se matricula en la Facultad de Educación de  la Universidad Nacional para optar al título de licenciado en  Ciencias Sociales. Sus años en Bogotá estuvieron marcados por el clima de sectarismo, tanto de izquierda como de derecha, que imperaba en esa época en el mundo universitario del país, especialmente en la Nacional. Fueron años fundamentales en su formación porque pudo observar de cerca los cambios sociopolíticos y culturales que se gestaban entonces. Este proceso lo condujo a militar en el partido liberal bajo los parámetros de la tolerancia y el respeto por las  ideas. Al culminar sus estudios superiores en el año de 1964, Salguero regresa a su hogar en Piedras donde, para sorpresa suya, encuentra un telegrama en que se le anuncia su nombramiento como profesor en el área de ciencias sociales del colegio San Simón. Alborozado, parte el 18 de enero de 1965  hacia Ibagué.

El profesor Lisandro Viña lo recibió aquella mañana en su despacho con las palabras que treinta años después, evocó con un viso de nostalgia: “Para ingresar a esta institución, usted reúne una serie de condiciones. En primer lugar porque es tolimense, en segundo  porque es egresado de la Normal Superior de Varones y de la Universidad Nacional y finalmente porque es liberal”. Durante los 4 años siguientes, Salguero despliega sus capacidades en la enseñanza de la geografía, al tiempo que es elegido por el profesorado a la Consiliatura de la institución. Su labor allí termina entrado el año de 1970, cuando se le  nombra rector del bachillerato de la Universidad Nacional.

Se desempeña como tal durante los años de 1970, 71, 72  y parte del  73, año en que es invitado a ejercer la cátedra en los departamentos de historia y geografía. No tiene vacilación alguna al decidirse por la geografía, materia que desde entonces será su especialidad. De esta manera pasa al Departamento de Geografía en el año de 1974, para  dictar unas cátedras de áreas culturales y años más tarde llega a ser director del Departamento de Ciencias Sociales. Para 1980 ingresó en comisión a la Universidad de los Andes a realizar un postgrado en Planificación del Desarrollo Regional y en 1984 viaja a España para optar a su doctorado en geografía en la Universidad de Barcelona. Seis años más tarde recibirá el título respectivo con un trabajo sobre la agricultura y geografía agraria en el valle del Tolima.

Su estadía en España sirvió no sólo para que Jorge Salguero se relacionara con los geógrafos más importantes de la época, con los cuales mantuvo estrecha comunicación, sino también para viajar por el sur y norte de España y conocer Francia, país donde estudió a fondo las teorías geográficas francesas del momento y se empapa de  la agitada vida cultural europea. A su regreso de Europa se reintegra a la Universidad Nacional y a la  Javeriana, institución esta última donde por un tiempo, antes de su viaje a Europa, había también ejercido la cátedra de geografía. Simultáneamente comienza a escribir una serie de artículos titulada  Espacio y Sociedad  cuya compilación abarcó al final un total de 4 libros. Escribe así mismo otra serie que integra su libro Civilización. Las dos obras fueron publicadas por la editorial Norma  con gran éxito de ventas. Sus textos se difunden no sólo en Colombia sino también en Centro y Sur América. En ellos propone una nueva metodología para la enseñanza de la geografía y su aplicación didáctica y pedagógica le valió para  ocupar un lugar importante en este campo a nivel  americano.

Jorge Salguero contrajo matrimonio en  Ibagué con la pedagoga Leyla Pardo  en 1968. De esta unión hay tres hijos, dos mujeres y un varón. Las mujeres son economistas de las universidades  Nacional y  Javeriana y el menor cursó estudios de ingeniería en la Universidad Nacional.

Cada mañana, cuando llegaba al salón de clases, Jorge Salguero fue consciente de su compromiso fundamental en la formación de hombres y mujeres que de una u otra manera conducirán los destinos del país. Este amante de la música de su tierra y los boleros, temeroso de la soledad, lector asiduo de Álvaro Mutis y que soñó con el retorno a su tierra para descansar, escribir y reencontrar los lugares de su niñez, se entregó en cuerpo y alma a la enseñanza con una actitud abierta y crítica que no se limitó sólo a la geografía propiamente dicha sino que la relaciona con los problemas que en esta materia afronta la nación. Pregonó así, día a día, a un puñado de jóvenes, el diálogo, la tolerancia y los valores que sus padres le inculcaron desde niño.


Registramos un recuerdo de su vida, puesto que este ilustre tolimense acaba de fallecer el primero de enero en Bogotá, a sus 76 años, legando a la vida académica un grupo de libros y ensayos que son guía académica. Entre ellos destacamos La sociedad de la información, el conocimiento y la educación; Globalización, economía y regiones de Colombia y Teoría y desarrollo económico de una región.  Fue miembro fundador de la Academia de Historia del Tolima, asesor para el Manual de Historia que del departamento hizo Pijao Editores y escribía para esta editorial un libro sobre la geografía del Tolima. Lamentamos mucho desee el alma su partida. 

LOLA DE ACOSTA A SUS 93 AÑOS

Las mujeres de EQUO nos constituimos como Red autónoma y auto-gestionada con el objetivo de impulsar el Feminismo y la Ecología en el debate político, promoviendo así los fundamentos del eco-feminismo que consideramos imprescindibles hoy a nivel global.

Las mujeres de EQUO nos constituimos como Red autónoma y auto-gestionada con el objetivo de impulsar el Feminismo y la Ecología en el debate político, promoviendo así los fundamentos del eco-feminismo que consideramos imprescindibles hoy a nivel global.
Hace ya no pocos años, la prestigiosa periodista y escritora Lola de Acosta se radicó en Bucaramanga donde vive dedicada a su jardín y al cariño de los hijos que la acompañan lealmente. Aún a sus 93, lee con devoción libros de poesía, periódicos y a diario resuelve crucigramas. Desapareció de la escena del Tolima con discreción, como ha sido siempre su estilo y hablamos en ocasiones por teléfono sobre los tiempos que vivimos y amigos comunes que poco a poco se fueron muriendo.
Carlos Orlando Pardo con Lola de Acosta y Leonor Buenaventura
Lolita nació en el sector rural del municipio de San Antonio de Calarma en 1922 y ejerció durante algunos años como secretaria ejecutiva en varias entidades privadas y oficiales. Su oficio, sin embargo, estuvo fundamentalmente en el periodismo, de cuyo Colegio Nacional, capítulo Tolima, fue presidente. Alcanzó todo un decenio dirigiendo y escribiendo la radio revista Frente al Mundo y once años en la redacción del desaparecido diario El Cronista, donde fue directora de la página literaria. Así mismo, dirigió por dos años, en su mejor época, el diario Combate. Publicó algunos relatos en el Magazín Dominical de El Espectador y obtuvo mención especial en el concurso de leyendas organizado por la Contraloría Departamental.