miércoles, 14 de enero de 2015


HERNANDO GONZÁLEZ
UN QUEMADOR DE NAVES

Acaba de morir a los 75 años este escritor, musicólogo, fotógrafo y hombre de cine y teatro a quien sus amigos llamábamos Poca Lucha. 

Hernando González Mora quemó varias veces las naves y emprendió otras tantas su penoso retorno. Pero estuvo ahí, en su último barco, la literatura y la música, en cuyas aguas navegaba salvando tempestades y escollos para llegar a tierra firme, sin brújula diferente a la de su propio deseo de terminar su novela Bolero, que recoge una época siempre vigente en América Latina y algunos olvidados rincones de Europa. Gonzalez, que a veces era confundido con un médico de igual nombre y apellido o muchos que proliferan en varios lugares de  Colombia, no fue otro distinto al nacido en Cajamarca, la tierra de José Pubén, César Valencia o Jorge Eliécer Barbosa, el amanecer del 27 de enero de 1940.
 Su madre, Blanca Esther Mora, fallecida y oriunda del norte y Amador González, su padre de nombre novelesco, hijo de uno de los fundadores de Anzoátegui, conformaron una familia de seis hermanos residenciados en Estados Unidos, Bogotá e Ibagué. Pero lleguemos a la infancia. Y en la escuela central que tiene el nombre de Diego Fallon y que el futuro intelectual va a conocer como el primer poeta de su vida, está cantando frente a sus compañeros de banca el poema de La luna en algunos actos escolares. Allí es donde transcurre su primaria habiendo leído El Quijote  a los 11 años, cuyo paseo debe acompañarlo de diccionario para traducir términos por él desconocidos. Adelante, lecturas diversas le condujeron al camino de la crisis donde antiguos y cimentados valores, al igual que la violencia política, le enfrentaban no sólo consigo mismo sino con las autoridades educativas institucionalizadas. Lo que llevó, como un transeúnte, del colegio Tolimense al San Luis, y finalmente al Nacional San Simón donde terminó su bachillerato. Y en este bambuqueo de su adolescencia, teniendo como condiscípulos a Augusto Trujillo, Luis Eduardo Quintero, Hermes Tovar, Rafael Aguja Sanabria y Humberto Molina, tantos otros que como los mencionados brillaron con luz propia en la vida social, económica, política e intelectual del departamento y fuera de él, organizaron movimientos, paros, protestas, huelgas, por lo cual llegarían a calificarlos como los rebeldes sin causa por mucho tiempo. Corren los años cincuenta y al fondo, en la formación de aquella juventud del colegio fundado por Santander, están las luces de Alfonso Torres Barreto, legendario profesor de varias generaciones. Pero antes de ingresar a terminar su segunda enseñanza, expulsado de los colegios regidos por sacerdotes, Hernando González Mora hace de mensajero en la gobernación bajo el comando sabio y prudente de Darío Echandía, un conductor al que ha de admirar muchos años e imitar en estudios. Los tiempos que corren y su capacidad de líder estudiantil probado, le llevan a ser estudiante de derecho en la Universidad Externado donde fácilmente, por sus arrogancias beligerantes desde lo ideológico, lo sitúan en el Consejo Estudiantil del Alma Mater.
El perfil de América Latina tenía al fondo la Revolución Cubana y la invasión posterior a Bahía Cochinos que ordenaba Jhon Fistgeralt Kennedy surgiendo en las revistas de mano de Jackeline o en envidiables amores con Marilyn Monroe. Pero los furores de aquella juventud formaban mitines y barricadas, comunicados y discursos que iban encaminados a protestar contra la intervención de la autonomía de los pueblos y gritaban a coro consignas que mucho tiempo después se siguen escuchando: "No pasarán", "Abajo el imperialismo norteamericano". En segundo año de derecho, su profesor de economía, Abel Cruz Santos, interfiere la clase para advertir a González, quien leía La Náusea, de Sartre, que pusiera atención o se retiraba, sin que el concentrado lector dejara de cumplirle para no regresar jamás a su carrera. Es el comienzo de la pérdida de un abogado más para el país y la ganancia de un intelectual para las filas del pensamiento libre y clandestino. Es la matrícula a su pasión incabada por el arte, comenzando por escribir teatro, actuando en obras y traduciendo textos como La historia del zoológico de Edward Abee, rescatando a Valle Inclán y participando  en cine como en la película de Julio Luzardo El río de las tumbas, precursora del largometraje nacional. Pero sus ambiciones iban más allá del estrecho marco en que se movilizan los grupos y las gentes y quemando de nuevo sus naves parte rumbo a los Estados Unidos en los finales del año 1964 con apenas su equipaje de sueños y veinticuatro años en la partida de bautismo. Queriendo primordialmente estudiar teatro, ingresa a la academia de Jene Frankel donde tiene como compañeros a estrellas de la talla de Frank Ramírez, el estelar  del "Gallo de Oro" y "Cóndores no entierran todos los días". Del teatro era fácil suponer su paso al cine por las experiencias anteriores y estudia bajo la comandancia de Andreu Sarrais, famoso crítico del séptimo arte. La fotografía, además, complementa su acción totalizante de la imagen en lo que va a desenvolverse años después como uno de los mejores calificados en Colombia. Lo dicen muchas notas dispersas en suplementos literarios y revistas especializadas que encabezan sus portadas con los trabajos médicos y calculadamente artísticos como para causar entusiasmos y elogios merecidos. Junto a Ignacio López Tarso y el mismo Frank Ramírez, en la estadía de casi seis años en Nueva York, comparte las tablas en participación de montajes como Macbeth en español, que le deja bastantes valiosas experiencias. Perfeccionando su inglés, viajando por períodos de seis meses a México o a Boston, participa en la vida estudiantil y cultural entre Cambridge, Harvard y conoce a Salvador Elizondo, José Agustín, Fernando del Paso, jóvenes y contemporáneos suyos, discutiendo a los maestros que empezaban a ser la consagración grande como Rulfo y Fuentes o el esplendor de Agustín Yañez y los lejanos testimonios de los autores de la Revolución Mexicana. En la tierra azteca, acompañado de Gabriel García Márquez quien hacía sus libros en medio del anonimato y el hambre anunciada, va a presenciar el espectáculo de las "Hermanitas Aguila" a quienes por entonces no pueden ver porque ninguno de los dos llevaba corbata, requisito sin falta en aquel sitio.

Los mejores novelistas y guionistas que elaboraban la contracultura hippie contra la sociedad de consumo, gentes como Ginsber, Kerouck, Tomas Wolfe, todos los beatnicks, Bob Dylan, cine Underground, son parte de sus frecuencias y del mundo donde se quemaron tantos y valiosos cerebros de su generación.
En ese marco cultural y político, pasan rápido seis años entre exposiciones y conciertos de rock, extensas sesiones de cine, conferencias y recitales, disciplina de varias y largas jornadas en bibliotecas, combinándolas en un principio, antes de vivir de actividades culturales, con oficios como el de camarero de restaurantes o barman. Todo mientras llega el dinero que habría de ganarse en laboratorios de fotografía, de cine y de otros trabajos que le otorgan por fin una vida comoda. Y en el retorno de los brujos, su regreso al país, viene irrumpiendo con gentes y movimientos en el que participan Pepe Sánchez, Carlos Álvarez, Gabriela Samper, en un cine comprometido con la realidad política y que es reprimido en el paisaje de la falsa democracia. Refugiado por lo tanto en la foto publicitaria, el desfile de modelos, la foto comercial va con éxito pasando la vida en una época de apartamentos lujosos, bibliotecas almibaradas y los mejores vinos y comidas, hasta que culmina esta etapa en una muestra de su obra completa  que hace en la Universidad del Tolima quien la adquiere toda y hoy se halla dispersa en oficinas y consultorios, residencias burguesas o medianas y cuartuchos de hotel de sus amigos. Con esta exposición quema de nuevo sus naves y comienza a escribir guiones para televisión.

Haciendo miniseries de diez horas como "El Arribista", basada en una obra de Maupassant y  documentales para cine como el del café, un clásico sobre el producto hecho para la Federación de Cafeteros, empieza a redondear otra etapa de su vida. Finalmente, luego de haber publicado relatos en el Literario de El Tiempo como "La memoria de Camila Lara y aparecer en antologías tales como El Tolima cuenta, junto a la plana mayor de narradores de su departamento y seleccionado para Cuentistas del Tolima Siglo XX, dedicado marginalmente a estudios de folclor que conformaron otra de sus pasiones, siguió sobre la máquina de escribir con disciplina de deportista y al ritmo del bolero, buscando hallar la melodía de su prosa para una futura novela que nos quedamos esperando. Entre tanto siguió esperando ver publicado su libro de relatos La vocación de la hermana Ángela, sus crónicas sobre Armero publicadas en El Espectador, las conferencias sobre bolero o música en cuyos temas fue un experto deslumbrante y continuaron sus cuadros al óleo exponiéndose en oficinas, casas y apartamentos, como un reflejo de su talento en otro campo. Su último trabajo fue la dirección fotográfica para el libro de lujo que Pijao Editores publicó sobre Ibagué con textos de Hugo Ruiz. A quien sus amigos cercanos llamamos Pocalucha como una ironía porque fue notorio su trabajo, siguió estacionado en Ibagué recorriendo sus calles, compartiendo tertulias, rasgando de vez en cuando la guitarra y dejando oir sus últimas lecturas como un devorador incansable de libros. Murió a los 75 años el 14 de enero a las diez de la mañana de este 2015 y un día antes estuvimos visitándolo en su lecho convaleciente bajo el clima del barrio Belén. Se hallaba enfermo pero animado y hoy nosotros estamos todo lo contrario con la partida de un amigo entrañable que nos hará siempre falta.
Ibagué, 1985-2015

jueves, 13 de noviembre de 2014

ARMERO VUELVE Y JUEGA

La tragedia de Armero comienza a aparecer tan re­mota como si ya perteneciera a la leyenda. Buena parte de quienes lograron salvarse se encuentran diseminados en varios lugares de Colom­bia bajo el manto de la derrota. En algunos de los barrios de Ibagué es fácil tropezarse con los damnificados cuyas escenas de la hecatombe no han sido borradas de sus vidas. Son variados los esfuer­zos por reunificarlos para compartir siquiera los recuer­dos y la pobreza porque a pocos parece preocuparles su destino. Pero todo es inútil en un mundo donde las noti­cias del día tapan como el lodo las de ayer. Y de ese Armero de ayer quedan en forma marginal unos doce mil habitantes y otro tanto que estaba por fuera al momento de la trage­dia. Todos aquellos que resultaron con identificación o carné de Resurgir llegaron casi a veinte mil, provenien­tes de otros lugares del país y del mismo departamento porque vieron allí la posibilidad de levantar un auxilio, un lote, una casa, servicio médico y algunas nuevas es­peranzas. Para los sobrevivientes nada endulza sus momentos y el recuerdo de su pueblo es una penumbra lejana ence­rrada fantasmalmente en la melancolía. Todo parece pa­lidecido o borrado y en el fondo están las cosas sin alma o el alma misma de las cosas entre un himno precario de muerte, de quietud dolorosa, de multitud de pensa­mientos confusos y la voz de los recuerdos asomando en la conversaciones cotidianas. La memoria de los lugares es cariñosamente triste y las plegarias parecen ilusionar­los en un pronto retorno a los lugares de su inconsolable ruindad. Todo está prisionero en el ramaje del barro y sumidas en la opacidad, apresadas con la decoración de la som­bra gracias a una tempestad desconocida, a una angus­tia espantosa desde la noche siniestra que avanzó sobre ellos con su estertor de muerte en ritmos de avalancha. La evocación de quienes tendían la mano hacia el espa­cio pidiendo ser desaprisionados estaban aún siendo el símbolo. La gente atrapada entre zarzas de barro aullaba en la desesperanza con un angustiado sonido de terror sin un minuto para sentir siquiera resignación y sólo tratando de lograr misericordia. La que hoy es una hoguera lejana en el silencio de una desolación mayor, deja en los so­brevivientes el recuerdo imborrable de una tragedia que las palabras prenden a diario para que no se olvide su nombre y la derrota.

 De sus entrañas y de sus historias se produjeron varios libros, documentales, películas, estudios que se deshacen en medio del moho en fatigosos escritorios de profesores universitarios y por encima de eso el rutilante olvido, la indiferencia y apenas la evocación distraída cuando cada año se conmemoran doce meses más de la tragedia. Ahora cumplimos 29 años y queda por lo menos el ejemplo para que tantos damnificados de las nuevas desdichas que han desgarrado nuestro ánimo no sufran el mis­mo mal de la indiferencia. De manera usual cuando sucede una desdicha, el escándalo, las noticias, los titulares y la movilización tienen su impacto, pero días después alcanzan el olvido de la atención pública. Sin embargo no pocos afectados continúan ahogándose en los problemas que vienen luego de la ayuda inmediata. Todo parece apenas un recuerdo. Al fin y al cabo, como diría Borges, “Toda casa es un candelabro donde las vidas de los hombres arden como velas aisladas”.

domingo, 19 de octubre de 2014

MURIÓ EL DIABLO: HÉCTOR ESCOBAR GUTIÉRREZ 
La inesperada noticia de la muerte del entrañable poeta y amigo de toda la vida, Héctor Escobar Gutiérrez, dejó en mi alma un triste estremecimiento y de mis evocaciones empezaron a brotar algunas de las curiosas historias con él compartidas a lo largo de casi medio siglo. El reporte llegó a través de La Voz de Nueva York que dirige otro pereirano apasionado como Zahur Klemak Zapata y luego fue reproducida y comentada por la revista Luna de Locos a la que estuvo Escobar vinculado durante muchos años. Lo conocí en 1968 cuando Zahur convocó a un insólito Congreso Nacional de escritores jóvenes y allí nos vimos también por primera vez con hoy queridos y admirables amigos y escritores al estilo de Benhur Sánchez Suárez, Isaías Peña Gutiérrez, Eduardo Escobar, Silvio Girón, ya ido de este mundo y Jorge Gómez, entre otros. Desde entonces a Héctor ya lo llamaban El Diablo por sus misas negras y su aparente devoción hacia quien le daba una aureola particular, pero que no era nada diferente a una forma de escandalizar y ganarse la vida, lo que hizo igualmente leyendo el tarot. Lo llamaban El Papa Negro y se presentaba como representante del satanismo mundial en Pereira, ciudad en la que nació en 1941 y  cuyo espacio, como él mismo lo decía, “era el adecuado para soñar”. Pasó a la historia de Pereira como uno al que demandaron porque le había robado el alma a una muchacha, pero al no figurar este delito extraño en ninguno de los códigos colombianos lo dejaron libre. Fue un hombre culto, agudo, estudioso y loco como deben serlo los poetas verdaderos y representaba, como dice Germán Herrera, a un poeta moderno con estilo antiguo. Sencillo, amable, cariñoso, simpático y no pocas veces deslumbrante, deja un legado literario nada despreciable. Publicó una Antología Inicial de sus poemas en 1983 y dos años más tarde otros dos poemarios con el título de Testimonios malditos y Cosmogonías. No cesaba su trabajo y cuando estuvimos en la fundada en Ibagué Unión Nacional de Escritores, salió bajo su sello Estetas y Heresiarcas en 1987. Para 1991 salió El libro de los cuatro elementos y en el 2004 El punto y la esfera. Sus apariciones en antologías fueron diversas. En Azu, el hombre infinito creada por Zahur Klemak, conocimos sus primeros textos publicados en la revista número 5 de 1968, así como nosotros en la revista Pijao dimos a conocer su cuento Sor Pornofrígida. Comentó no pocos libros como los de Hugo Ángel Jaramillo en homenaje que se le rindiera en Pereira en 1994 y El ojo y la clepsidra, el nuevo libro para entonces de Eduardo López Jaramillo, también fallecido, sin contar sus variadas publicaciones en el diario La Tarde.  Amaba a Baudelaire y a los poetas malditos y decía tener un pacto con el Diablo. Vivía en el barrio Providencia donde tenía un pequeño templo dispuesto,- en realidad una alcoba grande, en el que supuestamente se adoraba al Príncipe de las tinieblas.  Los símbolos esotéricos no eran pocos y nos mostró alguna vez el esqueleto de la cabeza de una serpiente que decía era la del demonio. Hizo una conferencia en la Curia Episcopal convocada por monseñor Darío Castrillón para los sacerdotes de la región donde explicó por qué era satanista y aclaró que no era satánico.  Poco antes de su muerte visitó la catedral pero no es señal de arrepentimiento alguno porque no se creía un mal hombre.  No cumplía sacrificios los 31 de octubre que varios muchachos hicieron ni era amigo de los actos vandálicos de otros porque ellos practicaban actos que afectaban a la sociedad entendiendo mal su filosofía. Sus ceremonias, como afirmó Zahur Klemak, eran para divertirse como en una obra de teatro puesto que resultaban mojigatas. Ese conocimiento y esa búsqueda le sirvieron para vivir y en su condición de profesor de filosofía y religión advertía cómo el conocimiento de Dios es también el conocimiento del diablo quien tiene las claves para llegar a él. Conceptuaba al país signado por la garra del demonio y poseído por él  y que a los políticos debería llevárselos. Terminó su existencia el sábado 18 de octubre a los 74 años recluido los últimos tres a una silla de ruedas con un infarto cerebral del que se recuperaba y allí estuvo siempre Soley Salazar, su esposa de toda la vida. Su alegría se marchó para siempre dejándonos huérfanos de su calidez a tantos amigos que esperamos volver a leer sus bellos poemas con sonetos perfectos.

EL NUEVO LIBRO DE LUIS GABRIEL CALDERÓN SOBRE EL LIBANO.


Leí con entusiasmo y curiosidad y de una sola sentada, el esperado libro de Luis Gabriel Calderón sobre El Líbano, Tolima, mi amado pueblo natal. Su recorrido si bien es cierto se circunscribe al siglo XX, no deja de tener lúcidas referencias históricas sobre épocas anteriores. A lo largo de 194 páginas e ilustrado con evocadoras fotografías, el apasionante libro de 26 capítulos lo deja a uno sin aliento porque le permite reconstruir su propia historia y en no pocos capítulos verse en ella. Es fácil aprender y rememorar, gracias a una paciente investigación de largo tiempo, cómo fue el primer cementerio y las primeras calles junto al parque inicial, pasando por la originaria plaza de mercado, el hospital inaugural o la imprenta naciente, las originales bandas y grupos de música, la planta eléctrica primigenia, la llegada por vez primera del automóvil y el avance automotor,  hasta estacionarse en los legendarios bolcheviques del Líbano, la germinal plaza de toros, el teatro y el avión desconocido, la empresa de transporte nueva, la estación de bomberos, el ancianato con su evolución, la estación de bomberos, la emisora fundadora, los batallones y el hipódromo, el aeropuerto, los carnavales pro paz y progreso, el festival del retorno, la discoteca que arrancó la tradición, los paseos de olla y los lugares simbólicos inolvidables. Fácil parece enumerarlos pero cada capítulo implica reflexiones y reconstrucciones que con brillo cumple el autor, convirtiéndose su volumen en documento indispensable e ineludible si se quiere conocer más de cerca a este municipio. Era un texto que hacía falta y que por fortuna Luis Gabriel Calderón suple, agregando con ello a su trayectoria investigativa un retrato palpable de época como bien lo hizo con su anterior publicación, en el 2012, sobre el Origen jurídico del Líbano, Tolima. Queda por agregar cómo existen vacíos en no pocos capítulos que bien hubiesen podido llenarse con algunas preguntas o consultas en libros existentes. Sin embargo, debe darse gratitud a tamaña empresa que viene a sumarse a no pocos volúmenes que convierten al poblado en uno de los más historiados del pais. Empezando por el pionero de ellos, el maravilloso Eduardo Santa, textos del novelista y poeta Alberto Machado, Uva Jaramillo, Leonidas Escobar, Luis Eduardo Gallego Valencia, Eduardo Palacio Skinner,  Roberto Marín Toro, Alirio Vélez, Amina Cifuentes de Ardila, Isidro Parra Peña, Alfonso Gutiérrez Millán, Mario Echeverry, Gonzalo Sánchez, Antonio Villegas Valero, Héctor Londoño, Alfonso Delgadillo Parra, Jorge Villegas, Patricia Guerrero, Margarita Enciso, Germán Santamaría, Jorge Eliécer Pardo, Afranio Ortiz, Renzo Ramírez Bacca, Alberto Toro Nieto y Fernando Morales. Demasiado extensa sería la lista porque como ya lo he advertido, el Líbano es el pueblo del mundo con más escritores por kilómetro cuadrado y sus más de 500 producciones bibliográficas desde los tiempos de su fundador oficial así lo testimonian. No existe una población en el Tolima más historiada, novelada y contada que el Líbano. Aunque municipios como Honda, Mariquita, Chaparral, Ibagué y Purificación tienen en su haber mayor número de acontecimientos y muchísimos más años encima, de alguna manera no han tenido en su periplo tantos escritores que las muestren. Queda entonces un grato sabor por este libro de Luis Gabriel Calderón y la convocatoria a que no se queden por fuera de saborear nuestra historia y la memoria colectiva y curiosa que se transforma en un  aporte extraordinario al patrimonio material e inmaterial del municipio, así como en una demostración de inmenso amor al terruño.

lunes, 13 de octubre de 2014

TRES ARTISTAS QUE SE DESPIDIERON


 Tres artistas que dieron brillo a su tierra desde la investigación y la academia, la música y la escultura llegaron al fin de sus vidas pero nos legaron sus obras y sus sueños. Casi nada se ha dicho de estas partidas, salvo en el periódico Actualidad Tolimense y resultaron en general ignoradas, quizá por la poca importancia que se otorga a quienes han construido memoria y región sobre esta tierra. Es lo ocurrido con los inolvidables Hugo Neira Sánchez, Jesús María Rincón Becerra y Fabio Artunduaga Ospina, quienes se suman a los sensibles fallecimientos de Simón de la Pava y de Salomón Tovar. Significa de todos modos que el cielo del Tolima  se está quedando sin algunas estrellas. Hugo Neira, quien había nacido en Ortega el 16 de febrero de 1941, fue ingeniero electricista de la Universidad Tecnológica de Pereira y ocupó varios cargos en la Electrificadora del Tolima donde se jubiló. 

Hugo Neira Sánchez
Especializado en Francia en proyectos y construcciones de líneas eléctricas, también lo hizo en Coruniversitaria en automatización industrial y encarnó a un rebelde y documentado columnista que denunciaba los atropellos de la electrificadora contra la población, así como simbolizó a un investigador académico de notoria importancia. Su rango empezó a ser sentido cuando obtuvo en  1994 el segundo premio del concurso de historia Cámara de Comercio de Ibagué. Aquí lo logró con la obra El Tolima en la encrucijada de la agricultura, libro publicado por Pijao Editores en 1995 y cuya versión actualizada hizo con destino al Manual de historia del Tolima, publicado en tres tomos por la misma editorial. Se convirtió en miembro de la Academia de Historia del Tolima y luego publicó Historia de la masonería, su Influencia en Colombia y en el mundo, igualmente por Pijao Editores en el año 2007. Otro libro suyo, polémico por cierto, lo hizo sobre El pacificador Pablo Murillo. Hugo Neira tuvo un temperamento discreto, sin deseos de figurar y amante de la discusión inteligente, encontrándose presto a colaborar en investigaciones que otros emprendieran como lo fue mi caso en el tema de Mosquera. Una tarde decidió irse del todo para Risaralda donde finalmente murió por el mes de septiembre en medio del afecto de su esposa y de sus hijos. Tarde nos enteramos pero conservamos largo silencio reconstruyendo su afecto y sus pasos, su amistad y sus valores.
Fabio Artunduaga Ospina
También a comienzos de septiembre, conocimos la triste noticia de la muerte de Fabio Artunduaga Ospina, otro ser humano discreto y talentoso que amaba jugar billar y ajedrez como para distraer las horas solitarias. Nació en Casabianca, Tolima, el 14 de abril de 1931. De origen campesino, trabajó en las faenas agrícolas como jornalero raso durante más de diez años y heredó de su padre, quien fue escultor, la tradición de tallar figuras en mármol, modelándolas en arcilla y dibujos a lápiz. Estudió artes gráficas en lo cual era experto y elaboró diversidad de esculturas y cerámicas famosas desde el departamento orientado por centros de historia. Ahí está su testimonio artístico en el parque mitológico de El Espinal con más de una decena de esculturas; el monumento a la princesa Bulira en Piedras y a Garzón y Collazos en Ibagué. Se destacó, así mismo, como compositor, obteniendo premios en festivales del bunde en El Espinal y en el cancionero del Tolima están sus danzas, guabinas y bambucos, los que interpretaba tocando tiple, bandola y guitarra. Sus canciones llegaron al centenar entre instrumentales y las grabadas por diversas agrupaciones. Publicó en 1986 el libro Mitología y folclor del Tolima con prólogo de Eutiquio Leal, quedando ahora su tarea de luchador incansable por la música y el arte y su famosas esculturas de El Mohan y la Madre de agua quedaron reproducidas y solitarias en su habitación. 
Jesús María Rincón Becerr
Al final nos aturde el corazón la noticia de la muerte del maestro Jesús María Rincón Becerra a quien se llamó con justicia la Bandola de Oro. Hacia 1983 tuve la fortuna de hacer y presentar un disco de larga duración con sus interpretaciones y creaciones cuando fuera director del Instituto Tolimense de Cultura. Disfruté gracias mi suegro Adolfo Viña Calderón y de su hermano Alfonso de no pocas tertulias musicales oyéndolo embelesado, al tiempo que gozaba con el legendario e imborrable conjunto Chispazo al que pertenecía, junto a Pedro J Ramos, Gustavo Torres y Gustavo Reina, Alberto Estefan y Luis Eduardo Vargas Rocha. Allí era fácil y al tiempo un privilegio gozar de sus bambucos, danzas y pasillos que hacen honor al parnaso musical de Colombia. Un perfil amplio de su vida fructífera lo registré en mi libro Músicos del Tolima Siglo XX, donde se destaca como uno de los mejores de la tierra. Había nacido en Santa Isabel el 26 de agosto de 1915, perteneció a la banda departamental tras adelantar estudios teóricos en el Conservatorio y fue un eje conductor en la creación de conjuntos musicales. Falleció el 8 de octubre de este 2014 en Dos Quebradas, Risaralda, adonde se había ido a vivir muchos años antes

UN ENCUENTRO INTERNACIONAL COMUNERO DE ESCRITORES EN SANTANDER

Fue de ensueño un recorrido de ocho días por los hermosos municipios de Santander. La experiencia maravillosa se logró gracias al sueño persistente de Hernando Ardila González,  un entusiasta abogado y poeta que se propuso esta locura desde hace seis años. Fue un éxito el reunir escritores de varios paises del mundo para que difundieran su trabajo ante estudiantes universitarios, de colegios de primaria y secundaria, de las cárceles y las comunas, los mercados y  los parques. Pero no sólo eso. Dialogaron entre ellos sobre el oficio en los paises o regiones de donde procedían. Fueron representantes de varias generaciones, ante todo jovenes, los que formaron una fiesta de solidaridad, esta vez bajo el lema de Un país posible, homenaje a Gabriel García Márquez y con el título genérico de Vuelven los Comuneros. Poblaciones como Floridablanca, la de la Mesa de los Santos, Socorro, San Gil y Bucaramanga se volcaron entusiastas y curiosas a escuchar a los poetas y escritores. Cada quien daba lo mejor de sí y desfilaban argentinos, chilenos, ecuatorianos, mexicanos, rusos, griegos, paraguayos, colombianos de diversas regiones representando al Tolima, al Huila, a los Llanos, a Popayán, Bogotá, la Guajira, Montería, Tunja, Duitama y escritores de Santander, entre otros. Abundaron las mujeres entre las despampanantes  y las discretas y no faltó la música ni el vino, las comidas típicas y los paseos turísticos a Barichara o al Cañón de Chicamocha. Sus organizadores dieron muestras de simpatía y organización, atenciones y generosidad, sin que faltaran los discursos de los rectores y decanos de las universidades y hasta de los alcaldes dando la bienvenida. Lo que se veía en el transfondo era la angustia del creador del encuentro porque no es fácil hallar el apoyo debido para un acto de dimensiones internacionales. Santander, como una vitrina para el turismo y la cultura, tiene aquí un ingrediente que debieran patrocinar sin tacañerías ni ruegos, antesalas y venias. Se cumplió sin embargo y tanto la programación impresa en formato de lujo como un libro antológico de los participantes,  fue una idea luminosa como testimonio de un paso con huellas profundas por las regiones de la literatura. 

viernes, 26 de septiembre de 2014


Simón de la Pava Salazar
A los 97 años se detuvo para siempre el corazón del prestigioso intelectual tolimense Simón de la Pava Salazar. Conformó parte de una familia de profesionales destacados y a lo largo de su fructífera existencia dejó una huella memorable en el campo del derecho, la historia, la literatura  y la academia. Se trataba de un conversador exquisito cuyas famosas tertulias con poetas, compositores y novelistas se volvieron tradicionales y añoradas y donde era fácil deducir, por su conocimiento de la historia, la política, el derecho y la región, una inteligencia privilegiada. Había nacido en Cajamarca en 1917 y fue egresado ilustre del colegio de San Simón y de la Universidad Libre en derecho y ciencias sociales. En el ejercicio de su carrera se desempeñó como juez de instrucción criminal, penal, del circuito, del trabajo y civil del circuito. Su dimensión internacionalista y el peso de su formación  intelectual lo condujo a ser designado como miembro de la Confederación de Abogados del Pacto Andino y como presidente del Colegio Nacional de abogados, miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia y de la Academia de Historia del Tolima. Pero no se trató de figuraciones directivas sino de su erudición, la que dejó por fortuna en numerosos artículos y ensayos en revistas nacionales, además de las múltiples columnas escritas en varios periódicos de Ibagué. Durante 34 años ejerció como consultor del Banco Central Hipotecario y como siempre fue un maestro, se desempeñó como profesor de humanidades en Coruniversitaria.  Siendo partícipe en varios congresos nacionales e internacionales. Publicó la novela Este es mi testimonio, en 1991; la investigación histórica El camino del Quindío, en el año 2000 y dejó inéditos varios libros, entre ellos Apuntes de filosofía del derecho.
Comentaron la novela de Simón de la Pava con entusiasmo figuras como Horacio Gómez Aristizábal, Eduardo Jaramillo Zuleta, Eduardo Santa, David Bushnell, Antonio Chalita Sfair y Guillermo García, y en mi libro Novelistas del Tolima Siglo XX dedico varias páginas al análisis de la extensa Este es mi testimonio, en cuyas 622 páginas logra un gran fresco de la vida campesina y su medio bucólico, describe los pormenores de una pequeña urbe en proceso de crecimiento, relata esencialmente los detalles que rodearon el crimen de un médico y su amplio proceso investigativo donde se tiende un manto de dudas sobre los acontecimientos y sus participantes, señala con dureza a quienes ejercen e interpretan equivocada o viciadamente la justicia y deja el periplo de una saga familiar. La novela con una alta dosis autobiográfica como nos lo confesara el autor, tiene el alcance del testimonio para saber en qué mundo vamos a navegar, no tanto como se saborea desde un comienzo, cercano a la literatura, sino esencialmente a la vida entre el esplendor y la decadencia, los sueños y las pesadillas, y en fin, lo que significan lo bueno, lo malo y lo feo con sus contradicciones, que al final de cuentas es de lo que está verdaderamente construida una obra.
Deja esta partida un gran pesar en nuestros corazones y en buena parte de la sociedad ibaguereña, la que enluta no sólo a su querida familia sino a todo el Tolima y en particular a su mundo académico. Se llenarían muchas páginas con su anecdotario como bolerista y tantas otras cosas que hizo el inolvidable amigo, pero por ahora encendemos una antorcha en el alma que brillará para los rebeldes en lo cual fue un militante.